Portada del libro

Sobrevuela Zaragoza un pájaro de agua. La trae en su pico, entre las alas de algodón guarda peces marinos, traídos de más allá del mar de los inviernos. Despliega su poder etéreo sobre las nubes, la incomprensión y la risa. Piensa en aterrizar para dar sus caricias aladas a la jirafa presa del gran circo italiano, que ocupa el solar vecino. Acuno su calor con la imaginación: es un pájaro de agua que colma la sed de los cansados, los sin techo, los que añaden el agua de sus lágrimas al torrente acumulado de años y años por los inmigrantes de la ciudad, que dejaron el mar infinito de los suspiros por el agua de un río marrón, en un espacio inhóspito, seco. Cuando contemplan su majestuoso vuelo, no pueden evitar recordar a los suyos, que esperan no se sabe qué mágicas noticias en África, bajo un sol insobornable. Siluetea luego por encima de los tejados de las casas de los jubilados, que peligran bajo la mano dura de las inmobiliarias; sonríe al contemplar el juego de niños de todas las razas en el Parque Grande.

La botella recién abierta por el camarero supura gotas heladas como el corazón de los hombres.

El pájaro de agua parece despedirse de Zaragoza tras su breve visita con una acrobacia audaz sobre el Ebro ¿anidará en la Torre del Agua?. Ignora que la ciudad se despereza cada mañana alargando sus extremidades ardientes hacia un imaginario país del agua. Los habitantes del Ebro conversan con el lenguaje de las burbujas y, bajo los puentes, se acurrucan los más perezosos, temerosos de que el progreso y la Expo estropeen su siesta. La estela de una piragua sirve de guía al ave y desaparece con una dulzura sabia en años y experiencias.

Zaragoza duerme esperando la próxima visita del pájaro de agua. Las maquinarias han acabado su jornada y los espacios verdes se preparan para la noche: la Expo va adquiriendo lentamente su disfraz de gigante. Llueve sobre el río y el silencio, por fin, extiende su manto.

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