Seis libros editados de la serie Inspector Manarino. Por Marcelo Galliano

La literatura argentina (y quizás la sudamericana en general) se destaca por no crear héroes. Los escritores nos centramos en la parte negativa del hombre, en sus miserias, y desechamos, por cursi, todo intento de remisión y más aún de estoicismo.
Harto de tolerar policiales negros con lugares como el bajo fondo, la droga y los personajes psicológicamente incomprendidos, un día me pregunté si era posible, en esta zona del mundo, el ejercicio del policial de enigma. Más aún, quise saber si era factible crear un detective argentino, de sangre italiana, miembro de una fuerza policial (a veces tan subestimada y sospechada) y con modales típicamente porteños.

También quise poner en jaque los límites de la novela de enigma preguntándome si era posible aunar el whodunit de la literatura británica con la inverted detective story que los norteamericanos utlizaron para personajes de televisión como Columbo o Monk.
El resultado ha sido la serie Inspector Manarino, que ningún editor argentino se interesó ni siquiera en hojear.
El apoyo de los lectores de Latinoamérica y España la han convertido en la colección hispanohablante más extensa, en lo que se refiere a policiales protagonizados por un detective.
Ya son seis los volúmenes, y prometo que habrá muchos más.

Seis libros editados de la serie Inspector Manarino. Por Marcelo Galliano


Os dejo un fragmento de Doble obsesión.

«—Qué te traerás entre manos, hijo de….–murmuró Manarino mirando la pantalla.
—¿Sucede algo, señor?
—Un hombre despechado, eso sucede, o mejor dicho, dos hombres despechados.
—¿Cómo dice?
—Acabo de recibir un mail de “el loco” Federelli.
—Federelli… Federelli… –susurró Vera mientras intentaba recordar.
—Uno de los célebres hermanos Federelli; el otro está preso con perpetua, yo lo detuve. Éste estaba preso por encubridor, pero se ve que algún abogado hábil hizo que le conmutaran la pena.
—¡Ah, sí, ya me acordé! Es uno de los casos que me hicieron estudiar en la academia de policía. Apenas supe cómo lo resolvió usted, me prometí conocerlo, y la vida me terminó dando la oportunidad de trabajar a sus órdenes.
—Yo era un pibe en ese entonces —dijo Manarino pensativamente—, y ya había resuelto un par de casos resonantes. Pero estos dos crápulas, como sabían que yo los tenía en la mira porque sospechaba que ellos habían pergeñado un gran robo no esclarecido, me quisieron tender una trampa para hacerme quedar por idiota ante toda la prensa, y casi lo logran.
—¿Cómo fue eso?
—¿No me dijo que se lo hicieron estudiar?
—Sí, pero me gustaría escucharlo contado de su propia boca, es como si Manuel Belgrano me dijera cómo creó la bandera argentina.
—Un elogio más de ese estilo, Vera, y lo fajo. A ver, se lo resumo. Una tarde recibí un llamado de este gusano a mi celular.Hacía un mes que yo tenía teléfono móvil, cosa que hace 20 años era un lujo, pero el sátrapa se las ingenió para conseguir mi número de la misma manera que parece que hoy se las ingenió para conseguir mi dirección de e-mail. En aquella conversación el tipo me dijo que me proponía un trato. Yo le respondí que no hacía trato con delincuentes, a lo que me contestó: “Te equivocás, Manarino, esto te va a interesar”. Y tenía razón, me interesó. Los dos hermanos me recibieron en una oficina oscura, y a los pies de ambos un cadáver apuñalado. El cadáver era de un soplón, justamente el que me había dado el dato para que investigáramos a los Federelli. Había también un cuarto integrante de la banda que desapareció.
—¿Desapareció?
—Es posible que los Federelli lo hayan matado también. O quizá el mismo tipo decidió huir antes de la repartija del dinero, dándose cuenta de que estos locos lo iban a asesinar. Dinero que, dicho sea paso, jamás se encontró. Como le decía, llegué y me hallé ante esa escena, con uno de los hermanos diciéndome: “Te estamos dando la oportunidad de demostrar que sos un genio, como dicen, pero tenés que prometer que si no resolvés el caso nos dejás en paz de por vida”.
—¿Y qué hizo usted, inspector? —preguntó Vera como un chico ante un superhéroe.
—Me moría de ganas por aceptar. Se imaginará que, a un vanidoso como yo, esos desafíos le encantan, pero di media vuelta y les dije: “No es mi caso, los uniformados llegarán de un momento a otro y los detendrán, y serán juzgados por matar a este hombre”. Fue cuando a mis espaldas oí a uno de los hermanos decir: “No es necesario, fui yo, yo maté a este hombre sin ayuda de nadie, las pericias podrán comprobar lo que digo”. Pero ni había terminado uno de los hermanos en decir eso que el otro se apresuró a agregar: “Mentira, fui el que mató a ese hombre, y también digo que las pericias podrán comprobar”.
— ¿Y usted qué hizo?
—Para decirlo de manera romántica, recogí el guante y los detuve a los dos como sospechosos.
—Y después las pericias revelaron el verdadero…
—Las pericias no revelaron un carajo, Vera; por eso jamás me guío por informes racionales. No había huellas; se intentó conseguir restos de ADN, algo que en ese entonces era toda una novedad; se buscó el arma homicida, testigos, alguien que hubiera visto u oído algo. ¿Y sabe una cosa? No se encontró nada más que la propia autoacusación de estos dos desquiciados. Después, por si fuera poco, un forense determinó que la puñalada había sido hecha por una persona zurda y que los dos hermanos eran diestros.
—¡El crimen perfecto!
—Sí, Vera, para el pensamiento racional sí, pero, como decía Pascal: el corazón tiene razones que la razón no entiende. Justamente en esas semanas yo me había puesto de novio con quien hoy es mi esposa. Pasamos un fin de semana juntos en una hermosa cabaña y corriendo por el campo como dos bobos enamorados. En una de esas tonteras ella se cayó y se lastimó la mano derecha. No fue un gran impedimento, con su mano menos hábil podía hacer casi todo…, hasta que llegó la noche, claro, ese fue el momento en que ella me resolvió el crimen.
—¿Perdón?
—Antes de irnos a dormir ella se angustió porque con la mano izquierda no podía lavarse los dientes. Ese fue el punto. Sólo tenía que demostrar que uno de los hermanos Federelli era capaz de lavarse los dientes correctamente con su mano izquierda para comprobar que era ambidiestro.
—Pero jamás iba a hacerlo en público. La solución era filmarlo.
—Imposible, Vera: Costa Rica.
—¿Qué?
—Según el pacto de San José de Costa Rica un hombre no puede ser obligado a declarar contra sí mismo, por lo cual tampoco puede filmarse a un acusado.
—Yo tenía razón, un crimen perfecto.
—Sí, si continuaba pensado como un policía racional era un crimen perfecto; debía pensar como ellos, que eran tan creativos, casi al límite de la ridiculez.
—¿Entonces?
—Permití que el juez los dejara libres por falta de méritos, sin chistar.
—Y los hizo filmar en su casa.
—No, Vera, ¿se piensa que en sus casas alguno de estos dos se lavaba los dientes con la mano izquierda? Además hubiera sido una filmación en propiedad privada, no hubiese servido como prueba.
—¿Y qué hizo?
—Fui creativo, decidí cagarlos a trompadas.
—¿Cómo dice, señor?
—Lo que oyó. Los hice interceptar en la calle por dos patovicas y cuando estos se intentaron defender los detuve a todos por gresca callejera. Claro que antes me aseguré de que los patovicas le lastimaran la mano derecha a cada uno.
—Pero estamos en la misma, detenidos no podía filmarlos.
—No necesité filmarlos, Vera. Al rato de haberlos detenido apareció el abogado de los Federelli, acusándome de hacerles una cama a sus clientes. Entonces yo les dije que como eran gente con antecedentes no podía liberarlos hasta que diera la orden el juez, pero que me comprometía a ponerlos en una celda con todas las comodidades y hasta tendrían un médico a disposición de ellos a primera hora por si querían denunciar malos tratos. Las comodidades incluían baño con dentífrico y cepillos de dientes, y el médico que llegó al amanecer tenía orden de revisarlos íntegramente. El resto fue fácil, el que de los dos tenía los dientes limpios era el asesino.
—¡Brillante, inspector!
Manarino sonrió y volvió mirar el mail, para luego ponerse serio y decir en voz baja:
—Pero me temo que esto va a ser distinto.
—¿Qué es lo que tanto le preocupa, inspector?
—Mire –le ordenó Manarino. Vera se acercó a la pantalla y leyó el mail:
“Estimado Comisario Inspector Manarino
Tengo el agrado de invitarlo a la reunión que organizaré para el día 8 del corriente a las 16:50 horas, en Suipacha 78 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en la cual le anunciaré mis próximos crímenes. Se ruega puntualidad.
Lo saluda, su viejo rival:
‘El loco’ Federelli”.»

Marcelo Galliano

Argentina

VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 10.0/10 (1 vote cast)
Seis libros editados de la serie Inspector Manarino. Por Marcelo Galliano, 10.0 out of 10 based on 1 rating
  •  
  •  
  •  
  • 1
  •  
  •