Odio, luego existo

Carmen Posadas

     Nunca el odio había sido tan rentable. Ni tenido tanto predicamento como de un tiempo a esta parte. De hecho, algunos lo están convirtiendo incluso en lucrativo medio de vida. Como el inventor de Hater, por ejemplo, una plataforma de contactos románticos que se dedica a buscar pareja poniendo en contacto a personas no por afinidades sino por odios compartidos. ¿Detesta usted los callos, no puede soportar a Trump, odia los madrugones y no traga a Mouriño? Tal vez seamos almas gemelas. La app, que a las pocas semanas de su creación  alcanzó la cifra de 200.000 usuarios en los Estados Unidos y que es hoy la aplicación de estilos de vida número uno en Alemania, surgió después de que su fundador leyera un estudio sociológico según el cual las personas a las que disgustan las mismas cosas crean lazos más profundos que aquellas que comparten afinidades positivas. Que el odio ha sido una fuerza arrolladora a lo largo de la historia no necesita demasiada argumentación. Sin embargo y paradójicamente existe un odio positivo y otro negativo. El odio —o el encono, o la envidia, que es lo que casi siempre subyace en este tipo de sentimiento— puede ser positivo siempre que movilice a un individuo a superarse. El caso más paradigmático es el del hijo que por resentimiento hacia su padre o su madre acaba haciendo algo excepcional, llevando a cabo una gesta increíble, convirtiéndose en multimillonario, etcétera. El odio incluso puede crear belleza. Se dice siempre que fue el encono y la envidia que sentía el papa Julio II por su antecesor Alejandro Borgia lo que propició que encargara a Miguel Ángel las obras de arte que hoy pueden admirarse en la Capilla Sixtina. La combinación odio/talento puede ser por tanto inesperadamente fructífera. El problema es que el talento es un bien escaso, por lo que la unión más habitual no es precisamente odio/talento, sino más bien odio/mediocridad con sus más que previsibles consecuencias. Internet, que por su propia esencia, es decir, por su universalidad, su facilidad de acceso y sobre todo por su protección del anonimato no solo facilita sino que amplifica los peores rasgos de la naturaleza humana, ha hecho proliferar a los odiadores. Ahora incluso tienen título. Ellos mismos se hacen llamar trols y haters y conviene no confundir a unos con otros. Un trol es alguien que entra en los foros para publicar mensajes deliberadamente provocadores, irrelevantes o fuera del tema expresando odio o prejuicio simplemente como provocación. Un trol no cree necesariamente lo que afirma, su único afán es herir y al mismo tiempo destacar haciéndolo. Un hater, en cambio, sí cree lo que dice y hace lo posible por demostrar su punto de vista. El mayor placer de un trol es cargarse la discusión en la que se ha colado y trolear, es decir insultar sin dar la cara. Por eso sus víctimas favoritas son los usuarios con más seguidores, personas relevantes y/o famosas. Los trols solo quieren divertirse. A costa de otros, naturalmente, y de paso convertirse en “alguien”. Un hater, por su lado, simplemente odia. ¿Qué odia? Por lo general sus odios son siempre políticamente correctos. Está bien odiar a todo lo que uno pueda —con razón o sin ella—  llamar machista, animalista, homófobo y, sobre todo, fascista. Queda bien por tanto odiar a Hitler pero no a Stalin, porque en todo hay clases, y es más enrollado ser un hater de izquierdas. El odio político asomó su fea jeta también en las últimas elecciones catalanas. A medida que se acercaba el día de los comicios, subían de tono los insultos. Que un profesor universitario llamara “ser repugnante” a Miquel Iceta, en alusión a su opción sexual, no fue más que el aperitivo de lo que vendría después, tanto en las redes como en la calle, con insultos, amenazas y escraches que culminarían con lo ocurrido en Zaragoza. Allí, Rodrigo Lanza, un autoproclamado antisistema, y que en una trifulca anterior ya había dejado tetrapléjico a un policía en Barcelona, mató a golpes a un hombre de 55 años. Por lo visto el individuo, de nacionalidad chilena y nieto de un almirante de Pinochet, por más señas, se sintió muy ofendido porque la víctima usaba tirantes con la bandera española. Y lo mató a patadas.

    ¿Qué hace que se llegue a conductas tan extremas? ¿El anonimato de Internet está propiciando no solo que se multipliquen este tipo de fenómenos sino que acaba dotando a los odiadores de cierta aureola? ¿Se vengan haters y trols de su ramplona existencia convirtiéndose en personajes mientras multiplican el número de sus seguidores? ¿Cómo se pueden perseguir y erradicar estas conductas cada vez más habituales? Los juristas no llegan a ponerse de acuerdo. Algunos dicen que el odio es repugnante, censurable e indeseable pero que “castigar el odio es tanto como castigar un estado de ánimo, algo vedado al Derecho desde hace siglos”. Otros opinan que técnicamente no existe en nuestra legislación el denominado delito de incitación al odio. Lo que sí existe es otro delito tipificado en el artículo 501, pero su ratio legis solo protege frente a quienes fomentan el odio por razones de ideología, de creencia, de etnia, de raza, nación, sexo u orientación sexual o por razones también de género, enfermedad o discapacidad, pero no así frente a otras conductas como mofarse de la muerte de alguien, una actitud que empieza a ser tristemente habitual y que antes no se daba porque era tabú meterse con los muertos. Tampoco existe una protección real contra otras lacras como el ciberacoso o la incitación al suicidio. Ante estas realidades, y mientras juristas y legisladores siguen deliberando si son galgos o podencos, el ciudadano asiste asombrado a un fenómeno que no solo es aterrador sino que empieza a gozar de un inexplicable relumbrón. Porque el mundo está lleno de mediocres y ellos —que son legión— ven en el odio su único momento de gloria. Odio, luego existo.

 

Carmen Posadas

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