Ana María Tomás 2011

Conmocionados por el terrible accidente del avión alemán en los Alpes en donde viajaban ciento cuarenta y cuatro pasajeros y seis tripulantes, todos muertos, entiendo que todas las cadenas de radio y televisión, así como la prensa escrita, hayan dedicado sus esfuerzos a informarnos de cuanto podían, así como a desmenuzar las causas posibles de tamaña tragedia. Ya no estoy tan de acuerdo en que se entrevistara a pasajeros del aeropuerto de salida que nada tenían que ver con los afectados o a intentar exponernos argumentos lacrimógenos más que obvios: que si tenían una familia detrás, que si eran demasiados jóvenes… Pues claro que tenían detrás de ellos a seres que los amaban y a los que ellos también amarían. Sobra cualquier tipo de elucubración al respecto.

Apenas unos días antes, tres terroristas sembraron el pánico en un atentado perpetrado contra el Parlamento de Túnez y el posterior asalto a turistas en el Museo Nacional del Bardo. Y, tristemente, un día después del accidente del avión, el grupo yihadista nigeriano Boko Haram volvió a secuestrar a más de quinientas mujeres y niños. Y digo volvió a secuestrar porque ya nadie recuerda a las doscientas niñas arrancadas de sus aldeas para ser vendidas o utilizadas como esclavas sexuales. Sí, Boko Haram volvió, una vez más, a sembrar el pánico al que nos tiene (qué triste decirlo) acostumbrados. También hace unos días las noticias informaban de que decenas de cadáveres de esas pobres niñas fueron encontrados la semana pasada en Damasak. Al parecer, los asesinos de Boko Haram tuvieron que huir apremiados por las tropas de Chad y Niger, así que antes de largarse pasaron a cuchillo a todas las criaturas que habían tomado como «esposas» para evitar que pudieran volver con sus familias y «mantener» relaciones sexuales con otros.

Sin embargo, esas muertes apenas ocuparon un poco espacio un día. Como si los muertos también tuvieran lugar en un imaginario podio de «honor». Tanto espacio, tanto tiempo, tanta palabra para unos muertos cuyas vidas, aparentemente, eran bastante más apacibles y fáciles que las que tenían las niñas africanas. Primer puesto de honor en la muerte para los muertos de los Alpes. Un segundo lugar para aquellos otros en los que la «mala suerte» hizo que sus hijos les pagaran un viaje en donde celebrar sus bodas de oro para venir a morir a manos de unos terroristas en tierra extraña que les empapó una sangre que jamás será devuelta a tierra propia. Y un tercer y casi olvidado puesto para los muertos de sida, de ébola o de tiros en la remota y perdida África.

Soy consciente de que los medios de comunicación han de informar, sobre todo han de hacerlo de aquello que demanda el lector, y, por mucho que diga mi admirada Carme Chaparro, que el periodista siente pudor al tener que grabar el llanto de los dolientes de los difuntos…, la realidad es que tiene que hacerlo porque la sociedad en que vivimos es una sociedad carroñera que se alimenta del morbo y del dolor ajeno. A ver, que levanten la mano aquellos que no conocen a alguien que se haya visto implicado en un accidente sólo por detenerse a «licinciar», «sopar», «cotillear», «pestañear» –o como quieran llamarlo–; en definitiva: a ver lo que le había ocurrido a otro.

Una vez colocados en el podio de honor y por rigurosa categoría mortuoria, ya se puede uno explayar sobre la buena o mala suerte que tuvo fulanito o menganito al elegir ese vuelo, ese crucero determinado, esa excursión… o sobre las incidencias, «putas incidencias» en el momento que les impidieron tomar ese preciso avión o ese crucero.  Cuando el atentado de las Torres Gemelas, muchos testimonios afirmaron la impotencia o la rabia que sintieron cuando un atasco o la más peregrina de las incidencias les impidieron estar a su hora en las oficinas que contenían dichas torres. Después del atentado, bendijeron cuantas causas se habían aliado para impedirles que estuvieran allí. Nunca sabemos qué puede ser buena suerte o mala suerte a la hora de valorar determinados acontecimientos. Sin embargo, ese supuesto no se puede tener en ningún momento con todas las víctimas del terrorismo. El Estado Islámico mata con saña quemando vivos a periodistas que quieren traernos la verdad de lo que está ocurriendo por allí o a cuantos se les crucen en su camino. Y Boko Haram mata a cristianos a diestro y siniestro: dos mil en Nigeria de una sola tacada; a cuantos pillan en Tierra Santa; o a los identificados coptos en Egipto…

Si la muerte nos gana por goleada, al menos, no cometamos la injusticia de colocar en el lugar de honor a unos muertos sólo porque estén más cerca de nosotros.

Ana M.ª Tomás

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