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La perfecta lucidez del cero, propusieron los santones indios sin que pareciera importarles el zumbido de las moscas ni el hedor de la mierda de vaca, ni tampoco los cadáveres hinchados de los niños flotando sobre las aguas del sagrado Ganges.
Los herméticos, hieráticos e irritados alemanes aclamaron a una la perfección del uno, esa forma tan suya de ser siempre el primero, ese gracejo que muestra al desfilar con el cuerpo bien tieso y el arma al hombro y el ojo ciego mirando al frente, siempre al frente, hacia el lugar exacto donde se cuece la batalla.
Italianos de Italia con bigote y polainas gritaban algo histéricos tratando de animar al dos, ese inútil figurón de lento deambular acuático, ese patito que se escurre y se pierde y finalmente se hunde en los turbios riachuelos en que suelen depositarlo los niños, que aunque a veces simulan adorarlo y acarician sus falsas plumas de cisne falso, en el fondo están hartos de su crepuscular canto de ave moribunda.

El tres fascinaba a los indios apaches, inquebrantables perseguidores de sinuosas serpientes de surtidos colores, jinetes experimentados que cabalgan corceles sobre los que a fuego han grabado las dos curvas cerradas que componen el tres, el camino que conduce al lago risueño, a la cascada feliz donde dulces matronas de ubérrimos pechos amamantan cachorros y alimentan los sueños de futuros guerreros.

Cuatro veces dijeron al cuatro que semeja una silla por la que ascienden hormigas de mandíbula roja, eficaces devoradoras de tobillos de monjas, potentes soldados que en cuartetos formados, exhiben cuatro cartas, cuatro cuartos, trasteros de cuarteadas ventanas y de multiplicadas rejas.

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Máximo González Granados

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