Pedro Sainz Rodríguez. Por Jordi Rosiñol Lorenzo

Pedro Sainz Rodríguez

 

  Sorprendente y siempre imprevisible, Pedro Sainz Rodríguez navegó por el convulso siglo XX en España, lo hizo con la seguridad que bracean las personas dotadas de una inteligencia critica y evolutiva, que tanto llega molestar a quienes, instalados en el pedestal de la verdad absoluta, ponderan firmes y soberbios la realidad, una realidad que por norma general hacen coincidir los intereses propios con los del poder establecido en cada momento. Cierto es, que, en algunos momentos de su vida, Don Pedro tuvo que chapotear en escasos márgenes para escapar con éxito de diversas y amenazantes sequias de intolerancia a la inteligencia.

  Nacido en Madrid a finales del siglo XIX, fue sobre todo un erudito en diversos campos, un académico que nunca les hizo ascos a los placeres mundanos de un “Bon vivant”, un orondo conversador nunca falto de ironía, y llegado el caso estaba dotado de un sarcasmo irreverente, tenía una lengua de látigo capaz de chasquear su punta en la espalda de los personajes poderosos con los que se cruzó en la vida. En plena dictadura del general Primo de Rivera, con tan sólo veintisiete años, ya se expone públicamente redactando, y firmando el manifiesto de los escritores españoles en favor de la lengua catalana. Y como suele ocurrir a lo largo de la historia, el poder de turno intenta atraer al talento díscolo ofreciéndole un puesto en la Asamblea Nacional Consultiva del régimen, pero fiel a su visión particular del mundo poco más tarde dimitió del puesto, salto de la piscina llena de codiciosas carpas para como decíamos anteriormente chapotear en su libertad intelectual.

  Monárquico y de derechas, Pedro Sainz Rodríguez tras el advenimiento de la II República fue diputado a cortes, e inscrito como no podía ser de otra manera a un grupo minoritario del arco parlamentario, en cuya tribuna desarrollo un discurso totalmente critico contra el proyecto de constitución republicana, Don Pedro siempre contra corriente, demostró que las mayorías no están siempre en posesión absoluta de la razón. Junto Ramiro de Maeztu o Eugenio Vegas Latapie en Acción Española compartió y combatió la revolución apresurada de una República que atendía las legítimas demandas sociales como un pollo sin cabeza.

  Quizás el chapoteo menos húmedo intelectualmente que afrontó, fue su participación en la conspiración para la sublevación militar de 1936, cierto es, que, el contexto de aquellos días en España era de violencia, de furia, de una España contra la otra, hechos muchas veces instigados o permitidos por el recién estrenado gobierno del Frente Popular, Una izquierda vengativa por los siglos de sufrimientos de los más desfavorecidos, y por una falta de lucidez a la hora de introducir paulatinamente las reformas necesarias que empujen el país hacía su modernidad pospuesta tantas décadas. Como decimos el contexto hizo que los dirigentes y la población se alinearan cada uno en su respectiva trinchera. Don Pedro vio ciegamente que tras aquel alzamiento habría una restauración de la monarquía en España, y que la dotaría de la tan necesitada estabilidad social y política, pero ese charco no tenia ni una chispa de agua, como pronto descubrió Sainz Rodríguez.

  Sorpréndanse, el primer ministro de educación que nombró el general Franco fue nuestro protagonista, pero como le ocurrió a Primo de Rivera, Don Pedro duro poco en el cargo, «1938-1939» En plena guerra civil tomo muchas iniciativas en los diferentes ciclos estudiantiles, puso todo su buen criterio intelectual en ello, pero pronto choco de frente con un régimen en ciernes, cuyos valores no eran la modernidad, se decantó más bien por la educación monolítica desde posicionamientos pétreo-religiosos. Para el General Franco, pronto Don Pedro era un demonio más en el contubernio judeo masónico que amenazaba el país. Aunque cuentan, que su breve paso ministerial no se dio por temas ideológicos. Don Pedro era un asiduo visitante a las casas iluminadas de noche en el borde de las carreteras solitarias, lupanares donde hay señoritas que fuman. Total, resulta que cuentan las malas lenguas la siguiente historia. Dicen que en un viaje de Burgos a Vitoria del Generalísimo y su esposa, al pasar por una de estas casas de lenocinio, Doña Carmen vio el coche del ministro aparcado frente al tugurio de manzería, y le dijo a su marido «Paco en ese restaurante tenemos que parar algún día, por que si está pedro es que se debe comer muy bien, ya sabes la fama que tiene de buen yantar» Con los demonios por montera, el dictador puso fin a la labor de aquel depravado al frente del ministerio, que debía educar a las nuevas generaciones en los principios fundamentales del movimiento, patria, Dios y familia.

  Una vez comprobado que la restauración monárquica no iba a ser más que un sueño para los monárquicos españoles, monárquicos que iban menguando al mismo ritmo que Franco iba asumiendo más y más poder, hasta acapara todos los poderes del estado. Tan solo unos pocos fieles fueron hasta Estoril para prestar sus servicios a Don Juan el pretendiente legitimo de la corona española. Pedro Sainz Rodríguez fue miembro del consejo privado de Don Juan, allí entre otros coincido con Vegas Latapie, y Luís María Ansón secretario del consejo entre otros, no eran días de grandes dispendios en Villa Giralda. Los que en otros tiempos cortesanos de Alfonso XIII se arrastraban por las alfombras del Palacio Real de Madrid, en los nuevos tiempos preferían la mayoría invertir bien sus esfuerzos en el nuevo régimen. «Lección que aprendió a fuego Don Juan Carlos» Hay que hacer un apartado con el Duque de Alba, que tras la llamada a sus partidarios por el Rey Juan III, Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó renunció de inmediato a su puesto de embajador en Londres. Hay una anécdota que habla de la valentía de la Casa de Alba en esos tiempos, Carmencita hija de Franco era de la misma edad que la Hija del Duque, y cuando llego la hora de hacer la comunión de los retoños, Al Generalísimo se le ocurrió decir a Jacobo, que estaría bien celebrar el acontecimiento juntas las dos familias. El Duque le contestó que ni hablar, que Carmencita no tenía la clase suficiente como para estar a la altura de la futura duquesa de Alba en tal acontecimiento.

  Y, es que, tras el manifiesto de Lausana de 1945 se escenificó la ruptura total de Don Juan con el General, y la guerra estuvo abierta durante años entre ellos. Pero, a Franco si alguien le caía peor que don Juan, ese era Don Pedro, no perdía oportunidad de despotricar de él llamándole masón y degenerado, y Don Pedro contestaba siempre dejando en la mesa una lista con los mejores restaurantes y prostíbulos de Estoril, ante la sonrisa cómplice de Don Juan.

Jordi Rosiñol Lorenzo

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