El último quilómetro para llegar al pueblo, hubo de hacerlo a pie. El acceso a la población, que fue abandonada veinte años atrás, estaba cortado por desprendimientos del terreno. Había decidido emprender este viaje con la sensación de que ahora, a los cincuenta años, iba a ser la última vez que viera su antigua casa. Caminaba por la senda de tierra tratando de recordar los huertos, ya baldíos, llenos de zarzas y de maleza. A medida que avanzaba, por la curva, iban apareciendo las casas, aún a distancia, y el recuerdo de la vida pasada en cada lugar del pueblo que iba volviendo a él. Hasta los ocho años allí había sido feliz. Luego la ciudad, la vida.

   De pronto a unos cien metros le pareció ver a un niño parado junto a la tapia de un viejo corral junto al camino. Pensó, que quizá hubiera venido alguna familia de extranjeros a criar ganado. Últimamente se oían cosas así.

    El niño estaba parado y le miraba quieto, con las manos caídas a lo largo del cuerpo.

   A medida que se acercaba, su cara le parecía familiar, y el lugar en que estaba era el sitio donde, a los ocho años, él se había caído del muro. El pequeño llevaba una gran herida en la frente. Estaban ya a unos diez metros y de pronto se reconoció en aquel niño. Sin darse cuenta, el hombre se llevó la mano a la cicatriz de la cabeza.

   El día del accidente, todos le dieron por muerto, y sólo las oraciones de sus familiares hicieron que se recuperara.

   Se quedó paralizado mirándole.

   El niño, muy despacio, se echó en el suelo y fue tomando una postura desmadejada, pero sus ojos abiertos no dejaban de mirarle. Se le veía mover los labios y el hombre oyó una voz como ajena al chico, que le preguntaba:

   —“¿Mereció la pena…? ¿Mereció la pena..? Mereció la pena..?”

   Después de unos momentos, poco a poco, el pequeño fue cerrando los ojos.

   De repente aparecieron corriendo su madre, su abuela y varias vecinas llorando y abrazaron al niño entre gritos de dolor. Luego llegó el médico y, después de reconocerlo, movió la cabeza de izquierda a derecha.

   —Está muerto —dijo con una voz apagada.

   La imagen del hombre se fue desvaneciendo en la luz de la tarde.

 

José María Araus

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En la luz de la tarde. Por José María Araus, 1.0 out of 10 based on 1 rating
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