Hace unos cuantos años, era practicamente imposible publicar un libro con una editorial decente si no tenías un padrino o un apellido que garantizara unas ventas estratosféricas. Un editor no se jugaba los cuartos, ni ponía su prestigio encima de la mesa, si no veía su inversión lo suficientemente segura como para valer la pena. Fue entonces cuando surgió la autoedición.

Eran muchos los escritores que confiaban de forma plena en la calidad y las posibilidades de sus obras, y proponían a las editoriales participar económicamente en la edición ,pagando una parte de los costes o incluso asumiéndolos al cien por cien. Fueron muchas las editoriales que aceptaron este método, y si no lo hacían de forma oficial, lo hacían bajo cuerda. Los resultados fueron muy diversos, ya que muchos autores desconocidos se revelaron como auténticas promesas de este mundillo, mientras que otros no sólo no vieron sus sueños rotos, sino que además se quedaron con cara de “qué ha pasado aquí”, y con los bolsillos vacios.

Algunas editoriales vieron en esta práctica un filón, y decidieron dedicarse únicamente a la autoedición. Así, cada vez era más habitual encontrar con anuncios pidiendo escritores y, cuando llamabas, te sorprendían con unas tarifas desorbitantes y unas promesas que rayaban la fantasía. Surgieron así las editoriales, aunque algunos se empeñen en llamarlas de otra manera, que permitían a los escritores emergentes cumplir su sueño y ver su novela en las estanterías de sus librerías favoritas a cambio de asumir los costes de la edición.

Esta práctica alentó a gran cantidad de autores a enviar sus manuscritos, y si obra tenía la calidad suficiente el editor se comprometía a hacer lo que estuviera en su mano por darla a conocer sin tener que arriesgar ni un céntimo.

El problema surgió cuando, como siempre, aparecieron unos cuantos espabilados dispuestos a exprimir a la gallina de los huevos de oro hasta que reventase. Que nadie se sorprenda, porque esta historia ya ha sucedido antes, y se seguirá repitiendo. Música, arte… nada escapa de los especuladores. Algunas editoriales, que vieron como la publicación de esas obras desconocidas no solamente les reportaba bastante beneficios, sino que además no suponía ningún tipo de riesgo a nivel económico, bajaron de forma paulatina sus criterios de edición. Si antes se leían diez obras antes de decidirse a publicar una de ellas… ¿Por qué no publicar las diez? Al fin y al cabo, no era su dinero el que estaba en juego.
Esta práctica es muy peligrosa, e incomprensible desde mi punto de vista, ya que cuando una editorial publica una novela, o un poemario, o lo que sea, está poniendo su nombre y su prestigio encima de la mesa. Si la editorial X publica un libro que es una porquería… ¿No está echándose tierra encima? ¿No serán cada vez más reticentes los distribuidores y los libreros a trabajar con ellos? Todos los que empezamos con este mundillo nos topamos con editoriales de este estilo, a las que mandas tu manuscrito y te contestan a los diez minutos diciendo que les ha encantado y que eres el próximo Pérez-Reverte. Y claro, hay ilusos que tragan, y que son estafados por su propia vanidad.

Esta práctica no es ilegal, y es uno de los factores que ha provocado que el mundillo editorial cada vez esté más saturado, y que cada vez sea más dificil acceder a él. El trabajo de las editoriales no sólamente implica la puesta en circulación de las obras. Existe todo un proceso de maquetación, revisión, comprobación… Prescindir de estos procesos hace que en el mercado haya libros con errores ortográficos, contradicciones, plagios, e incluso frases mal construidas y sin sentido. El mercado se halla saturado, y el hecho de que cualquiera que escriba unas cuantas lineas sea capaz de verlas publicadas al precio que sea ha contribuido a saturarlo aun más. Hoy en día, para publicar un libro no hace falta talento, sino dinero.

Los que estamos empezando en este mundillo tenemos la enorme responsabilidad de no caer en esta trampa. La autoedición es una herramienta muy valiosa para los que queremos dedicarnos a escribir, ya que tener un buen curriculum y unas ventas decentes pueden hacer que alguna editorial se fije en tí, pero para ello debemos hacer examen de conciencia. Un escritor primerizo debe ser crítico consigo mismo, y con su obra. Debe revisarla minuciosamente mil millones de veces, comprobar los datos, consultar a profesionales y, sobre todo, valorarla con objetividad.

He leido obras autoeditadas de escritores noveles que son una auténtica basura. Novelas que, como mucho, habrán leido sólo los familiares y amigos más íntimos del escritor (quizás ni eso), que habrán dado una valoración subjetiva y cargada de mentiras para no herir su sensibilidad. Obras así hacen que las demás pierdan su valor, y se pierdan en un mar de novedades editoriales cada vez más saturado. Publicar una novela es algo serio, y hay que tomárselo como tal. No entiendo a los escritores primerizos que exigen el reconocimiento mediático, y que esperan que su obra esté en los escaparates de las mejores librerías durante meses. Escribir es mucho más que eso, pero hay gente que no lo va a entender nunca.

Es imposible dar aviso a las editoriales, pues la mayoría no son otra cosa que empresas que no van a dejar de hacer números en pos de eso que algunos llaman “dignidad”, o imagen corporativa. Este mensaje es para todos aquellos que, como yo, comienzan en este mundillo: sed exigentes con vosotros mismos. Es dificil hacerse un hueco en este mundillo, pero de nada sirve hacerlo aún más dificil. Tenemos toda la vida por delante para escribir, así que no os preocupeis si vuestra obra no ha quedado como esperabais, y apresuraros a escribir otra. Publicar a cualquier precio es una quimera, una manera como otra cualquiera de sacarle los cuartos al personal.

Hay quien se hace llamar “escritor”, y no es otra cosa que un pobre diablo que no sabe hacer ni la O con un canuto. A veces leo sus obras, y siento vergüenza ajena.

Benito Olmo
Fuente: esliteratura.com

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