Un hombre en busca del sinsentido. Por Anita Noire

Un hombre en busca del sinsentido

Un hombre en busca del sinsentido

El catalán es un ser humano que se da —que me doy— pena. Unamuno dice que [los catalanes] hasta cuando parecen que atacan, están a la defensiva”.
Josep Pla

El tema de la independencia de Cataluña tiene saturado a todo el país, sobre todo a los propios catalanes. Corren malos tiempos desde hace mucho y, entreverado en la vida del día a día, el odio campa a sus anchas entre aquellos que menosprecian al otro vanagloriándose de algo tan absurdo como ser o no ser de un determinado terruño. Poco mérito tiene eso. Pero contra el odio y la irracionalidad poco se puede hacer cuando desde hace años se inocula el veneno del desprecio. Sustraerse al mal ambiente, a las ganas de salir corriendo y a una vida diaria malbaratada por el desquicie colectivo, es muy difícil. Sobre todo cuando cualquier cosa que se diga, si no es alineada con la minoría independentista que de una manera absolutamente extraña se ha convertido en una falsa mayoría, acabará rebotando contra una pared de negación e insulto. Ya no hay voluntad de escuchar nada, de abandonar el pensamiento único y teledirigido, ni de poner dos dedos de frente, ni cuatro gotas de sensatez democrática, a absolutamente nada. Vivimos entre la ponzoña que los golpistas disfrazan con palabras grandilocuentes con las que pretenden esconder y seguir engañando a una parte de la sociedad que, de una manera absolutamente inexplicable, prefiere vivir en una mentira que viste los ropajes de un fascismo absoluto. No hay más que ver los compañeros de viaje con los que se juntan, la Nueva Alianza Flamenca, para quedarse absolutamente perplejo y sentir más cerca que nunca el peligro de la cerrazón más intransigente. La deriva de los que creen dirigir una cruzada de autodeterminación, alejándonos del progreso, de los derechos y libertades fundamentales, solo puede terminar naufragando. Sin embargo, ese naufragio nos arrastra a todos.  La economía ha quedado hecha trizas, la sociedad ha quedado tan fragmentada que se necesitaran varias generaciones y una campaña de saneamiento democrático para que la gente deje de tener que mirar de reojo antes de hablar.  Algo muy sucio, muy feo y moralmente obsceno recorre de arriba abajo nuestro panorama. Un río de podredumbre que no se va a terminar así como así, ni siquiera con las elecciones del 21 de diciembre a las que los no nacionalistas nos aferramos sin demasiadas esperanzas.

 

Anita Noire

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