Si vives sola en un caserón decimonónico lleno de oscuridades, con el tiempo te vuelves a la vez infantil, avejentada y un poco obsesiva. Si pasas el invierno sin apenas recibir visitas, te refugias en el cubil y, como las marmotas, no asomas el morro hasta que olisqueas la llegada de la primavera. Si llevas más de veinte años divorciada, escasean las ocasiones de compartir una taza de té negro y unas pastas mirando los concursos de la tele, y un día te sorprendes contestando al aire y el siguiente riendo sin motivo, como una perfecta tarada, acabas por mantener el aparato funcionando sin descanso para invadir la casa de sonidos. Asimismo, y a falta de algo tangible, te sumerges en Internet compulsivamente, como quien lanza anzuelos al mar con la ilusión de pescar botellas con carta en el vientre. Por manías como ésta empezó todo. La culpa fue de la traidora soledad.

     Entre las webs que añadí a «Favoritos» había una de compras que mereció mi confianza. Me dieron de alta con un código de nuevo socio, bajo el compromiso de un plazo mínimo de fidelidad para acceder a los mejores precios. Cada día entraba en mi ordenador un correo con novedades y ofertas, y a partir de entonces me propuse abastecerme con ese sistema tan cómodo, económico y, supuse, fiable.

    Empecé por comprar una novela premiada. Para ver qué tal. «Son de mar», de Manuel Vicent. A los pocos días recibí un sobre acolchado con un libro. Pero no ése, sino «Crimen y castigo». Antes de poder devolverlo me llegó el cargo en cuenta del que yo había pedido, junto con la factura a nombre de otro socio cuyo código era muy parecido al mío. Era evidente que ahí se había generado el error. Siempre he querido leer «Crimen y castigo», aunque nunca me animé a comprarlo porque es un novelón con demasiadas páginas. Pero, claro, eso lo pensaba cuando era joven y estudiante, y no cuando languidezco aburrida en mi caserón, llevo media vida divorciada y demás etcéteras. Por no enredar la cosa me lo quedé. Como debió hacer el otro con la novela de Vicent, puesto que pasaron los días sin noticias.

    Un impulso inclasificable me animó a mantener el equívoco, y enseguida encargué una corbata de seda y unos gemelos. No sabía si el hombre era joven o maduro, soltero o casado, ni los gustos que tenía aparte de los literarios. Me arriesgué. Poco después recibí en casa un paquete. Al abrirlo, inquieta, me di con un conjunto de fular y gorro de entretiempo en tonos granate y un par de guantes de piel, de señora. Los dos habíamos tomado posiciones.

    Mis pedidos siguieron con un juego de roller y portaminas y una billetera. Por descontado, deseché de plano la idea de hacerle la compra de alimentación y droguería. Antes muerta. Él me compró un lápiz de memoria cargado con la mejor samba y piezas selectas de jazz y blues, unos auriculares Sony de colores vivos y un espejo-lupa de bolso con su funda. Como si estableciéramos un hilo invisible y mudo ajeno al cibernético, mi otro extremo y yo acordamos un toma y daca periódico asequible a una economía sensata. Casi siempre música, algo de ropa y complementos útiles. Su gusto, como pude comprobar pronto, era francamente distinguido sin acercarse nunca al exceso.

    La gente puede pensar que una relación de este tipo no parece a primera vista muy satisfactoria, pero cuando yo reflexionaba sobre en base a qué ocultos resortes de su carácter él escogía los regalos, era como si me encaramara a un tejado para observarle por una claraboya. Y, ya en las alturas, fantasear sobre lo que pensaría sobre mí. Dibujarme rostros y cuerpos. Brillos. Algo rematadamente formidable.

    Poco a poco mi hombre fue modificando sus envíos, se hicieron más personales: pulseras y collares de fantasía, adornos para el pelo, perfumes… Yo, dispuesta a no quedarme atrás, me decanté por algunos pijamas y polos bastante sexys y un kit de afeitado en húmedo, con jabón de tubo, brocha y navaja. Como los de antes. Me encantaba suponer que quería conquistarme, y me descubría sonriendo como una boba al imaginarlo ante el espejo, apurándose con parsimonia el mentón, media cara enjabonada y la toalla sujeta a la cintura de un torso bien perfilado, aún a medio secar tras la ducha.

    Así continuamos… Así hasta que él apostó a hacer saltar la banca con un conjunto de lencería Lise Charmel.

    Ningún tío se me ha subido jamás a las mechas y éste no iba a ser el primero. Recorrí el catálogo de ropa interior masculina y encargué media docena de tangas y camisetas manga sisa Calvin Klein. Y, de la sección erótica, un frasco de lubricante efecto calor. Luego descabellé sobre el Intro. Y cayó la bomba.

    Con el descabello la pantalla se inundó de gris tormenta y apareció un mensaje: había vencido el periodo de prueba y éste sería mi último pedido. Rellené la solicitud de alta definitiva y me contestaron que, por seguridad, mi código de socio fijo sería diferente. Maldije como un tractorista. No me entraba en la cabeza que una historia tan romántica, tan poco convencional y al borde de su fase incendiaria pudiera abortarse por una estúpida precaución formal. Aunque, como no cabía otra, me resigné: esa misma tarde me sumergí en el letargo de las marmotas para el resto del invierno. Bien mirado, bromeé para mis adentros, quizá la vida de algunas mujeres se resuma en una sucesión de incendios y bomberos con mangueras.

    Pero ese invierno salí del letargo antes de que llegara la primavera.

    Una mañana de febrero llamaron a la puerta. Esperaba un estuche de manicura comprado en oferta, pero el mensajero no traía el estuche sino un mayúsculo ramo de rosas rojas. Al leer la tarjeta mis labios dibujaron una inconsciente sonrisa: su primer regalo excesivo.

    Han pasado cuatro años, los mismos desde que se instaló. Ahora guardo en la alacena abundante té de todas clases y pastas suizas. Los tomamos sin ver la tele. Me he afiliado a Lise Charmel hasta en los camisones, y siempre que entro en el cuarto de baño le echo un reojo al estante del kit de afeitado, con jabón de tubo, brocha y navaja. Sigo comprándoselos yo, pero en una perfumería del barrio, junto con la loción que me gusta olerle mientras se anuda la corbata y se ajusta los gemelos. En la higiene de todo hombre es fundamental un detalle algo anticuado, y en la autoestima de toda mujer los detalles de los caballeros.


Rafael Borràs Aviñó
Colaborador de Canal Literatura en la sección ” Desde mi sillín

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Tribulaciones de una marmota hembra. Por Rafael Borrás Aviñó , 10.0 out of 10 based on 1 rating
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