nunca la eternidad

nunca la eternidad

Nunca la Eternidad

     De pronto es todo tan dulce y tan lleno de eternidad que necesito hacer algo, que sé que no debo ni puedo morir así, morir nunca. Y me pongo nervioso, hiperactivo, febril. Y estoy aquí, ahí, allí, estoy en todos sitios a la vez, inquieto en el pasillo mientras Lola se pinta, fumando en la antesala de la conferencia, mirando cómo se clavan las agujas hipodérmicas en las dianas de cartón, recordando que chenoa significa paloma blanca en lengua sioux, sentado en el anfiteatro con esa comodidad que hay en los hombres de tener un Dios que se ocupe de todo, pensando en esa esencia de la vida que consiste en anhelar más vida, asombrado de algo que no sé bien lo que es.

     Y de pronto es como si recodara que he muerto. Como si recordara que la Muerte era una muchacha pálida y rubia a la que yo le hubiera besado la boca con infinita ternura. Una muchacha nórdica vestida con un abrigo rojo muy caro que estaba sentada a mi lado y que yo la miré muy lleno de ternura, de infinita ternura, y me sobresalté cuando ella me dijo sonriendo:

     – Soy yo, La Muerte. No tengas miedo. No es nada. No es nada. Tan sólo tienes que morirte.

… Y creo que lo hice. Ahora mismo creo que lo hice, que obedecí, como cuando en las radiografías del pecho te dicen: ¡Respire, respire, noooo respire! No sé o no recuerdo cómo, pero creo que de verdad lo hice: No respiré. Y por eso estoy ahora en todos los sitios y lo veo todo muy claro, a setecientos cinco kilómetros de altura por lo menos. Lo veo todo con la luz de mi vigilia cósmica. Veo a Lola pintarse, el cielo azul oscuro, la radio que dice que está ardiendo Bulgaria o Andalucía o Galicia, ya no me acuerdo qué. El cielo mismo arder. Veo las agujas hipodérmicas y la epidermis del planeta y la soledad de La Tierra y mi soledad que se parece mucho a la suya. Veo las arrugas de tus ojos quienquiera que seas y tus manos con manchas de la edad y venas en el dorso y tu preocupación por la hipoteca o el estrés o el trabajo precario que encuentran o no encuentran tus hijos. Lo veo todo con una ternura universal muy dulce. Pero algo no me cuadra. Algo me pone raro y me equivoca. Me falta una respuesta. Tengo que resolver una ecuación. Esta pregunta: ¿Por qué siempre morimos sin saber si la culpa de morir fue nuestra o del terrible sentido de la vida?

 

Miguel Sánchez Robles
Blog del autor

(Salvación, Ediciones Gollarín)

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