—¿Cómo estás, Guillermo? —La melena le caía revuelta enmarcándole un rostro con una geometría intachable, cierto aire de desamparo infantil y un puñado de pecas caoba disperso sobre los pómulos. Al colgarse las gafas oscuras sobre la cabeza guiñó los ojos contra el resol de poniente. Me sonreía pese al momento, como si nos estuvieran presentando en cualquier otra reunión que no fuera un entierro. Aunque jamás había visto a aquella muchacha de veintialgunos años, supe enseguida quién era.

—Aguantando el temple como mejor puedo —contesté. Me pilló por sorpresa; disuelto en una esquina había estado escuchando ensimismado el gorigori parsimonioso del capellán. Mientras, cerca del ataúd un hombretón con perfiles de luchador de sumo y nariz entomatada mantenía por el hombro a una joven alta, vestida con un tres cuartos de pana y la cara semioculta por el pelo y las gafas de sol. Al final del responso la chica le cuchicheó en el oído, el hombretón asintió cabizbajo y fue hacia otros familiares. Después, ella había venido donde yo me encontraba.

—¿Tú también te llamas Blanca? –le pregunté.

—No, yo me llamo Victoria ―. Se estremeció. Bajo un cielo comprimido, aquella tarde de diciembre un mistral ártico nos estaba congelando. Frente al nicho, el sepulturero, flaco como un sarmiento y las manos enguantadas con mitones, se enjugó con un pañuelo arrugado las agüillas de la nariz. Diligente y profesional, el veterano funcionario acababa de enterrar el cuerpo de Blanca. Tras recoger sus herramientas se alejó con un caminar desmadejado. No podía existir otra imagen que resumiera mejor la atmósfera de epílogo de aquel lugar.

—¡Cómo te pareces a tu madre! —comenté con voz insegura.

—Bueno, eso me dicen algunos…, pero no —opinó negando también con la cabeza—, ella era mucho más guapa… Da lo mismo, dejémoslo…

—Te expresas de la misma manera —reconocí. Y me nació una media sonrisa—. Te mueves igual y…, sí, y los ademanes…

La chica y yo nos fuimos quedando solos. No había sospechado de quién podría tratarse hasta que me interpeló a cara descubierta. Suficiente con un vistazo: la armonía de sus facciones, una firme resolución en cada gesto, las ondulaciones en el fraseo, ese atractivo indeliberado… Con las manos hundidas al abrigo de los bolsillos y el tres cuartos abrochado, estudiaba con esmero cada rincón de mi cara. Lloraba sin lágrimas, y el sueño acumulado le emergía con crudeza en un leve rictus severo en los labios y en unos ojos exhaustos, aunque cargados de pólvora y de un singular azul aciano.

—¿Sorprendido?

—Figúrate. Imposible imaginar que encontraría aquí a una hija de Blanca —respondí algo azorado—. Me confesó que estaba casada, pero sin hijos.

—Pues por mi parte hasta el año pasado tampoco podía imaginar la realidad de sus viajes a Karlovy Vary —repuso porfiadamente—. Me tropecé por casualidad en su iPhone con fotos de ella contigo. Al preguntarle intercaló un rosario de silencios entre demasiadas medias palabras. No le insistí, se trataba de su sagrada intimidad. ¿Cuántos otoños llevabais viéndoos? ¿Cinco, seis…?

—Nueve —puntualicé. Y me faltó arrojo para añadir algo más.

—¿Te tragaste los motivos de sus visitas al balneario? Aparentas ser un hombre de mundo, culto, viajado, vivido. —Me repasó sin disimulo de arriba a abajo— Tu ropa luce como recién descolgada de un escaparate de la Gran Vía. ¿Tan cándidos seguís siendo los hombres de maduros?

—Al principio me explicó que venía a los tratamientos de aguas termales. Necesitaba relajar una espalda que sufría por las horas ante el ordenador, en su puesto de secretaria. Luego fueron añadiéndose razones digamos que de tipo más…, íntimo.

—Pues a mí que se refugiaba en Karlovy para leer a solas gruesos novelones. La recarga anual lejos del mundanal agobio, decía. —Y prosiguió, resuelta— Nos engañó a los dos, Guillermo, nada menos que durante nueve años. No era secretaria, sino dueña de una empresa con doscientos empleados. Más que de ordenadores sabía de dar órdenes.

—Pero si…

—Nunca conocí —me interrumpió— una mujer de cincuenta años más fuerte y vital. Podía pasar una tarde acarreando leña y marcharse a bailar por la noche. Aparentemente blindada frente a cualquier peligro… Menos frente a conductores borrachos, claro.

—Y el que te abrazaba antes es, ¿tu padre?

—Sí.

—¿Su marido?

—Se separaron cuando yo era niña. Debió ocultarte el detalle para que no le fueras con monsergas de fidelidades a tiempo completo. Tenía su propio código de lealtades.

Se instaló entre ambos un silencio incómodo. Miré al suelo antes de cambiar de tema—: Y, dime, ¿por qué has querido que nos conociéramos? ¿Puedo hacer algo por ti? Me gustaría.

Victoria enmudeció unos instantes y detuvo su vista en una fila de cipreses de ramas desmochadas, como tratando de extraer de ellos la combinación verbal óptima para expresar lo que quería. Luego contestó, en tono más acogedor —: Sí que puedes. Te telefonearé. Quiero que nos encontremos con tiempo por delante para que me hables de vosotros dos. Ahora los secretos carecen de sentido. No espero que llegues a escandalizarme, ya ni recuerdo cuando perdí la inocencia. Desde luego ─musitó─, siempre que no te importe volver a verme.

—Por supuesto que no me importa. Al contrario. Y, por hacerme una idea, ¿sobre qué preferirías que habláramos?

De repente su cara era la viva estampa de la extenuación, las ojeras se agudizaron y sus siguientes palabras surgieron desde una honestidad profunda y amurallada.

—No soy exigente; bastará con que me conmuevas, no me importa que te lo inventes.

—¿Tanto te afecta? Es agua pasada.

—Estoy segura de que ahora mismo no existe nada que me interese más. Mi madre no solía errar al escoger sus verdaderos afectos, y tal vez te parezca una simpleza, pero me sentiría reconfortada si llegara a concluir que tampoco se equivocó con el último tren al que quiso encaramarse.

—No tengo escapatoria…

—Considéralo como un apartado de su testamento, ¿te parece? Mi memoria es como un baúl en el que suelo almacenar episodios que me han dejado huella. Esa herencia lo rellenaría. —Suspiró antes de continuar— De tanto en tanto me da por abrir mi baúl, aunque sólo sea para compensar ciertos desencantos.

—De acuerdo. Trato hecho —concedí en un susurro.

—Gracias, Guillermo.

Dio un paso hacia mí y me secó las mejillas asiendo con los dedos el borde de las mangas. Apartó la última gota bajo cada párpado con la yema de sus pulgares, como si con ello pudiera recomponer mi ánimo. Finalmente me recomendó, sin dejar de fijarse en el fondo de mis pupilas ―: Las fotos no te hacen justicia. Sales mayor. Elimina las que tengas. —Escuchamos el claxon de un coche en la calle—.  Tengo que marcharme. Me reclama mi padre.

Se caló las gafas, dio media vuelta y se fue caminando con su tres cuartos de pana y sus ojos color nomeolvides. Al doblar la esquina, entre tumbas rematadas por cruces herrumbrosas y serafines alados, un segundo antes de que desapareciera de mi vista elevó la mano derecha a la altura de la cabeza y, sin girarse, me dirigió un «hasta pronto» desplegando en forma de abanico cinco dedos interminables.

 

Rafael Borràs Aviñó
Colaborador de Canal Literatura en la sección “ Desde mi sillín”

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