Maestro

Ser maestro

Alocución introductoria al acto de Homenaje a Antiguos Maestros en Guadalcanal (Sierra Norte de Sevilla), el pasado 28 de Julio.

SER MAESTRO

   Nuestra amiga y compañera Rosario me pidió que escribiera unas palabras para introducir este acto de reconocimiento a la figura del maestro. Acepté de inmediato porque creo que por desgracia, nuestra noble y hermosa profesión no ha sido suficientemente valorada ni reconocida por la mayor parte de la sociedad, una sociedad que concede más importancia y mérito a lo que hace un futbolista que a lo que hace un maestro.
Como decía, acepté de inmediato, pero enseguida me di cuenta de la enorme dificultad que entraña tratar de responder a la pregunta “qué es y qué supone ser maestro” en unas cuantas líneas.
Dándole vueltas al asunto y tratando de encontrar un hilo conductor, me acordé de una noche en la que venía yo escuchando en mi coche una entrevista que le hacían en la radio al insigne y sabio profesor Emilio Lledó, nacido en El Barrio de Triana en Sevilla y premio Princesa de Asturias en Humanidades. Decía Lledó que es su niñez durante la guerra civil fue un niño feliz porque tuvo un maestro, Don Francisco, que le enseñó a pensar y le descubrió el inmenso tesoro que es la lectura. Desde entonces, e incluso ahora que es reconocido internacionalmente como un intelectual de altísimo prestigio, su sueño siempre ha sido ser maestro de niños, pues no cree que exista otra profesión tan extraordinaria, tan compleja y a la vez gratificante.
Para ilustrar esa pasión suya por el Magisterio relataba que D. Francisco leía a sus alumnos pasajes del Quijote mientras las bombas caían cerca del pueblo de Madrid en el que estaba su escuela, de esa manera ahuyentaba el miedo que sentían, les entretenía y a la vez les enseñaba.

   Con el tiempo Emilio Lledó se convirtió en profesor universitario, en una auténtica eminencia en el campo de la Filosofía y el Pensamiento, pero en cuanto tiene ocasión proclama que él es maestro, sencillamente un maestro, una de las cosas más admirables que se puede ser en esta vida.

   Como le ocurrió a Emilio Lledó, todos o casi todos hemos tenido algún maestro al que nunca olvidaremos, alguien que en su momento se convirtió para nosotros en un faro, una luz, una guía que nos permitió elegir y seguir nuestro camino, que nos ayudó a convertirnos en personas, en auténticos y buenos seres humanos. Ninguna otra profesión en el mundo permite ejercer una labor tan hermosa y decisiva.
Yo creo que muchos maestros y maestras hoy, estamos muy volcados en las nuevas pedagogías, en conocimientos teóricos que sin duda son necesarios, pero que de ninguna manera constituyen la esencia sobre la que se edifica la figura más genuina y verdadera de un maestro. Porque ser maestro, en mi opinión, es sobre todo ofrecer tu mano a esos niños que empiezan a caminar por la vida, tomar su mano en la tuya y caminar junto a ellos, tener los ojos y todos los sentidos muy abiertos para saber lo que sienten, para tener conciencia de sus penas y alegrías y acompañarles en ellas, para levantarles cuando se caigan, pues sin duda se caerán muchas veces, y sobre todo para llegado el momento, soltar esa mano que hemos tomado en la nuestra durante mucho tiempo y dejarles caminar solos.
Y esa es nuestra principal recompensa, nuestro más grande orgullo, haber conseguido que esos niños a los que hemos ayudado a caminar, caminen al fin por sí mismos, con dificultad, con valor, y sobre todo con nobleza y bondad.
Y eso es lo que han hecho ustedes que hoy están aquí en este acto de reconocimiento, ayudar a caminar a sus alumnos, ayudarles a todos ellos a ser mejores personas. Por ello infinitas gracias.

Máximo González Granados

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