«Oleanna», de David Mamet, dirigida por Luis Luque: La búsqueda de la no verdad de la verdad. Por Ángel Silvelo

Oleanna, de David Mamet, dirigida por Luis Luque

 

Quizá no haya nada más sutil que la corriente de aquel que deja las preguntas en el aire con la certeza de que es él quien maneja la situación y el poder. Ese fariseísmo tan instalado en nuestra sociedad actual es más chirriante si cabe cuando procede de esa falsa progresía que no ha sabido actualizar el discurso del siglo XIX a nuestros días. En definitiva, todo es poder, parece advertirnos David Mamet, que en Oleanna nos somete a una acribilladora ráfaga de preguntas a las que es muy difícil encontrar una respuesta; una respuesta satisfactoria —se entiende— en armonía con el bien general, porque también quizá están planteadas para que expiemos la búsqueda de la no verdad de la verdad, más, si cabe, cuando estos días asistimos estupefactos a movimientos sociales y políticos adoquinados en el fango de tiempos pasados en los que las diferencias se resolvían de la mano de las armas. No hay nada más falaz que la perversión de la palabra en boca de quien se cree incardinado en el alma de un pueblo o en el cuerpo de un Mesías Todopoderoso. En esos límites de lo políticamente correcto es donde se desenvuelve el falso progresista profesor universitario de esta obra de teatro. John es el paradigma de estos tiempos modernos en los que ya nos hemos saltado la cadena de montaje sin llegar a saber todavía qué hacer con ese tiempo que antes empleábamos en apretar tornillos. La base de la derrota actual es la desconexión con la realidad, pues todo nos parece poco a la hora de llevar a buen término nuestros deseos, sean éstos legítimos o no. La letanía del dictador se posa sobre cada uno de nosotros para arrojar la más tétrica de las sombras sobre nuestras vidas y, lo que es peor, sobre nuestros actos. John acosa, pero lo hace en plan tranquilo, porque lo ejecuta con la sutileza de los zorros en busca de comida, sin que por ello deje a un lado los sueños que pertenecen a su canal más transparente de cara a los demás; un canal compuesto de mujer e hijos, casa nueva: chalet, y coche, sin olvidar ese trampolín que le hace merecedor de todo ello: su nueva plaza como catedrático en una universidad de la que reniega, y cuyo sistema educativo aborrece, pero al que no se contrapone más allá de emplear fórmulas de palabras tan complejas que ni sus alumnos las entienden, aunque éstas vengan bordadas en forma de un libro editado; una huella de la que nadie se acordará el día que abandone la universidad. ¿Cabe más hipocresía? Quizá aún os quede un último rayo de esperanza para contrarrestar esa ola de autosatisfacción. Carol lo hace de una forma anodina, al principio, y salvaje al final. Ella es una alumna que, en la obra de Mamet, representa el soporte sobre el que todavía puede descansar el ardor del guerrero. Lo que ocurre es que Mamet no se conforma con darle un papel pasivo a la joven alumna que le pide a su profesor que le suba la nota de la asignatura, para que de ese modo no la echen de la universidad. Aquí, Mamet proporciona a Carol el desgarro del superviviente que no tiene más armas que las de la denuncia. Una denuncia que, cada vez más, cuenta con la complicidad de la sociedad y la firmeza de las leyes encargadas de darle una respuesta jurídica al abuso de poder, ya sea éste laboral, sexual o familiar.
Oleanna de David Mamet

Los latigazos de David Mamet, en este caso, están proyectados por la dirección de Luis Luque, que, consciente del poder de la palabra intrínseca a esta obra, deja en manos de Fernando Guillén Cuervo y Natalia Sánchez el desbordante poder de la lujuria y la desdicha, para, de ese modo, conjurar en sus bocas la necesidad que toda buena obra de teatro debe tener: el desasosiego y la intriga. Aquí, Luis Luque también echa mano de la inteligencia y la sutileza según avanza la función, y lo hace aliándose con una sencilla escenografía, donde el opulento y anquilosado escritorio del profesor que avanza por el escenario para de una forma simbólica anunciarnos el acorralamiento del profesor, pues pasa de ser atacante a víctima de su propia trampa. En este sentido, Fernando Guillén Cuervo canaliza muy bien el esplendor y la desdicha de este falo-hombre colgado de su propia perversión, pues nos muestra muy bien los múltiples matices de aquel que conoce el éxito y la derrota en su vida como si todo estuviese resumido en un gran tsunami que nos pasase por encima en un fatídico instante. Frente a él, Natalia Sánchez, que, a pesar de que en un principio apenas balbucee sus palabras, poco a poco va ganando la fuerza de quien sabe cuál es la salida a su poderosa venganza. En este sentido, su sutileza viene simbolizada cuando la joven estudiante universitaria se recoge el pelo a lo largo de la función en una nueva muestra del cambio de situación que experimentan su situación y sus planteamientos, pues éste acaba recogido en un moño que representa la presión de aquel que sabe cuáles son los principios de su batalla, pues esa es la esencia de la obra: la infinita batalla por el poder a la que, por lo visto, hombres y mujeres estamos condenados. Eso sí, batallas encadenadas a la búsqueda de la no verdad de la verdad.

Ángel Silvelo Gabriel

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