DECLIVE

A mi madre.

Cómo pasan los años, sigilosos,
corroyendo tu carne y tu esperanza
tal si fueras un fuego que se extingue.

Hace tiempo vestías las mañanas
con desmedido celo en tus cuidados,
y ofrendabas al mundo tus afanes
para que el mundo honrara nuestros sueños.

Te vi siempre anunciando amaneceres,
y en la orilla del día te apoyabas
en secreto y a solas con tus rezos
si se abría la brecha en tu costado
y sangraba la herida que escondías.

No es que fueras distinta y que los dioses
especialmente a ti te distinguieran
malogrando promesas y deseos,
pero a un hijo, ya sabes, le parece
que te pudo tratar mejor el cielo,
otra forma más digna de rendirte.

Ha dejado la suerte en tu mirada
el estigma imborrable de su acero,
la rosa sin olor del pensamiento
al que ahora te entregas, distraída.

Cuando vino la muerte hasta tu puerta
y preguntó, arrogante, por tu hija,
su presencia ofensiva y descarada,
abolió tu alborozo y puso luto
donde antes había claridades.

Es así que la vida te ha tratado
no con mucha fortuna; yo me quejo
de la guerra que cuentas, de tu infancia,
aunque después de todo te consuele
que te queden tres hijos y un marido
que a tu pecho arruinado dio su llama.

Han pasado los años, y ahora veo
tu caminar vencido y despojado
de la gracia que ayer te distinguiera.

Y me duele saberte así, encorvada,
como alma perdida en el camino,
claudicando ante todo, silenciosa.

Es el tiempo que inflige su castigo.
Poderosa, la tarde te conmina
a volver al lugar de donde vienes.

Mientras tanto yo apuro sin descanso
el rescoldo que eres y aún calienta,
y en vano avivo el ascua con mi soplo
para que no se apaguen tus palabras.

Y lo espero paciente, resignado.

Es así como dices que lo quieres.


Del libro:
LOS AZARES

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