una tarde tranquila

UNA TARDE TRANQUILA

 

    Serán las cinco de la tarde y el aire respira una posible tormenta. Se oye todo a lo lejos. Las palomas torcaces que vinieron a habitar el jardín desde hace tiempo, el viento que se está envalentonando, las páginas del periódico que por suerte se puso debajo de una maceta para que no saliera volando. Los pájaros y pajaritos cantan a cuál más fuerte y a saber quiénes son los que se han impuesto. A lo lejos gritan unos niños y les imaginas saltando en una piscina. Hasta un avión pasa en algún lugar por encima de nuestras cabezas, escociéndose detrás de las nubes cada vez más oscuras, al menos hacia el oeste. Como en susurro, una conversación no tan lejana. El motor de la piscina remueve las aguas. Siento el calor del sol infiltrarse por mis brazos, rayos de luz concentrada que pretenden clavarse como dagas. Mientras el agua canta para calmar los sentidos, esa misma agua me acaricia y me mantiene enlazada entre sus brazos líquidos, enlaza mi cuerpo, manteniéndome fresquita… o así me parece.
Las moscas bailan de pinocha en pinocha, y por momentos se ponen de acuerdo para simular una autopista atestada de motores enloquecidos.
Esta sensación aún no la hemos vivido tú y yo juntas, porque creo que aún no hemos sido capaces de parar al mismo tiempo, estando en el pantano. me refiero a la experiencia de parar y sentir como todo vive frenéticamente, en la calma más absoluta.

una tarde tranquila

    Miro al horizonte, y veo las nubes de un gris intenso, cargado, mientras que encima de mi cabeza los rayos de sol parecen multiplicar su fuerza y fulgor, como enfadados, por no poseer toda la inmensidad de un cielo azul para achicharrarnos.
Creo que desde que vienes por aquí, aún no has sentido esta intensa tranquilidad. Por eso quiero intentar contártela en directo. Dejé de lado mi libro. No es como el agua que se oye en algunos lo jardines Zen, donde se respira esa vida paralela a la nuestra y que nunca nos paramos a escuchar. Aquí el aire es seco, electrificado. Los poros de la piel gritan reclamando humedad. Aún así, sientes, respiras y oyes esa canción de sonidos mágicos que nos genera paz, porque mientras haya tanta vida quiere decir que no pasa nada, al menos nada grave, y tiene además la decencia de cubrir, de tapar ese silencio que nos atemorizaría.

    Toco mi pantalla, y voy a dejar de escribir, porque la pantalla bajo el sol está tan caliente que parece que se va a derretir.
Y yo, a pesar de mi dolor en el hombro, tal vez haga el esfuerzo de hundir la cabeza en el agua, para tener nuevas sensaciones, más vitales, más refrescantes. Y todo esto te lo cuento no para darte envidia, sino para que seas un poco partícipe de lo que te daba enviada…o sea… la nada.
No es para tanto ¿verdad?
Te dejo ya … mientras miro como Manuel tira del de la manguera que se desliza como una serpiente frente a mí. Sonrío.

 

Maitena

Blog de la autora

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