Por qué he dejado Twitter. Por Lorenzo Silva

Por qué he dejado Twitter

 

“Olvido de lo criado,
memoria del Criador,
atención a lo interior,
y estarse amando al Amado”

(San Juan de la Cruz)

 

Yo tenía algo que se parecía mucho a una red social. Es la frase, inspirada -como advertirá el cinéfilo- en el monólogo de la hermosa película Todas las mañanas del mundo, del francés Alain Corneau, con la que creo que debo empezar estas líneas. Juzgo igualmente necesario anotar que corría el año 2000 -esto es, faltaban cuatro años para que se fundara Facebook y siete para que se creara Twitter– y me parece pertinente añadir que esa red social rudimentaria, pese a todas sus limitaciones, estaba exenta de las excrecencias y distorsiones que se han acabado convirtiendo en seña de identidad de las que después vendrían a dar carta de naturaleza al concepto. Su arquitectura no podía ser más sencilla: una página web (www.lorenzo-silva.com, aún existente) y una dirección pública de correo electrónico asociada a ella. A través de esa web y ese buzón, a lo largo de estos 17 años, calculo haber recibido más de 100.000 mensajes de lectores, que me han llevado a entrar en contacto con miles de personas bellas, interesantes y enriquecedoras para mí y apenas con un par de docenas de energúmenos: redactar un email, que al final se parece mucho a escribir una carta, es, así lo he podido comprobar, una eficacísima barrera para su irrupción.

A través de ese buzón me ha llegado un material valioso, que ha nutrido buena parte de mis libros. Incluso me permitió conocer a gente con la que he acabado escribiendo alguno de ellos (así me encontré con Luis Miguel Francisco, con el que firmé andando los años Y al final la guerra) o que fue crucial para que otros existieran (como Lorenzo Rubio, el bisnieto del general Aranguren, clave en la escritura de Recordarán tu nombre).

Con esto quiero decir que no tengo prevención alguna frente al trato directo con el público que por mi oficio me concierne, los lectores; antes bien me consta con certeza que disponer, desde ese año 2000, de herramientas para interactuar con la comunidad que forman ha sido muy enriquecedor para mi trabajo. En línea con esa convicción, cuando apareció el abanico de redes sociales que hoy conocemos, fue casi natural probarlas y ver en qué medida podían servirme a los fines de mi actividad pública (sin la que, dicho sea de paso, no les habría visto mayor sentido). Me abrí un perfil de Facebook y otro de Twitter. Bastante pronto me persuadí de la conveniencia de abandonar la primera, cuyo diseño desde siempre me pareció descaradamente favorable a la compañía y sus objetivos y harto enojoso para el usuario.

Twitter, en cambio, se basaba en una idea tan sencilla como eficaz, al menos para mis particulares necesidades: la limitación de los 140 caracteres. Eso se traducía en interacciones sintéticas que permitían, con poco esfuerzo y poca inversión de tiempo, atender a mucha gente y me ahorraban el ruido, la prolijidad y la vana distracción de su competidora. Debo decir que durante siete años y pico, aunque la experiencia no estaba exenta de los engorros intrínsecos a cualquier foro abierto y anónimo de intercambio entre seres humanos, el análisis coste-beneficio (que aprendí a hacer respecto de las tecnologías de la información allá por 1981, cuando tuve la suerte de que en mi instituto me pusieran en las manos un Apple II, inaugurando mi desde entonces ininterrumpida relación con los ordenadores) me resultó positivo. Me permitía expresarme con agilidad y puntualidad en asuntos que me interesaban, ponía a prueba mi capacidad de condensar el pensamiento, y recibía no pocas respuestas cálidas y estimulantes, útiles y esclarecedoras aun desde la discrepancia. Por todo ello seguí activo en Twitter, llegando a reunir algo más de 102.000 seguidores no comprados de mi cuenta.

Hasta el pasado 2 de enero, día en que tomé la decisión irrevocable de no volver a tuitear.

 

Lorenzo Silva

Publicado en el Periódico el Mundo

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