He robado una cabeza.
No es de nadie.
Os lo juro.

Me la he encontrado en la playa. Estaba casi enterrada, cubierta por tierra y odio marino.
No era rubia y,
como me miraba,
sin que nadie me viera,
la he desenterrado…

Cuando robo cabezas, siempre examino sus fascias cervicales (la media, que es la chivata de todas las vísceras del cuello).
Esta me ha sorprendido.
Nunca había visto una tráquea con tantas frases y palabras atragantadas…

Creo que la cabeza huyó de su cuerpo por eso mismo: de tanto tragarse cosas, llegó un día en el que no le cabían más y reventó.
Estoy casi segura.
Por esto llevo días uniendo todas esas frases que he ido sacando del esófago y de las glándulas tiroideas.

Frases como:
jodido de mierda, no me hables así que te parto la cara.
o: estoy harta de que nadie me ayude a fregar los platos
o esta que me hizo recomponerla mil veces hasta que descubrí que se refería al momento de la explosión:
cuando termine de hablar contigo, mi vida cambiará.

Así que hoy, que termina el año y empieza el diez, me he quitado mi cabeza y me he puesto la nueva.
La que no es rubia.

Ya está limpia y
no tiene tierra.
Todas las venas
le brillan y
la he peinado
con dos trenzas.

Pero aviso:
si en el año nuevo
me pisas el
corazón y
por fin
te
grito,
no es que haya
cambiado
sino que tengo
una cabezanueva.

Yolanda Sáez de Tejada

Blog de la autora

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