Sobre las alfombras turcas una enfermera empujaba la silla de ruedas. Encima, la tía abuela Enriqueta vestida de marengo monástico, gallarda en su invalidez, con el moño tieso y amerengado. Desembocaron en la sala entre la pareja de dogos de porcelana que flanqueaban la puerta. Al verla entrar, los asistentes iniciaron un aplauso que la vieja detuvo con gesto autoritario y huraño, elevando una diestra huesuda en cuya muñeca brillaba un grueso brazalete de oro de veinticuatro quilates.

Allí estaba la familia al completo. Excepto el garbanzo negro.

Aquel primero de mayo la calle ardía en manifestaciones. Con toda certeza, el descontento sindical iba a provocar decretos que menguarían aún más los beneficios empresariales del clan. Estaban al borde de la quiebra las fábricas en el País Vasco, el entramado de constructoras, las financieras… La tía, como matriarca y dueña del cincuenta y uno por ciento de las acciones, ostentaba la regalía de solventar las cuestiones de calado. Durante los últimos años de caída libre económica había permanecido imbatida en la silla de ruedas, rezando rosarios y computando muertes de amigas.

En medio del enjambre de parientes –entre los que circulaban doncellas con cofia y bandejas de canapés y bebidas–, divisó al mayor de sus sobrinos y le hizo una señal para que se acercara.

─ ¿Todavía no ha venido?

─No, tía, todavía no.

─ ¿No os da vergüenza que tenga tan poca vergüenza?

─Por favor, cálmate.

─Veremos cómo aparece.

─Bien, bien… Tú tranquila.

La semana anterior, en una reunión urgente de directivos, los pesos pesados habían discutido sobre las posibles fórmulas para salir del pozo económico. Si es que existían. Los contables sembraron el pánico, sobre todo entre los sobrinos carnales, avalistas de los créditos.

─Caninos, estamos caninos… Deberíamos haber vendido mucho antes, y el dinero a Suiza o las Barbados.

─La tía no quiso ni oír hablar del asunto.

─Ya. No hay más ciega que la que no quiere ver y además chochea.

— ¿Qué otras soluciones caben?

─Bueno…, en caso de que ella falleciera, con sus fondos personales salvaríamos de sobra la crisis.

Un sobrino político que dirigía la filial inmobiliaria de Barcelona le susurró a su cuñado:

─ ¿Y si probamos con un buen insecticida en la leche?

─No seas animal.

─ ¿Animal? Vamos de cabeza a la ruina.

─En unos días cumplirá noventa y cinco años. ¿Cuánto crees tú que puede durar? Se le acaba la mecha.

─Es de granito. Batirá récords y asistirá a nuestro entierro.

Por fin apareció por la celebración el que faltaba, el sobrino-nieto Fermín. Su Harley petardeó al rebasar la garita del guarda en la entrada de la finca, plagada de estatuas de escayola y setos de figuras esculpidas a tijera. Zapatillas de tenis, vaqueros recosidos, chupa de flecos, mochila y casquete de aviador por el que se le escapaban greñas de la melena. Al verlo descabalgar de la moto, algunos murmuraron maldiciones contra aquel disidente que había elegido por libre un camino de perdulario, una vida de ética blasfema comparada con la gente de orden que colgaba de las ramas del árbol genealógico.

A la sobrina monja se le escapó un exabrupto, a todas luces indecoroso en boca de una teresiana.

─Nos están embargando los cotos de Ciudad Real y este pervertido follándose a sus putas en Los Ángeles…

Por su parte, la anciana miró al sobrino primogénito, el padre de Fermín. Con un guiño le ordenó aproximarse de nuevo a ella.

─Mi hermano te hubiera echado de casa sin contemplaciones de verte con la facha que trae tu hijo.

─Por Dios, tía, tengamos la fiesta en paz. Es tu cumpleaños.

El recién llegado colgó el casquete en un pomo del manillar y, con los brazos abiertos hacia la terraza llena de tíos y primos, como si fuera a bendecirlos, exclamó con el desenfado de un presentador de circo:

─ ¡Hola, hola, hola, hola…! ─elevando progresivamente la voz hasta el puro grito, mientras recorría una a una las caras estupefactas.

Fermín comenzó a aficionarse al cine cuando era un crío. Compraba por cuatro perras en las quincallerías tiras sueltas de películas viejas, negativos inservibles de Súper 8 o16 mmen soporte de acetato o poliéster. Se habían echado a perder tras desgastarse por las salas de barrio. Los examinaba concienzudamente con un monóculo de relojero. Le iba el arte del empalme con acetona, combinar escenas de varias cintas y crear otras, sorprendentes, según el nuevo argumento que se le ocurría.

Un día cogió la maleta y se largó a Hollywood. Con su instinto nato para el oficio, pasó enseguida de ayudante a productor ejecutivo y farandulero en los ratos libres. Ello a contracorriente de los consejos familiares, mientras el resto de su camada se dedicaba a obtener licenciaturas útiles para las empresas del clan. Pese a ser el dueño de un espléndido ático en Madrid, pasaba más tiempo en su apartamento de Rodeo Drive. La tía Enriqueta nunca le había perdonado su rebeldía, las ausencias en Navidad y, sobre todo, que prefiriera una vida de crápula pecador en Estados Unidos a otra como Dios manda en España.

─ ¿Habéis colocado lo que os dije? —preguntó al entrar ruidosamente en la casa—. ¡Traigo el regalo en la mochila! ¡Todos al salón!

A primera hora la servidumbre había apartado a un lado las cómodas con candelabros de plata, esculturas, marfiles y chirimbolos rancios, e instalado una pantalla contra la chimenea de mármol. Fermín encajó un carrete en el proyector instalado sobre una mesita. Cuando se hizo la oscuridad, la tía, a regañadientes, permitió que la oveja descarriada le tomara la mano mientras recibía el regalo de cumpleaños.

─ ¡Ahora veréis! ¡Felicidades, tía! ─Y Fermín le dio al arranque.

La blancura inmaculada de la tela dio paso a escenas que eran cualquier cosa menos inmaculadas. De haber podido detenerse el tiempo en esos instantes del primero de mayo de 1977, se hubiera observado un conjunto heterogéneo de figuras sobrecogidas, inmóviles en la estancia principal de un soberbio palacete dela Moraleja. Unaanciana de la alta burguesía, soltera y beata de nacimiento, apalancada en la silla de ruedas entre caballeros atemporales repeinados, señoras con pinta de no haberse enterado de nada en su vida, jóvenes con pantalones de pata de elefante y algunos niños con lazos. Excepto éstos, a los que sus madres taparon los ojos, todos con expresión de pasmo.

Cuando las luces se encendieron, el silencio era tal que permitía escuchar el gorgoteo de la fuente del jardín igual que si brotara de la licorera. La tía Enriqueta yacía inerte en la silla, la cabeza vencida sobre el pecho. Su corazón no había resistido el espanto. Fermín deslizó la mano de la tía hasta el regazo, buscando una actitud natural. A continuación, con la película de vuelta en la mochila y sin despedirse, salió echando humo en la Harley. No podía quedarse al almuerzo. Antes de tomar el vuelo nocturno a Los Ángeles debía entrevistarse con ciertos inversores. También reunirse con el sobrino político, director de la filial catalana, que le entregaría un maletín con lo pactado.

La película que liquidó a la tía Enriqueta tenía su propia historia. En su afán por empalmar fragmentos de toda clase de cine, durante su juventud Fermín fue recopilando del Archivo Cinematográfico Federal de Alemania algunos films porno de la época nazi, copias de cortos Stang Films rodados en los cuarenta y, en tiendas especializadas, películas X de los calientes años cincuenta. Con la pulcritud de un taxidermista, encadenó una selección de escenas del sexo más depravado y salvaje. Guardó la cinta en una caja de zapatos. Nunca pudo imaginar que algo tan impalpable salvara al cabo de los años todo un imperio económico.


Rafael Borrás Aviñó
Colaborador de Canal Literatura en la sección “ Desde mi sillín”

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