Una vez más. Por Miguela

Una vez más

Todos los sábados lo mismo. Durante un año los encuentros fueron iguales, y predecibles; el Chipi siempre tenía algo para decir, o alguien con quien pelear.
Los pibes se levantaban contentos para ir a la vecinal del barrio a leer, jugar a la pelota y a comer la torta que les mandaba Gabi, a quien no conocían, pero igual querían mucho. Se sacaban fotos para que yo se las mandara; hacían caras raras con la boca, los cachetes y las cejas llenas de migas. Siempre me preguntaban si ella era linda, pero yo no les contestaba. Se la imaginaban como a una princesa.
Ojos color verde como la hoja más nueva del árbol más alto del pueblo más chico; pestañas largas como las plumas de un plumero, capaces de limpiar cualquier tristeza; pecas en la nariz y algunas en la frente. Con quince años, el Chipi tenía muertas a todas las chicas del barrio. Ellas se enojaban y se largaban a llorar porque él les mentía y andaba con varias a la vez. Sole le regalaba alfajores y el Chipi se los daba a Sofía, Sole se enteraba, porque Sofía le contaba, y ahí se armaba el lío. Él, desde la vereda de enfrente, se retorcía de risa.
Ninguno de los chicos del barrio quería estar cerca. Un día Fede, de once años, me dijo que no quería más ir a jugar porque el Chipi lo empujaba a propósito y le hacía mal. Que él iba a divertirse, no a pelear. Me preguntó si podía guardarle torta, que el domingo la pasaba a buscar.
Traté de convencerlo para que no se fuera, y entre puchero y algo de capricho me dijo que lo iba a pensar. Cuando me contesto eso entró el Chipi y le dijo «Maricón, seguís llorando?» Fede lo miró, y atinó a pegarle, pero me miró y me dijo que se iba, que no tenía ganas de estar con pelotudos. Traté de sentarlos, y hablarles a los dos, pero no hubo caso, me mandaron a mi casa.
Federico se fue y el Chipi se sentó a hablarme del partido de River en Copa Argentina como si nada hubiera pasado. Me preguntó si bancaba a D’Alessandro, pero no le contesté. «¿No tenés nada para decirme vos? ¿Qué pasa con Federico y por qué estás tan enojado con todos? No podés pegarles cuando se te ocurre, ni insultarlos». Me respondió que yo no sabía nada y que no quería odiarme a mí también, que dejara de decirle estupideces. Se comió de un bocado la porción de torta y se fue diciéndome que si seguía molestándolo no lo iba a ver más.
El martes siguiente, mientras desayunaba en el mismo bar de siempre, el café con leche estaba amargo y frío. No era como de costumbre. Me descompuse y se me aceleró el corazón. Enseguida leí en el diario local que habían internado a Cristian Galván, de 15 años, después de una brutal golpiza de adultos, sin identificar; y que estaba en coma. Era el Chipi, el nuestro, el Chipi peleador.
El Chipi ya no tenía nadie con quien discutir, o a quien empujar. De repente estaba peleando solito, por su vida. Sí, solo. Yendo al hospital me enteré que hacía un año y medio el papá había matado a la mamá y después se pegó un tiro delante de él. La que pensé que era su mamá era su tía y vivía en su casa, pero no sabía ni cuántos años tenía y casi no se veían. Claro, ahí me di cuenta de que ese caso yo ya lo había escuchado, pero, como él nunca contaba nada, y parecía siempre fuerte, ni siquiera sospeché que podía ser su familia.
Sus manos nunca habían estado tan quietas, ni las piernas tan dormidas, y las pestañas nunca habían estado tan mojadas. Jamás había estado tan callado. No imaginé nunca que iba a desear que el Chipi peleara, que discutiera, se enojara, pateara sillas, o que tirara la pelota al barrio de al lado.
El sábado fui a la vecinal porque estaban los chicos solos, y sabía que iban a querer leer, comer torta y saber del Chipi. Cuando llegué, entre dolor de panza e intentos fallidos de muecas, no había nadie. Entraron a los cinco minutos todos juntos con unos carteles y afiches que habían hecho con frases y dibujos para el Chipi. También me dijeron que le llevara la torta entera, que ellos le regalaban sus pedazos.
Volví a sonreír. Imposible no hacerlo. Me estaban enseñando a vivir una vez más. Me estaban diciendo que no servía caerse y que tenía que estar fuerte, como todos, para zafar. Que si nos rendíamos no salíamos de ningún lado vivos; y que a la muerte había que esquivarla con valentía.
Entre lágrimas apareció Fede, me llamó aparte y me preguntó si me podía acompañar al hospital. Me pidió por favor que lo dejara ir, que total, él no estaba enojado. Me dijo también que perdonaba al Chipi por todo lo que le había hecho, pero que quería verlo y darle un abrazo para hacerle saber que no estaba solo, y que lo esperaba para pelear juntos, una vez más.

Una vez más. Por Miguela

 

Miguela

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