Nieves Pradillo (10). Por Manuel de Mágina

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Nieves observó cómo el hombre salía a la calle. Echó un nuevo vistazo a la fotografía para asegurarse, activó la cámara y anotó la hora: las once. No era mala —juzgó—, para dar comienzo a las actividades del día. Y tampoco es que Luz Ángela tuviera que hacer un esfuerzo sobrehumano para abandonar las sábanas, que como mucho lo habría hecho a las nueve, pues fue a las diez cuando abrió la misma puerta para salir y dirigirse a su coche (por cierto, un modelo de los que no todo el mundo podía permitirse); pero ella, al menos, ya llevaba todo ese tiempo al frente de su negocio.
Los ademanes del individuo (moreno y delgado) al caminar le parecieron un tanto chulescos, mirando desde detrás de aquellas gafas de sol. El pelo peinado hacia atrás; vestido con una cazadora de piel y unos pantalones claros. En poco se distinguía, por el aspecto, de cualquier pijo de los que habitaban la ciudad. Ahora comprobaría cómo empleaba su tiempo. Puso en marcha el coche y lo siguió en su periplo hasta que desembocó en la avenida Norte. Nieves no tuvo más remedio que desviarse y aparcar en una de las calles adyacentes para volver andando. Cuando se hizo de nuevo presente en la avenida, no pudo ya localizarlo; lo había perdido. Decidió ir caminando, tal que si estuviera dando un paseo, para intentar recuperarlo visualmente. No tardó en descubrir que el Instituto de Empleo había abierto una nueva oficina en la cafetería Sándalo, a la altura del 141 de aquella vía. El «demandante» se encontraba allí, esperando a que lo atendieran sentado en una de las mesas de la terraza. Nieves pasó de largo sin girar lo más mínimo la cabeza. Continuó con su paseo otro par de centenas de metros más hasta que consideró prudente dar la vuelta. Enfiló esta vez por la misma acera de Sándalo y, al llegar a ella, tomó asiento en una mesa, a espaldas del objetivo. A este le habían servido un café muy caliente —se veía humear—, y un suculento cruasán en una bandejita de acero inoxidable.
Horas más tarde, la pareja de Luz Ángela se encontraba en un local de máquinas recreativas echando unas partidas, lugar del que salió para dirigirse hacia el centro. Enlazó con un par de amigos que lo esperaban en la esquina del Tres Volantes, con los que luego se fue a comer a un patatas y pollo. Ahí lo dejó de momento Nieves para volver a casa, a eso de la una y media del mediodía.
De las indagaciones que hizo después, a la tarde y en días sucesivos, se desprendió que el tipo se pegaba la vida padre mientras decía estar buscando trabajo. O lo que es lo mismo: que parasitaba con descaro a la pobre Luz Ángela, a la que, encima, intentaba someter con un trato degradante.
Durante aquellos primeros días de la semana la investigación fue anodina y aportó poco. Luz Ángela iba de su casa al gabinete y del gabinete a su casa, apenas saliendo a hacer alguna compra personal, pues se permitía tener empleada doméstica, y su hombre, Euclides-Antonio Gonzales, llamado por ella Eu, apenas varió su cuadro de costumbres y acababa volviendo al hogar hacia el final de la tarde. Por su modo de comportarse en la calle y por sus hábitos no le parecía un individuo conflictivo en sociedad, rasgo bastante común a quienes luego lo son en familia. Luz Ángela le contaba que seguían teniendo las mismas discusiones, día más, día menos violentas, y siempre en torno a lo mismo, pero que no se había producido aun ningún intento de castigo físico.
Nieves, ya en su despacho de Esther Olimpia, pensó en los próximos pasos y uno de ellos era proponer a su cliente la instalación en su domicilio de dispositivos capaces de documentar una posible agresión. Tuvo una entrevista con Luz Ángela con ese fin. Antes de nada le dejó bien claro que era una opción particular y que debía ser ella misma quien se encargara de llevarla a cabo, sin su intervención, y responder legalmente de ello si fuera necesario. Que ella solo se lo podía indicar a título de consejo. Luz Ángela lo pensó retrayendo hasta la introspección la mirada de aquellos potentes ojos negros; acentuando en el rostro, más si cabe, el gesto de vehemencia que de habitual mostraba. Resolvió que no, que no le gustaba la idea.
—No. Al menos por ahora.
—Tienes que pensar en obtener un medio de prueba si llega el caso. De lo contrario, nada de lo que estamos haciendo servirá.
—Lo entiendo, no pienses que no lo entiendo. Pero me da apuro. Por otro lado, ni yo misma me sentiría cómoda.
—Bien. Es tu decisión.
Nieves se sintió en parte aliviada. Le había hecho aquella sugerencia aun a sabiendas de que actuaba en contra de sus propios intereses. Por otra, un tanto frustrada en su intento de ayudar. Regresó a su despacho, cerró la jornada en el ordenador y, de allí, se desplazó hasta su barrio y al supermercado que frecuentaban. Había confeccionado una lista de los suministros que había que reponer con urgencia antes de que se atravesaran los días de descanso. En el supermercado, empujando ya el carrito de la compra, tuvo una nueva llamada de Luz Ángela. De momento la inquietó, pensó que podría tratarse de una crisis. Luego comprobó que no, que la llamada era solo para alertarla de que el fin de semana venía siendo el momento más comprometido de cara a su problema con Eu. Que las salidas, los amigos y el alcohol desataban en él las más bajas pasiones, sobre todo los celos, y con ellos la ira y la violencia. Nieves recorría los pasillos, introduciendo los productos en el carrito, al mismo tiempo que miraba la lista y atendía la llamada.
—Y yo no puedo renunciar a mi vida, tú sabes. No puedo quedarme encerrada en casa sin hacer nada todo el fin de semana, sin ver a nadie.
—No, claro que no. Por supuesto que no.
Le comunicó el lugar de asueto al que le gustaba ir y que se personaría allí para pasar la noche, acompañada de sus amigos, bien quisiera él o no. Le hizo saber también la hora, a lo que Nieves se estiró como una vela, espantada.

¿Cómo se lo diría ahora a Paco? «Paco…» Y no encontraba la manera. Había dejado el coche en el sótano y subía en el ascensor cargada con una bolsa en cada mano. No es que tuviera obligación de hacerse presente, pero desde un principio tuvo consciencia de la necesidad de ser flexible en los horarios si quería favorecer la eficacia (y por tanto el éxito) en su trabajo. Lo compensaría detrayendo ese tiempo de otro lado. Abrió la puerta de la casa. Tomando las bolsas, la empujó con la rodilla.
—¿Paco?
Salió a recibirla Rebeca con premura.
—Hola, mamá.
Y le dio un beso, y salió corriendo de nuevo hacia el salón. Paco estaba allí, sentado en el sofá, frente a la tele, y Rebeca se volvió a colocar junto a él y a mirar a la pantalla con tanta atención como su padre. Se echaba de ver que a este le había dado tiempo hasta de ducharse. Fue por detrás para saludarlo. Cuando él se percató de su presencia, se giró.
—Hola, Nieves. ¿Qué tal el día?
—Bien. ¿Y el tuyo?
—Horrible.
Nieves se encaminó hacia la cocina mientras Paco le aclaraba el porqué. Contó que aquella mañana le había entrado un BMW y que ya se sabe cómo son los BMW. Que le había tenido que dar un pico de vueltas al coche para localizar la avería, utilizando todos los aparatos de diagnóstico con los que la técnica auxiliaba a los de su oficio, y su acopio de experiencia, que no era poca, y que la encontró de chiripa. Nieves le voceó, mientras se iba, que le tenía que hablar de algo importante, y él le dijo que, si podía ser, mejor después, que ahora estaban viendo al tipo que había pulverizado el récord mundial, levantando nada menos que dos kilos y medio más que el último.

Paco la encontró más tarde frente al espejo del baño, ceñida con el albornoz, ahuecándose el pelo mientras se daba pasadas con aquel secador de La guerra de las galaxias.
—Me tengo que ir esta noche.
—¿Esta noche? ¿Dónde?

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Nieves Pradillo

Manuel de Mágina

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