Un cierto aroma a violetas

He dudado si escribir este artículo o no. Habitualmente, cuando leo un libro que me interesa me gusta comentarlo con ustedes. Suelo elegir libros que van por libre, o mejor aún a contracorriente, algo raro y arriesgado hoy en día, cuando el éxito se debe sobre todo al don de la oportunidad por no decir del oportunismo. Me gustan sobre todo los libros que no son lo que parecen. Aquellos que, valiéndose de un envoltorio de aparente facilidad o incluso ligereza, sirven para desvelar el lado oscuro del ser humano. Obras con una carga de profundidad que no todo el mundo capta porque tendemos a quedarnos en lo aparente, en lo superficial. También en los prejuicios, que hacen que uno no repare tanto en el texto que lee como en el nombre de su autor y en la idea que pueda tener de él o de ella. Acabo de leer un libro de estas características y si digo que he dudado si comentarlo o no con ustedes es porque su autora es muy amiga mía. Sé por tanto que lo que diga de su libro podrá ser interpretado como producto de la amistad, del cariño, del nepotismo incluso, y sería una lástima. También una injusticia, porque A menos de cinco centímetros, de Marta Robles, es una gran novela. Les explico someramente su trama. Roures, antiguo corresponsal de guerra reconvertido en investigador privado, recibe un día la visita de una joven periodista argentina que dice saber que Armando Artigas, escritor reconocido y admirado por todos, es el asesino de su madre. También de otras cuatro mujeres, todas guapas, todas mujeres de éxito. A partir de ahí, la trama se desarrolla en escenarios sofisticados, en hoteles espectaculares, en mansiones diseñadas por los mejores arquitectos, en enclaves al alcance de muy pocos. Sin embargo, todo este decorado, así como las descripciones que se hacen de la forma de vestir de los diversos personajes, de usos, costumbres y rituales que solo conocen los happy few, no es más que una coartada. Una hábil alibi para denunciar lo que subyace bajo las alfombras de Afshar; lo que se oculta tras bibliotecas privadas en las que conviven en feliz (y carísima) compañía El Quijote ilustrado por Doré, de Hachette et Cie., con la primera edición de Moby Dick o las Obras completas de Voltaire, editadas por Condorcet en 1772. Un mundo brillante y turbio en el que Marta ha investigado para descubrirnos, por ejemplo, cómo la trata de mujeres y niñas mueve en España más de cinco millones de euros al día, siendo, después de la venta de armas, el segundo negocio ilegal más rentable del mundo. Pero hay otras miserias humanas que se ocultan entre las elegantes líneas de esta novela. El libro sirve de denuncia de asuntos miserables como la explotación infantil, el antisemitismo, la violencia machista o el uso farisaico de la cultura como redentor manto que todo lo adorna, todo lo vuelve respetable. Y, más allá de estas denuncias ya de por sí relevantes por todos los datos que el libro contiene, existe en él otra faceta de su poliédrica factura que a me interesa aún más. Las reflexiones que hace sobre la fina y fluctuante línea que separa el bien y el mal. En un mundo tan maniqueo como en el que vivimos, en una sociedad en la que juzgamos, clasificamos y etiquetamos a la gente con tanta contundencia como frivolidad, creyéndonos capaces de discernir fácilmente quiénes son los honestos, quiénes los corruptos, quiénes «los nuestros» y quiénes los que están contra nosotros es bueno encontrase con alguien que nos recuerde que nada es blanco o negro. Que el ser humano es un compendio de infinitos tonos de gris. Alguien que se pregunte cosas como: ¿Qué es mejor en la vida, contar o no contar? ¿Decir la verdad por encima de todo o callar? ¿Quién tiene el patrimonio de la virtud, de la bondad, de la sabiduría? ¿Qué pasa cuando nos quedamos sin esas cuatro obviedades sobre las que hemos construido nuestras supuestamente tan civilizadas viditas? Sobre todas estas cuestiones se interroga Marta Robles en su novela y lo hace sin ponerse estupenda, sin dar lecciones ni tampoco sermones políticamente correctos. Envuelta siempre –como Misia, una de las protagonistas de su historia– en un tenue, elegante y sobre todo inquietante aroma a violetas.

Carmen Posadas

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Un cierto aroma a violetas. Por Carmen Posadas, 10.0 out of 10 based on 2 ratings
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