Vuelve el otoño. Por Máximo González Granados

Vuelve el otoño

Vuelve el otoño

Permanezco en el esfuerzo, subiendo, pero arriba en mi calle no hay banderines, ni música, ni fiesta, ni alegres muchachas empapadas en alcohol con una promesa esmeralda en el centro de las chispeantes pupilas. Ni siquiera sé si arriba podré detenerme a descansar. Ignoro qué paisaje podré divisar desde lo alto cuando llegue: un páramo quizás, un valle inhóspito y deshabitado, lejanía y desconocimiento, miedo a bajar, miedo a volver, miedo a quedarme sentado en el borde.

Si alguien me hablara de lluvia tras los cristales, seguro que me acordaría del Instituto, de un aula luminosa, de un jardín con césped que puedo mirar desde mi banca; puedo ver un pájaro picoteando junto al tronco de un pequeño árbol, probablemente un olivo, tal vez un pequeño sauce.

De pronto interrumpe mis ensoñaciones la voz tronante del señor Segura, que no quiere verme distraído: “Hubo un emperador Máximo que murió degollado”, me dice, didáctico y amenazante a un tiempo.

Pocos años después Serrat y la noche de San Juan y su balada de otoño y el pajarillo pardo volando bajito como un gorrión. Los días transcurrieron lentos, dulces y otoñales.

Máximo González Granados

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