Veinte años sin ti: Secuencias. Por Catalina Ortega Díaz

Veinte años sin ti: Secuencias

 

1.ª Cinco puntos de sutura; cura de quemadura química; desinfección de mordeduras humanas y múltiples arañazos. Se administran analgésicos y ansiolíticos por vía intramuscular- Esto podía leerse en el apartado «Tratamiento» del «Parte de lesiones» donde se especificaba: Mujer (…). Presenta herida inciso contusa en cuero cabelludo de zona parietal izquierda; quemadura química en mejilla izq.; mordeduras humanas localizadas en: labios, cuello, mama izq., cara interna de muslo derecho, dorso de mano derecha. La paciente se niega a que le sean practicadas exploraciones clínicas en genitales. Se remite al Servicio de Neurología, para descartar lesión cerebral, y al de Oftalmología por pérdida de visión del ojo derecho. Así mismo, se remite parte de lesiones al juzgado de guardia.

2.ª Esta mujer, tras la cura de sus heridas (físicas), es conducida a una comisaría; allí la dejan. Hay mucha gente en la sala de espera. Se sienta y aguarda su turno (horas) con la mirada perdida, ausente, sin recostarse en el asiento; erguida como si de su postura dependiese un resto de dignidad. Siente vergüenza. Por fin declara. A medio exponer con voz temblorosa, el policía la interrumpe: la agresión no ha sido cometida en la zona que le corresponde atender a su comisaría. La mandan al otro extremo de la ciudad. Esta mujer se arrastra hasta el cuartelillo. Espera dos horas. Entra; los agentes comentan a gritos un partido de fútbol. Uno de ellos la atiende con mirada cansina. Ella vuelve a repetir su declaración, abochornada y nerviosa –circunstancias, éstas, que agudizan su acento andaluz, algo que parece divertir mucho a los agentes–. Al llegar a la descripción de los mordiscos, observa cómo el guardia aguanta la risa y mira a los compañeros con complicidad. La mujer finge que no se da cuenta y continúa hasta el final, con la mirada clavada en el suelo.

3.ª Detienen al agresor. Un sargento lo mete en el calabozo… una noche, solamente una noche; la misma noche que aprovecha, el sargento, para «proteger íntimamente» a la víctima bajo «ley de silencio». Ella, humillada y vejada, jura no volver a denunciar una agresión a agresores legales.

4.ª Comentarios: La vecina – Ya era hora de que le rompieran la cara; se lo merece por presumida. Ella da un paso atrás y cambia de domicilio.

El jefe – Algo le habrá hecho al pobre hombre; se lo merecerá. Ella da un paso atrás y dimite del trabajo.

La madre – Que no se entere tu padre, le matarás del disgusto. Ella da un paso atrás y se traga las palabras.

La hermana mayor – A mí no me vengas con penas; bastante tengo con las mías. Ella da un paso atrás y esconde su dolor.

La amiga – Mujer, no será para tanto. ¡Venga, vamos al cine! Verás como te distraes. Ella da un paso atrás y se encierra en su casa.

La Sociedad – La sociedad patriarcal no tira piedras contra su tejado; refleja repugnancia y hastío por las mujeres sufridoras; las ridiculiza y les coloca un perfil estereotipado, poco favorecedor, de victimistas. Acusa a las víctimas de mentirosas, merecedoras de… Es la evolución social de la dominación de género. La tele aumenta la audiencia con programas de sucesos teñidos de morbo. Ella, sin vocación de víctima, da varios pasos atrás y se exilia de la Sociedad.

Un hombre la mira con amor. Ella, asustada, da varios pasos atrás y choca contra la pared; se refugia en un hueco. Es un nicho.

Balance: Demasiadas mujeres mueren cada año, en el mundo «civilizado», víctimas de hombres agresores: más que en las guerras, más que las muertas por terrorismo… ¡Muchas más! No siento pena por las fallecidas; ya no. ¿De qué sirve? Me estremecen las que han sobrevivido; las heridas; las que callan; las zombis muertas de miedo en vida, ocultas tras los muros del que creyó «feliz hogar». Me estremecen sus hijos y, aún más, sus hijas.

No diré el nombre del sargento que forzó a esta mujer que fue a pedir amparo a las fuerzas del orden. No podría demostrar esos repugnantes hechos y me podría traer consecuencias terribles. Sin embargo, puedo nombrar al juez que, asombrosamente, rizando el rizo, entró en el ruedo de acosadores de esta misma mujer: Antonio N. C.; juez que se jactaba de haber ordenado la detención de un adolescente por besar a su novia, en público, retrasando su estancia en calabozos hasta más allá del límite legal. El inocente joven, Diego Sánchez, fue acosado hasta inducirle al suicidio. A. N. Castillo fue apartado de la judicatura.

¿Dónde acudir cuando un homínido pronuncia la frase letal «mía o de nadie»? ¿A la comprensión y ayuda de la sociedad? ¿A la familia tradicional? ¿A las Fuerzas del Orden? ¿A la Justicia? Huir, cambiar continuamente de domicilio. ¡Sálvese quien pueda!

PD: Han pasado 20 años. Las leyes han cambiado. Las mujeres asesinadas por aquellas parejas que un día les prometieron amor y, cual vendaval bipolar sentimental, convirtieron sus promesas de amor en odio y rencor criminal han disminuido… algo. Sin embargo, la inhumana maldad ha encontrado la más cruel venganza contra sus exparejas y madres de sus hijos asesinando a las inocentes criaturas. Cuando los criminales salgan de la cárcel, madres e hijos cenizas serán ya.

Catalina Ortega Díaz

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