Ricardo Lezón, Esperanza: Un canto de libertad a la naturaleza y al amor. Por Ángel Silvelo

Ricardo Lezón, Esperanza

 

Distraer el tiempo para seguir pensando que sigues vivo. Apartado. Solo. Sin ruido. En esos huecos a los que nadie quiere acudir es donde la majestuosidad del eco de las cuerdas de una guitarra se hacen poderosas, porque no suenan igual en ninguna otra parte del mundo, quizá, porque en ningún otro lugar el alma está dispuesta a ausentarse del ruido y sentarse a escuchar ese eco que lleva escuchando hace tiempo, pero al que sin embargo no ha puesto luz ni nombre. En ese hábitat de desamparadas travesías sonoras que, a pesar de todo, buscan la esperanza, se ha ido Ricardo Lezón para componer una canto de libertad a la naturaleza y al amor que ha titulado, Esperanza, a secas, porque no hay nada como lo sencillo y directo para llegar a lo más profundo e inquietante, pues esa podría ser la dicotomía de este primer álbum en solitario del cantante de McEnroe, al que ha seguido dotando de portentosas melodías que tardan en arrancar, pero que cuando lo hacen te dejan sin aliento. Acompañan a esas melodías la fuerza de unas letras intensas, impactantes y puras como las mejores metáforas soñadas: «primavera y revolución», nos dice Lezón para engañarnos una vez más en uno de sus líricos requiebros que nos llevan a la plenitud de las sensaciones, pues sus canciones suenan a eso: la esencia de aquello que se ama y que nunca somos capaces de atrapar.

Ricardo Lezón ha querido dotar de mucha libertad narrativa a las composiciones de Esperanza que, en este caso, van de la mano de la naturaleza, ya presente en la portada del disco, pero también en los títulos y letras de algunas de sus canciones, en un perfecto remix de pureza y sencillez. La melancolía que nos aporta Lezón en sus nuevas nueve canciones gira en torno a la proximidad de esa esperanza que siempre va de la mano del amor. Profundo. Inabarcable. Soñado. Impactante como una flecha clavada en mitad del pecho. Así empieza Arena y romero con ecos de caballos y alfalfa entremezclados con la Plaza de la Alfalfa y Sevilla. Señas de identidad de una ciudad, Sevilla que, en la voz y la música de Lezón suenan a silencio y naturaleza pura; un pureza que gana mucho enteros cuando su hija Jimena le acompaña en la interpretación de esta canción que le ha servido como primer single de este disco grabado en los estudios La Mina de Sevilla de la mano de Raúl Peréz. Primavera de notas musicales que llenan y llenan esos huecos que siempre nos hacen pasar frío y no logran curarnos de ese desamparo universal al que hemos sido castigados. Una primavera que se hace de nuevo música en Primavera en Praga, otra de las grandes canciones de este disco. En este tema, Lezón nos apunta que la letra de esta canción está inspirada en “Amapola y memoria” de Paul Celan: «En mi corazón hay un fantasma/ que a veces me mira y otras me habla,/ un resplandor que se derrama/ como el verde por la montaña.» Versos que se hacen acompañar de un ritmo pausado e intenso a la vez, gracias a la resonancia que consigue la guitarra de David Cordero, que se proyecta muy bien sobre nuestros sentidos: «En mi corazón hay un fantasma/ que se despierta cuando me abraza.» y, que de alguna forma se contrapone a Chet Baker, la canción que hace referencia al trompetista, cantante y músico de jazz de estilo cool de los años cincuenta, como si el universo que nos propone Ricardo Lezón fuese una pradera en la que crecen todo tipo de flores silvestres a las que el cantante y autor proporciona un sinfín de sinfonías y melodías al modo de campanillas sonoras.

Arena y romero también cuenta con esas melodías que nos recuerdan mucho a esos últimos McEnroe, tanto en su plasticidad sonora como en esa otra percepción auditiva que nos lleva a navegar por un mar infinito en el que Lezón nos sumerge cuando coge la melancolía del amor, a la que por cierto, adorna de letras magistrales: «Que tu ausencia es un lugar inhabitable/ y tu presencia mi desastre natural,/ que olvidarte es como morder el hielo/ y buscarte es un abismo y saltar». Saltos infinitos sobre el abismo de una música profunda, intensa y distinta, como extraña e inabarcable es la postura de su autor ante su magia «Que los dos llevamos banderas en las manos/ y que nuca aprendimos a ondear.» Banderas de un amor que son tan distintas a las que se agitan en la actualidad que nos llevan a exiliarnos del presente para refugiarnos en el bosque de cabañas en tu pelo: «Que a veces me hago cabañas en tu pelo/ y después no encuentro forma de bajar». Una densidad amorosa que alcanza su zénit en la mejor canción del disco: Lamento, un susurro de dichas y desdichas que es capaz de derrumbar todos aquellos muros que nos ponen en nuestra vida. En la ausencia de ruidos es donde se encuentra la esencia de las revoluciones: «Olvidaré el ruido/ y las voces promesa y revolución,/ el sonido de una noche dulce/ será el camino entre tú y yo.» Y gracias a ella: «escribiremos como los ríos sobre la tierra,/ poemas de amor/ nos perderemos por los bosques/ será la hierba nuestra mansión,/ será de hierba el corazón»… una perfecta muestra de lo que es un canto de libertad a la esperanza y al amor.

 

Ángel Silvelo Gabriel.

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