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Neurogénesis Nacional

 

    Hasta hace poco nos decían que neurona muerta, neurona perdida para siempre. Que el cerebro era irrecuperable. Como metáfora de la vida, parece acertado. Lo muerto, muerto está. El pasado, pasado. Así es. Pero puede que no tan así. Que las neuronas mueran, como todo, pero también se regeneren. Porque casi todo lo que muere puede renacer. La flecha del tiempo no va tan recta, sino en zigzag, porque va y viene. Le llaman neurogénesis. Dicen que hasta los 90 años siguen renaciendo neuronas en un cerebro sano y estimulado. Bueno, yo creo que hasta la muerte, e incluso después, al menos durante un tiempo. Es posible que no muramos ni tan de repente ni tan del todo.

    Quisiera pensar que también puede existir una neurogénesis nacional. Que el cerebro colectivo tiene capacidad de regenerarse. Dos enemigos le acechan, nos acechan: la depresión y el estrés. La depresión y el estrés son máquinas destructoras de neuronas. Confieso que estoy atacado por esos dos males, que muchas veces van unidos. Depresión ansiosa, ansiedad depresiva. La depresión nace de la incapacidad para resolver un conflicto, alejar un peligro, vencer una dificultad. Las fuerzas flaquean, el pesimismo paraliza, el derrotismo anticipa la derrota. Viendo y oyendo, observando y razonando sobre lo visto y oído cada día a nuestro alrededor, es difícil no dejarse llevar por la depresión nacional.

    O por la ansiedad, igualmente destructiva. Porque uno ve con claridad primaveral lo que habría que hacer para conjurar los males y alejar los peligros. Lo dice, lo escribe, lo comenta con los pocos o muchos amigos que uno tiene (imposible saberlo hoy día), pero no sabe el alcance de todo ello, y sospecha que es casi nulo, porque el proceso neuro-degenerativo parece mucho más poderoso y extendido que el de la neurogénesis nacional.

    Muy difícil, sí, no dejarse arrastrar por el pesimismo y la ansiedad. Dura prueba, pero de la que hemos de salir más serenos, libres, decididos y clarividentes, porque sólo desde la claridad de ideas, la firmeza de las convicciones, la determinación que nace de la verdad, la defensa del bien común, la igualdad y la justicia, podremos estimular esa neuro-regeneración nacional, el resurgir de impulsos ocultos, fuerzas revitalizadoras que sustituyan a la depresión y desesperación actuales.

    Entre tanto, no nos queda otro camino que seguir denunciando el proceso degenerativo y autodestructivo en el que ha entrado el cerebro colectivo, el organismo neuronal de la nación, si atendemos a las manifestaciones y los propósitos cada día menos encubiertos de quienes se ven ya haciendo la autopsia al cadáver de la nación. Lo digo porque parece cundir el miedo a que vuelva a gobernar Pedro Sánchez con su comparsa de enterradores. Peligro real, que nos podría llevar al enfrentamiento civil (o sea, al triunfo de la depresión y la desesperación), enfrentamiento que puede adoptar muchas formas, hoy inimaginables.

    Los síntomas son alarmantes, pero yo confío en la fuerza de la biología. A pesar de todo. No es optimismo, es aceptar que no es tan fácil que una nación se suicide, que la mayoría caiga en un estado de hipnosis colectiva irreversible. Esto supondría, al menos, que las fuerzas degenerativas actuales (PSOE, Podemos y todas las marcas, mareas y conglomerados separatistas y nacionalistas) alcanzaran la mayoría.

    Para que esto no ocurra, y en tanto no surja otra izquierda, es necesario desenmascarar y atacar sin descanso a esta izquierda reaccionaria, servidora de las oligarquías territoriales supremacistas, que ha sustituido aquel “proletarios del mundo, uníos” por el “trabajadores de España, dividíos”. No luchéis por la igualdad, por leyes que os defiendan a todos del abuso de los poderosos, sino por sus privilegios y el reparto de poder entre ellos.

    Lo peor de todo es el servilismo y el acobardamiento de los medios. Fue bochornoso ver el otro día a Iglesias defendiendo su residencia de neopijo diciendo que él tenía derecho a pagarla con una hipoteca de “900 euros al mes a 30 años”. No hace falta coger la calculadora para descubrir la patraña de semejante afirmación. Suponiendo que le haya costado 600.000 euros (precio muy por debajo del de mercado), necesitaría, no 30, sino 60 años para pagar la deuda. Que pueda hacerlo, además, gracias a la existencia de los bancos, contra los que lanza soflamas y amenazas porque encarnan lo más abominable del sistema capitalista, es cinismo vomitivo. Pero los entrevistadores callaron, enmudecieron. Hacen lo mismo otros los medios, a los que intimida insultándolos. ¡Y seguimos cambiando la hora!

 

Santiago Trancón

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