Patroclea. Por Francisco Giménez Gracia

Patroclea

Aquileo durmió en lo más retirado de la sólida tienda con una mujer que se había llevado de Lesbos:
con Diomeda, hija de Forbante, la de hermosas mejillas.
Y Patroclo se acostó junto a la pared opuesta,
y tuvo a su lado a Ifis, la de bella cintura,
que le había regalado Aquileo al tomar la excelsa ciudad de Esciro.
Homero, Ilíada, canto IX
Y ahí se vio claramente, oh Patroclo, que ya llegabas al término de tu vida,
pues el terrible Febo salió a tu encuentro en el duro combate.
Homero, Ilíada,  canto  XVI

Ifis ordena el penacho de crin que corona el casco, cuyo peso siente como una maldición: Aquileo protegía su cabeza con ese mismo yelmo el día funesto que mató a su padre y a sus hermanos. Patroclo adivina el recuerdo doloroso que atenaza el corazón de la esclava y le dedica una sonrisa que es un bálsamo, pero no la libra de su tarea, porque así lo quiso el Hado. Le gusta y le duele aquella mujer porque su piel tiene el color nítido y el tacto suave de la crema fresca de la leche con que su nodriza le agasajaba en su infancia, en Opunte, cuando la guerra era un juego y se sentía el favorito de las mujeres de la casa y de la diosa Atenea. Patroclo recuerda su infancia cada vez que viste las armas, porque añora los días en que sus manos estaban limpias de homicidios. Fueron las Parcas las que tejieron el tapiz de su destino con la muerte de su compañero de juegos; pero el golpe salió de su mano y nadie lo libró del destierro, ni de un viaje sin canciones, con la sola compañía de un fiel criado que lo guió hasta el reino del rey Peleo y la diosa Tetis, en cuyo palacio expió su culpa y se convirtió en el amigo inseparable del príncipe Aquileo, un muchacho hermoso como un dios, admirado y temido por todos desde que su madre lo sostuviera en su seno perfumado; un niño difícil, caprichoso, despierto y destemplado, que preocupaba al rey Peleo y que sólo parecía gobernarse bajo el freno de la mirada firme de Patroclo.

Han pasado largos años desde entonces y a Patroclo le gusta Ifis, porque su sexo es zumo que enerva la noche con un olor salvaje que embriaga más que el vino puro. Patroclo desea a Ifis por encima de cualquiera de sus esclavas, porque le excita el recuerdo de su propio valor en la campaña de Esciro, donde las lanzas volaban ávidas de la sangre de los legendarios mirmidones, invencibles bajo la principalía de Aquileo y del  “dulce y valiente Patroclo”, que así lo llaman sus hombres, con quienes tantas veces salvaron las vidas, hombro con hombro, escudo con escudo, tal y como guerrean los amigos más queridos, terribles como leones de los montes, valientes y respetuosos con las leyes de Zeus, que impera en la guerra. La de Esciro fue una batalla limpia y clara, como la piel de Ifis. Pero en la campaña troyana imperan los hijos de Ares, la Discordia y el Terror, desde que la guerra se gestara entre los muslos de Helena, perfumados con las artes engañosas de la artera Afrodita.

Patroclo mira a Ifis y el pecho se le llena del calor que le vincula a ella por encima de todo, pero también a los amigos, a los melenudos aqueos, en esta hora fatal en la que el furibundo Héctor, príncipe de los troyanos, está a punto de llevar el fuego a las naves, porque Aquileo se ha obstinado en mantener a los mirmidones en el campamento, y no ha permitido hasta ahora que auxilien a los aliados que caen los unos en pos de los otros bajo los ejes de los carros de guerra de los troyanos, a quienes hoy Apolo concede la victoria.

Patroclo ajusta las correas del escudo mientras contempla a Ifis y se abandona al ensueño de regresar indemne de la batalla, desposarla, y tener con ella los hijos que le acompañarían en su vejez; pero enseguida lo despiertan los relinchos nerviosos de los caballos que pisotean a tantos varones ilustres que yacen ya junto a la empalizada que protege a las cóncavas naves y que sirven de pasto a los perros que les comen sus partes pudendas. Tal vez alguno de ellos, piensa, sea su amigo Menelao, o el esforzado Diomedes, o el prudente Odiseo. Maldita guerra sobre la que nadie querrá cantar canciones, desde el día que los más ilustres de los aqueos, Agamenón y Aquileo, se separaron en discordia, con los hígados llenos de cólera.

A Patroclo le embelesa Ifis, porque es el contrapunto a tanta desmesura, y en ella descansa, en sus palabras exactas, en sus silencios atentos, en el deleite con que enjuaga su pecho con la esponja de muchos ojos, ajena al olor a muerte que el viento lleva hasta la playa en donde los mirmidones han plantado sus tiendas. A Patroclo le gusta la mirada con que esta mujer penetra los sentimientos de cuantos la rodean, una mirada acogedora que hace suyas las alegrías y las penas de sus compañeras. También Patroclo escucha a todos con dulzura, y procura el bien de sus amigos, y limpia sus heridas con vino, y calma sus dolores con hierbas amargas, y atiende a las súplicas de cada uno, y ruega al colérico Aquileo para que vuelva a la batalla, por la amistad divina que los une, y obligue a retroceder a los ensoberbecidos troyanos y a sus aliados, que a punto están de derrotar a los aqueos, contra todos los auspicios que se escucharon en los primeros días de la guerra. Los mirmidones admiran a Patroclo, porque sabe mirar al enemigo, y no baja el escudo con que protege al compañero, y carga con el peso de sus armas y con los despojos de sus enemigos muertos, y porque cuida de todos, libres y esclavos, y por eso dicen de él que es la estrella propicia que ilumina el campamento, porque es manso y dulce y valiente, y Aquileo se gloria de que su escudero sea abrigo y refugio y sombra y agua.

Los amigos que caen vencidos por las lanzas de los troyanos y sus gritos llegan claros a la tienda, pero Patroclo se toma unos instantes mientras Ifis termina de ajustarle la coraza de Aquileo. Él hijo de Tetis y Peleo no saldrá hoy al combate, pues en su corazón anida intacta la llama de la cólera que prendió contra el Atrida Agamenón. Pero ha consentido, al fin, que su escudero Patroclo vista sus armas y comande a los mirmidones en su nombre, para que alejen al enemigo del campamento, no fuere a ser que el fuego llegara a arrasar las naves y no alcanzaran a retornar a la patria. Aquileo ha instruido a su escudero para que ponga límites a su esfuerzo: “Aleja a los perros troyanos, haz rodar muchas cabezas y vuelve inmediatamente, sin enfrentarte a Héctor, sin acercarte a la muralla”, le dice una y otra vez, sin saber que sólo los dioses ponen fin a las batallas.

A Patroclo le hierve la sangre cuando escucha el griterío de los mirmidones que aguardan impacientes en la explanada central del campamento. Ya van para diez años que luchan contra los troyanos y los hombres están hartos y piden a los dioses que les permita rescatar a la rubia Helena y arrastrar el cadáver de Paris, y que Menelao lave su honra en la sangre de los hijos de Príamo. Pero a Patroclo le duelen los gritos de los amigos, y teme por todos, y por Ifis, la de la bella cintura.

 

Grabado de John Flaxman. El combate sobre el cadáver de Patroclo

El dulce y valiente Patroclo ruega a Atenea mientras abraza a su esclava y huele su pelo antes de partir a la batalla. Afuera, rugen los mirmidones, como lobos hambrientos que llaman al jefe de la manada. En la tienda, Ifis se sujeta las entrañas y las lágrimas, porque el aire escuece cuando los hombres se miden con los dioses. Patroclo le habla al oído y nadie oye esas palabras, salvo la diosa que compone las canciones, quien ya mide los hexámetros que cantan la gloria del eximio Patroclo, dulce, valiente y propicio, que partió al combate al frente de los mirmidones, atravesó con su lanza al hijo de Zeus, a Sarpedón, que reinaba sobre los licios, que lo honraban como a un dios, salvó las naves surcadoras del ponto, y murió desnudo e indefenso, a manos del funesto dios Apolo, que no consintió que ningún hombre nacido de mujer tomara la bien murada ciudad de Troya, antes de lo decretado por el Hado.

 

Francisco Giménez Gracia

Blog del autor

 

Este relato fue  publicado en el diario La Opinión de Murcia el día 9 de julio de 2017

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