A la salida del pueblo de Fresno de Cantespino -103 habitantes censados-, un anciano cuida su huerto milenario, al costado de un manantial que lo refresca y riega.

Un arquetipo humano, el de este hombre que no se cambia a sí mismo por ningún otro hombre, este monje de la tierra, consagrado a resonar en su huerto, en su manantial. Heredero de otro hombre.

Nos cuenta que la huerta fue mucho mayor y estaba repartida entre varias familias. Hoy sólo baja él. Es el último de una estirpe.

Aunque, casi con seguridad, el manantial, el sitio propicio, el lugar de poder, seguirá ejerciendo su influencia para que, más tarde o mas temprano, otro hombre encuentre a su costado su lugar en el mundo.

Verdea la ropa del contacto intenso con la verdura. Nadie diga que este hombre va sucio. Va hermanado, santificado y en flor.

Y lleva como tesoro una cebolla blanca y grande, fruta de hoy. Cenar esa cebolla, con buen aceite y pan. Y nada mas.

El monje del manantial.

Miguel Pérez de Lema
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