Retratos. Por Ana M.ª Tomás

Retratos

 

Mi padre ha sido y sigue siendo a sus noventa y dos años el mejor fotógrafo del mundo. Es un artista capaz de fijar el alma tanto de las personas como de las cosas más allá de lo que podrían ver los ojos humanos. A él no le entusiasmaban las fotos estáticas que solía pedir la gente, aunque eran estas las que nos daban de comer. A él le gustaba cargarse su máquina al hombro y observar. Recorría los campos y con su objetivo captaba no al segador que cumplía su trabajo, sino al hombre curtido; fijaba para siempre el gesto perceptible, por apenas unos segundos, mientras le rodaba el sudor del rostro al suelo. Atrapaba no a la niña saltando descalza en la era, sino a la felicidad que mostraba con ello. Pocos son quienes lo han llamado fotógrafo y muchos los que lo siguen conociendo como José Antonio, el retratista.

José Antonio Tomás

José Antonio Tomás, el retratista.

Los buenos retratistas siempre han intentado mostrar, junto a la semejanza de la persona, su alma e incluso su ánimo a través de retratos pintados, escritos o fotografiados.

Probablemente ser hija de un retratista me ha marcado profundamente y me ha ayudado mucho en mi tarea de escribir lo que acontece, porque mi padre me enseñó a observar a mi alrededor. Y hay tantas cosas que nos retratan sin que seamos conscientes de ello. Sin… ni siquiera abrir la boca. Bueno, no abrirla para hablar, quiero decir, porque basta que se abra para comer para que sea emblemático el discurso que enviamos. ¿Alguna vez se han observado a ustedes mismos? ¿Y cómo varía la cosa de cuando están hambrientos, ansiosos, peleando disimuladamente por pillar algún escaso canapé…, a cuando están desganados, con la tripa mala, o saciados?

A mí me encanta observar a mi alrededor cómo comen los comensales en las bodas, los restaurantes, las terrazas, las fiestas, los hoteles… en esos impresionantes bufés libres. Por cierto, si resulta casi asqueroso ver a alguien comer con gula, con avaricia, volcado sobre el plato como si este fuera a salir volando, engullendo con avidez como si le fuera la vida en ello y cargándose la boca con más comida de a la que puede darle la vuelta, no es menos desesperante ver a alguna chica (suele ser más frecuente que verlos a ellos) «espantar» la comida con el tenedor hacia los márgenes del plato, desganada, como si le resultara el mayor de los sacrificios meterse en la boca un guisante, y lo digo por el tamaño, no por la verdura en sí.

Si, según el Evangelio, «por sus frutos los conoceréis», no es menos cierto que también se nos conoce por el ramaje. Y en ese ramaje entra el dominio o el descontrol de los sentidos.

Les propongo que hagan la prueba y observen a su alrededor. Sólo tienen que mirar las noticias para darse cuenta de cómo nos «retratamos» a nosotros mismos a través de las opiniones que damos de los demás, y me refiero a todos los ámbitos: política, fútbol, religión, acontecimientos sociales… No es ya que lo que diga Juanito de Pepito diga más de Juanito que de Pepito, no, aunque también, qué duda cabe, sino que se trata de qué discurso solemos elegir –a menudo siempre el mismo– para poner después la mirada sobre ello, por ejemplo: la desvalorización; es terrible escuchar las calificaciones de algunos dirigentes sobre otros de la oposición; la crítica gratuita en programas que sólo se mantienen por las miserias de famosos que hacen públicas sus antiguos amantes, personal de servicio o amigos que se han vendido al mejor postor; la apatía de tantos desencantados; la improductividad de numerosos vagos que sestean a la sombra de la paguica del Gobierno; el recelo instalado en el pueblo hacia todo, y cuando digo «todo» quiero decir todo: los bancos, los políticos, los inmigrantes, los empresarios, los trabajadores… O, por el contrario, el optimismo con el que buscamos una pareja tras otra después de haber sufrido una decepción, una cornamenta de tres pares de narices, o un maltrato –y aquí valen tanto los físicos como los psicológicos–; el afán con el que intentamos ser padres y traer a este mundo extraño, insostenible y maravilloso a un ser vulnerable y necesitado de nosotros; la construcción con la que muchos políticos intentan levantar cada día la maltrecha confianza en ellos por culpa de otros bastante menos utópicos y mucho más miserables; la generosidad de tantas y tantas personas que desde dentro de la Iglesia Católica y de organizaciones no gubernamentales dedican su vida al servicio de los demás; el altruismo con el que algunos seres humanos dan la vida por salvar a otros; la confianza que Dios demuestra en el ser humano regalándonos amaneceres…

En fin…, que esto de retratar da para mucho. ¿Se animan?

Ana M.ª Tomás

Artículo aparecido en La Verdad

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