Permitidme que os hable de un tiempo no tan lejano donde no era fácil ser y sentir de una manera distinta al común de los mortales; y eso que siempre he sostenido la teoría de que sólo existe una única forma de amar y ser amado: aquella en la que los sentimientos y el corazón están en activo al cien por cien. Ni más ni menos, queridos míos. Pero estoy seguro de que eso ya lo sabéis por mucho que haya quien intente amordazaros y esconderos en los sótanos de la vergüenza y en los armarios de la intolerancia. Todo eso son etiquetas de gentes que no saben lo que es sufrir por amar a alguien y tener que esconderlo. No, amados amigos míos. Ellos sólo hablan, pregonan, predican… pero sienten más bien poco. O nada.
Yo sí que puedo hablaros de escarnios e insultos, de humillar la mirada por miedo a que te la rompan para siempre, de agravios y de vejaciones. Y todo, por la emoción de sentirse abrazado en el regazo de aquél por quien los latidos de mi corazón marcaban el ritmo propio de nuestra vida; por hablar de sentimientos y de las verdades de nuestra alma. En definitiva, y evitando cualquier eufemismo, por sentir amor hacia otro hombre. Un hombre con otro hombre. Una mujer, por otra mujer.
Podría narraros la vergüenza que siento por ver cómo en el mundo, el mismo mundo donde yo habito, son condenados a muerte aquellos que son y sienten de idéntica manera que yo. Es algo que me paraliza, que me deja mudo. Es muy injusto no poder expresar con palabras ciertas lo que mi corazón siente al comprobar cómo la geografía mundial es tan deleznable con el ser humano según el lugar donde uno nace, la religión que uno profese, o el estandarte que se porte en esta batalla por la dignidad y la sensibilidad humana.
Hace mucho tiempo que duermo solo, que ya no me acuerdo qué es echar de menos a tu ser querido, que no recuerdo a qué saben los besos y qué significado tienen las caricias… Pero sí puedo explicaros a vosotros, alumnos de la vida en continuo aprendizaje, que si existe algo que merece la pena en esta vida que muchos quieren contaminar a base de sus propias mierdas, es el de poder ir con la cabeza bien alta cuando uno está con la persona con la que quiere realmente estar y pasar el resto de su vida. Y es que el amor no es un juego ni un capricho, ni tan siquiera una enfermedad, como se decía en mis tiempos. Os hablo del amor, de ese poderoso sentimiento de atracción, de esa maravillosa capacidad que tenemos para defendernos de las vilezas de esos otros seres humanos que pretenden marginarnos si no nos sometemos a esas verdades que ellos sostienen y que, por sí solas, apenas se tendrían en pie.
Merece la pena luchar con esas armas de las que os hablo. Vosotros podéis hacerlo. Pero mientras tanto, rezad una oración por quienes no pueden y mueren por amar y ser amados en un mundo hostil y lapidario donde la vergüenza y la ignominia son su campo de batalla.
Y un último consejo, queridos amigos: no descanséis hasta hallar el amor, el verdadero amor. Después, mantenedlo vivo en vuestros corazones para que permanezca siempre a vuestro lado sin que decaiga un ápice la sensación maravillosa de sentir las caricias que ya no recuerdo, ni el sabor de unos besos que me fueron arrebatados de la peor de las maneras posibles.
Esa es mi triste historia. La historia que forma parte de mis silencios.

ISIDRO R. AYESTARAN, 2007

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