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Remedios

Remedios, la del Cerro Pelón, vende flores en la Plaza Chica. Antes ofrecía su cuerpo, al precio de seis claveles y un lirio; pero ahora solo brotes florecidos, agrupados en primorosos ramilletes que remata con celofán y lazos de seda.

Tras el ventanal, yo la veo afanarse desde la amanecida, recia en los andares e invulnerable a las hablillas de la plazuela. Parece que tuviera Remedios cáscara o los interiores muertos a ojos de todos; pero yo se los entiendo bien frondosos, porque veo desarmársele el mohín al roce con las criaturas. A Remedios se le suaviza el alma cuando los niños señalan sus rosas coloridas y le azuzan con su lengua de trapo sus ternuras de mujer. Y es que la Reme, además, nunca ha dejado de ser niña, la delatan mil fulgores en sus ojos inocentes, y yo sé bien que de inocencia la Reme no presume solo en la mirada. Al puesto se le acercan muchos para comprarle las violetas o las rosas a cambio de echarle el ojo lleno de vileza, y de vicio, y de astucia, aunque ella ya dejó su pasado bajo lacra y bien atrancado, por mucho empeño que den con los nudillos a su memoria con tanto disfraz.

Yo sé bien por qué tuvo sus yerros en el pasado. A la Reme la sedujo un pájaro con mucha academia enredándola con promesas de futuro y cegándole el alma hasta dejársela enajenada. Vestida de novia casi, el indeseable le voló a las Américas muy cobarde, con el yugo familiar desafiándole abandono muy de frente. Digo «cobarde» porque a él la Reme no le era nada indiferente, pero el miedo a perder la herencia le apretó más fuerte la hombría que el corazón.

La Reme se echó con la razón maltrecha a los anocheceres, con pulso yermo y la piel en otro mundo. Yo creo que buscaba en los hombres borrar aquellas caricias primeras, y a poco más se saca el pellejo buscándose dolores para avivarse la pena. Bien cruelmente se castigó los adentros teniendo tan poca culpa. Anduvo así siete años, y se comprende que, a base de lágrimas y aborreciendo machos, le regresó la razón con tanto golpe. Después, más sola que viva, entendió que las flores, después de arrancadas, pueden marchitar bien alegres. Y que el sufrimiento es un buen maestro. Ahí, en la plaza de enfrente, en la Plaza Chica, delante de este ventanal frío como la prisión de mi alma, ella florece cada día, mientras yo no broto más que en vergüenza.

Hoy es 14 de abril, aniversario de aquella espantada canalla que me ha marcado las entrañas. Y hoy, como siempre, encargo un ramo de rosas para recordar qué soy. Cuando el zagal al que mando recogerlo, le pone los dineros en la mano, ella, muy digna, se lo entrega. Luego alza la vista al ventanal y a mí me cubre con escarcha cada latido en esa mueca. Después se gira y me da la espalda. Y me destierra con el poder de una reina al exilio de otra primavera.

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Amelia Chaves Macias

Premio especial del público del VIII Certamen «Poemas sin Rostro»

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Remedios. Por Amelia Chaves Macias, 9.1 out of 10 based on 22 ratings
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