Semáforo en verde. Por Anna Genovés

Semáforo en verde

Semáforo en verde

Hola, amigos y colaboradores de Canal Literatura. Voy a contaros lo que me pasó ayer por la tarde. Vamos, ¡para troncharse!

El día había amanecido con el cielo enladrillado de un gris suave y la humedad en aumento. Después de comer, tenía que hacer varios recados… Y allá que me pongo mi vestido color semáforo en verde y las sandalias de plataforma. En el bolso, unas cuantas fotografías de un trabajo que me habían encargado: lo cierto es que pesaba lo suyo.

Con el estómago todavía lleno, me marché como un rayo a la pelu para que me retocaran el flequillo: quería recortarlo de medio lado. En un plis-plas, estaba hecho; me vi monísima con la melena suelta: más cálida que una toquilla de lana… Pero, ya lo dice el refrán: «Para presumir, hay que sufrir». Sí. Lo reconozco: soy muy presumida.

Siguiendo mi humectante periplo, en cuatro zancadas, estaba en la parada del bus. Tras diez minutos de espera, llegó el ansiado 67 de la EMT con el aire acondicionado a toda pastilla. Iba medio vacío, así que pillé un buen asiento y me puse a wasapear hasta la plaza del Ayuntamiento. Saludé al edificio del cabildo: «Hola amigo. ¡Te veo rejuvenecido!» –le dije—. Época de cambios, pequeña –indicó, caballeroso—. Tras un guiño de ojos, seguí mi camino hasta Bershka; tenía que devolver una camiseta.

A continuación, fui a El Corte Inglés para mirar un rato… La boca se me hizo agua y la billetera estaba sin guita. Mi cabeza barruntaba y ¡mira por dónde! Tenía un Pull&Bear delante. No lo pude remediar: me compré un pingo de ocho pavos, de los que lavas y se quedan en nada; pero es muy mono. ¿Qué haríamos las mujeres sin tiendas? Algo parecido a los hombres sin fútbol. Volvernos locos, ¿sí o no…? Depende. Todo depende… ¡Chicas! A veces, hay que darse algún caprichito.

Entre pitos y flautas, anduve más que si hubiera corrido una maratón. Cada vez iba más cargada: el bolso se me antojaba un yunque y los zancos anclas. Parecía un barco a la deriva en el océano del asfalto; las construcciones eran ballenas. Los vehículos tiburones y los transeúntes, pirañas voraces. Cuando salí de entregar el trabajo con una carpeta llenísima de documentos e imágenes para el próximo artículo, iba empapada de un sudor pegajoso; algo así como si acabara de ducharme en una sauna turca. Y todavía me quedaba la vuelta.

¿Qué queréis que os diga…? Las temperaturas elevadas funden mis plomos. Es cierto: «La primavera, la sangre altera». Pero tengo una camiseta nueva y llevo el flequillo desfilado. ¡Seré gili! Además, el saber popular que mi madre me transmitió por medio de ese refranero nuestro, tan sabio, aparece en mi tácita verborrea a cada instante.

Niñas y niños de estos lares, ¡feliz viernes! He dicho: «¡VIERNES!». ¡¡¡Biennnn!!!

©Abrazos, Anna

12 de junio de 2015

Blog de la autora

The Beatles Yellow Submarine (Subtitulado)

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