Verónica Victoria Romero Reyes

Verónica Victoria Romero Reyes

Para venir a vibrarme el alma

le debes pedir permiso

a sus manos,

cansadas de izarme cuando alma es peso muerto,

a sus dedos,

exhaustos de cuidarme las llagas hervidas de dolores,

a sus ojos,

claros y proféticos cuando quedo ciega de humanidad.

A la higiene de mis pensamientos,

el despiste cómplice,

y la fiebre de mi sangre en su torrente.

 

Pídele permiso a ese beso de buenas noches

que me protege una vigilia muy onírica

sobre qué o quién soy y qué o a quién busco.

 

A oscuras.

Con su espalda en mi pecho.

Cuando rezo.

 

No me busques el nombre de la tierra

cuando la mía es única en milagro, muy amada

y la tuya un perjuro que te repugna en la boca.

 

Tengo yo más nobleza por ensalzar el sabor de una granada

que tú por denostar la tierra y la entraña conquistada

de quien te vió ser de piel y huesos,

en tierra noble por ti repudiada,

una nueva vida engarzada.

 

No me busques,

que te encuentras

sal de herida ya curada

y arma victoriosa en combate.

 

Ven, si probar es lo que quieres,

y sólo hallarás tablas de amor en un empate.

 

Ya no queda sitio a la artimaña,

ni a la duda ni quimera ni mentira.

 

Tengo yo fiel custodia,

en su vivo fuego,

del secreto que me guía.

 

En la fría noche.

Y en el tibio día.

 

Verónica Victoria Romero Reyes
Atraméntum.
Derechos registrados
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