Un estado del malestar«Necesito huir de este mundo, como Gus, inconsciente, instintivamente, sin darle explicadiones a Claudia«

Ricardo Marco es un tipo corriente, si por corriente puede entenderse un subdirector de grandes almacenes en su sección de ropa que gana un montón de pasta, y que no está nada contento con su vida. Pero gente así como Ricardo Marco a montón, creo. Y es que el dinero, la posición a veces (no sé cuantas) no dan la felicidad y más en el caso de Ricardo que echa de menos la juventud, cuando todavía tenía principios. Porque es cierto uno evoluciona hacia el pequeñoburgesismo o hacia el grande y pierde los principios aunque siga votando lo mismo que con dieciocho años. Ya tenemos el protagonista, un tipo corriente con una desazón en el alma.
Ahora imaginen el cóctel (mucho mejor que un margarita, no crean) resulta que el pavo descontento con su trabajo y por cosas del trabajo va a un mercadillo, y -¡Oh, maravilla!- se enamora perdidamente (como un rayo que le traspasa) de una vendedora de mercadillo. Él, un hombre con mujer, dos hijos, una vida establecida y en vistas de comprar un chalet en las afueras. Él enamorado de una viuda presa por una familia que me ha recordado mucho a la familia gitana. Un clan, los Teleles, una barriada pobre, un padre amoroso el tío Jaulín, un niño y una misión. Más o menos eso es la novela.
Eso sí, quien conozca la forma de escribir de Joaquín Berges (y quién no, ya puede ir pensando en conocerla) sabe que encontrará en su interior humor a raudales, personajes secundarios que parecen principales, y una filosofía vital que aleja un poco de la usual pero que resulta lo más: vivir el momento y aprehender la vida.
Y de entre los secundarios que calan en esta novela está Fidelio, un Telele un poco animal pero en el fondo un tipo noble. Sólo tiene un defecto que no sabe decir que no. Eso es algo que nos pasa a muchos, esa incomodidad que nos supone negar a otro su petición. No saber decir no es algo latoso no crean, pero descubrirán si siguen a Fidelio que a veces, las menos, uno tiene que aprender a decir no y que a veces se dice. El tío Jaulín, un patriarca que no tiene más familia que Estella a la que ronda Ricardo, pero que además nos regala una visión de la vida antigua y auténtica.
Es una novela de redención, de amor, de renuncia, algo de crítica social, optimismo y humor. Mezcla que da como resultado una lectura divertida y estimulante. Algo que no es ni común ni usual y que te deja un sabor de boca limpio y ácido. Siempre es una gozada leer novelas así.

Maite Diloy (Brisne)
Colaboradora de Canal Literatura en la sección “Brisne Entre Libros
Blog de la autora

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