Los análisis de ADN habían resultado concluyentes. «Aunque maldita la falta que hacían», se dijo el hombre del pijama blanco. Firmó las hojas del resultado con un brioso garabato en el que había algo de fervor. «Dr. Darío Atienza Pardo. Médico Forense». Mañana a primera hora un conserje las llevaría en mano al juez. Se puso la ropa de calle. Por la puerta trasera del Hospital Universitario salió al bulevar del campus, con las farolas iluminando la soledad honda de la noche. Tuvo que subirse las solapas del abrigo y ajustarse la bufanda; cielo húmedo, invernal, desapacible, temperatura de cámara frigorífica. No obstante, comenzó a tararear un estribillo y, aunque no tenía ninguna prisa, fue caminando con zancadas enérgicas hacia el aparcamiento. Enseguida entró en calor; se sentía satisfecho y muy contento.

      Hubiera pagado bien por realizar ese trabajo; por suerte, lo obtuvo gratis tras descubrir en la prensa digital una discreta reseña encabezada por la foto del antiguo catedrático don Gervasio Fuentes. En el texto se leía que un joven reclamaba parte de la jugosa herencia del profesor Fuentes, por ser el fruto de una relación de éste con su madre. La mujer se había ocupado de limpiar la vivienda que el catedrático habitó, solo y soltero, en el barrio noble de la ciudad. El juzgado había admitido la demanda e iniciado el procedimiento. Inmediatamente, Darío se puso en contacto con el juez y solicitó, como forense con plaza en el mismo distrito, que se le adjudicara el caso, asistir a la exhumación del cadáver, realizarle los análisis genéticos y cotejarlos con muestras del presunto hijo.

     Después de tanto tiempo, la noticia de esa demanda era la última que Darío hubiera querido leer sobre su mentor. Y encima con la deslucida fotografía sepia de las orlas. Sin embargo, no pudo reprimir un rictus irónico al evocar mentalmente algunas escenas remotas, pero todavía lúcidas en su memoria.

     Don Gervasio había fallecido veintiséis años atrás, a punto de jubilarse como catedrático de Medicina Forense. Un infarto se lo llevó mientras dormía en su cama. La fortuna no era, obviamente, el resultado del salario como profesor, sino de herencias confluidas en su persona desde familiares directos enriquecidos medio siglo antes en Santo Domingo. A pesar de su patrimonio, desde que obtuvo la licenciatura trabajó siempre en la Universidad hasta convertirse en una eminencia. De vida austera y recogida, sin parientes cercanos e inmerso en su rutina de sabio científico, sólo su gusto por acicalarse y por la indumentaria de calidad rompían tal ascetismo. Aspecto barbilampiño y filudo, con un surco trazado a tiralíneas dividiendo el pelo gris engominado y la mirada miope tras unas gafas de carey valleinclanescas. Vestía siempre de traje oscuro impoluto, con la corbata prendida en su sitio por un alfiler dorado y la raya del pantalón firme. El envoltorio que cabría esperar de un galán otoñal bien conservado.

     En aquella época algunos estudiantes de Medicina solían permitirse un alto en los libros a última hora de la tarde; se reunían en el céntrico café Balanzá para tomar algo y despejarse. Don Gervasio era asiduo. Se sentaba pierna sobre pierna a escuchar al pianista cerca de la estanquera, los ojos entornados, dibujando compases en el aire con la punta del botín. Fumaba calmosamente cigarrillos turcos emboquillados, a base de grandes bocanadas que envolvían su cabeza en un humo que después ascendía en largos y finos estratos, para ir difuminándose en la luminosidad ambigua de las arañas. Pese al desnivel de edades y estatus, le gustaba formar tertulia con los alumnos, e incluso, si le cogían de buenas, llamaba al camarero para que trajera un panecillo de leche o un cruasán y –no sin antes aplastar el cigarrillo en el cenicero- les impartía una improvisada lección magistral, con un cuchillo de postre a modo de bisturí en sus dedos de cigüeña. Sobre, por ejemplo, la técnica de diseccionar un tejido humano hasta filetearlo.

      —Fíjense, amigos míos…, es menester que presten mucha atención —explicaba ceremonioso trinchando el sucedáneo de cadáver—, fíjense en el ángulo que debe formar el anular con el índice al empuñar el instrumento. ¡Nunca menos de treinta grados! —Y remataba, vehemente, la voz atiplada—: ¡Son estos pequeños detalles los que revelan de un vistazo al buen cirujano forense!

      A continuación blandía el cubierto para ofrecerlo a quien quisiera imitarle y demostrar que lo había captado. Un alboroto de manos y una lluvia de «¡yo, yo!» le respondían.

      —¡Señores alumnos, formalidad…! Hum… Veamos…, usted mismo, Atienza, proceda, proceda…

      Y entonces se recostaba en el asiento y permitía que Atienza destrozara sañudamente el bollo. Mientras, él los miraba complacido uno a uno, como el pastor que observa a sus ovejas y calcula la lana que cada una puede dar de sí. Al cabo, solía emplazarles para una próxima lección.

      —Caballeros —sonreía igual que un padre bondadoso, guardando el reloj de plata en el bolsillo del chaleco—, es hora de levantar la sesión. Si ustedes me prometen comportarse, el jueves continuaremos la clase aquí mismo.

      El día que don Gervasio murió entendieron como un mal presentimiento que fuera la asistenta -recién descubierto el cuerpo sin vida-, la que cogiera el teléfono para responder a la llamada desde la cátedra de la facultad, donde un escogido grupo de ayudantes llevaba un buen rato extrañado por el retraso. Los ya doctores Darío Atienza y Carlos Luján solicitaron el honor de realizarle la autopsia y emitir el certificado de defunción antes de enterrarlo, al día siguiente, ante una nutrida concurrencia de amigos y alumnos. El testamento indicó que los cuantiosos bienes del difunto se destinarían a una fundación dedicada a investigaciones médicas

      Nada más salir del aparcamiento Darío telefoneó desde el coche a su antiguo compañero.

      —Hecho, Carlos.

      —¿Cuándo lo va a tener el juez?

      —Como muy tarde, mañana a mediodía.

      —Estupendo. ¿Qué te parece si comemos juntos el viernes y brindamos por su recuerdo?

      —Me parece muy buena idea. A las dos y media, donde siempre.

      Llegado al despacho de su casa Darío releyó la copia del informe. En los términos profesionales pertinentes certificaba que, tras confrontar las muestras de ADN extraídas al cadáver de don Gervasio Fuentes Rodrigo -exhumado días atrás en presencia del juez y en la suya propia– con las del demandante, procedía descartar con el cien por cien de fiabilidad la relación paterno-filial del primero respecto al segundo.

      Luego sacó una carpeta de fotos guardada en el fondo de su caja fuerte. Tal vez fuera un buen momento para repasarlas. Conservaba en ella las Polaroid que su colega y amigo Carlos Luján hizo en la morgue del hospital una lejana tarde cuando, entre alguna que otra lágrima, ambos realizaron la autopsia al cuerpo de su querido profesor. En alguna de las fotos correspondientes al tren inferior podía distinguirse a la perfección, bajo el poblado y canoso monte de Venus, un clítoris aún levemente sonrosado.

 

Rafael Borràs Aviñó
Colaborador de Canal Literatura en la sección “ Desde mi sillín”

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El forense. Por Rafael Borrás Aviñó , 10.0 out of 10 based on 4 ratings