Microtextos a concurso en el Premio Especial 2009

La arena quema mis pies, mientras paseo por el borde de la playa, una playa inmensa, inmensa y blanca. El límite de la misma se pierde en el horizonte, como si fuera parte integrante del propio mar. Caminamos los dos por el borde interior de la misma, y desde aquí hasta la orilla aun nos separa casi un kilómetro. A nuestro lado merodean alegremente ardillas de tierra, esperando cualquier chuchería que les queramos dar. Ella se entretiene ofreciéndoles unos trozos de pan que hemos robado en el restaurante del hotel.
“¿Nos acercamos al agua?” -le pregunto- “Veo que te quemas los pies…” Ella responde entre risas y yo asiento con la cabeza. Nos ponemos de camino hacia el borde mismo del mar y, después de un rato andando, nuestros pies se ven bañados por el líquido elemento. Continuamos nuestra marcha de la mano, con el agua a la altura de los tobillos, dejando que el Atlántico nos regale su frescor. No puedo evitar mirarla mientras anda; ella se hace la distraída, pero sabe bien que la observo: su pelo negro compite en brillo con el propio sol, y su piel morena, húmeda por el sudor que brota de sus poros, parece competir en belleza con el entorno.
Nuestro rincón secreto está ya a la vista, es un lugar especial, que en nuestra vida tiene una importancia sublime, pues éste fue ese lugar donde algo nuevo empezó. Aquel día era el primero de nuestro primer viaje a Fuerteventura, y descubrimos esa misma playa y ese mismo lugar; nos tumbamos en la arena al atardecer y la noche vio silenciosa nuestros besos, el mar nos arrulló y nos llamo a su interior; la oscuridad de las aguas nos dio la intimidad necesaria, y fue entonces cuando sentí su piel desnuda a mi alrededor, envolviéndome por completo. Ella sólo me miraba con los ojos muy abiertos, y en ellos se reflejaba claramente la luz de la luna. Su voz ya no era su voz, sino un murmullo que se empastaba con la voz del mar; su cuerpo ya no era su cuerpo, sino parte del mío, tanto como el mío lo fue del suyo…
Cada 20 de agosto intentamos recordar dicho momento, rememorándolo como si fuera el mismo tiempo ya pasado, con intensidad renovada. Lo que aquella vez surgió de tan inmensa pasión, hoy tiene 25 años, y nos llama padres.

Hispano

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