Yo, Constanza Dávalos y Aquino. Por Catalina Ortega

yo-constanza

A veces presiento que mi alma está en sombras, entonces me inclino, te beso, y hay Luz.
Yo; Constanza Dávalos y Aquino.

            Mi cuerpo –cenizas al vuelo– fue encerrado en un arcón, hoy polvoriento y carcomido expuesto en la Sagrestia di San Domenico Maggiore de Nápoles. Mas no he muerto, pues muerte es olvido y yo sigo viva en la memoria de los siglos, atravesando la indomable frontera del Tiempo. Infinitas miradas se posan sobre mis pupilas –fronteras del alma–; sobre mi imagen envuelta con el velo de viuda; sobre la leve sonrisa apresada, ad æternum, por los mágicos pinceles de Leonardo, el Pintor de Almas. Tal como él dejó escrito:

La Belleza perece en la Vida, pero es Inmortal en el Arte.

           Amanecía el siglo XVI. Comenzaba la Leyenda. Mi insólita imagen de nobildonna guerrera, difundida por toda Italia, fue loada al gusto de la época All’Antica inspirada en la obra de Virgilio, con floridos sobrenombres propios de sus épicos poemas: «Nueva Elisa», evocando a la heroína de la Eneida, «Nuova Giovanna d’Arco», «Sacra Dávala», «Sibilla de Ischia», «Diosa del Helicón»… En Europa, mis hazañas se difundieron a través de misivas, poemas, canciones, retratos, medallones y bocetos en los cuales se me loaba como heroína y santa. Me convertí, involuntariamente, en la dama más afamada de aquella época de pasmo y belleza. Leonardo, en su sabiduría infinita, no erró al plasmar mi imagen como encarnación de la Sibila Cumana inmortal, pues revivo con cada mirada sobre el célebre sfumato. En mi sonrisa se han imaginado miles de respuestas, mas nadie halló mi verdadero origen adjudicándome las más peregrinas identidades.

–¿Quién soy? –me pregunto cansada de ser «otras» en el imaginario de los siglos.

–Constanza Dávalos y Aquino, duquesa de Francavilla; hija del Gran Camarlengo del Reino del Nápoles Aragonés; nieta del III Condestable de Castilla y Adelantado de Murcia: D. Ruy, apodado con toda justicia El Bueno y el Valiente; la Sibila Cumana de Leonardo «Il Vincitore della Morte: *Vinci*» –respondo muda a millones de oídos sordos.

Vago inmaterial; liberada, el alma, de la arquitectura humana que le sirvió de morada, cuyos restos reposan en el carcomido arcón de madera alineado entre los de familiares, reyes y nobles que vivimos en el Reino del Nápoles Aragonés, envueltos en ajadas banderas. Esa triste visión me hace evocar la coplilla que cantaban los napolitanos con quejumbrosa melancolía, recordando los momentos más gloriosos de su Historia:

¿Sabes, Napule, quanno fuste corona? Quanno rignava casa d’Aragona.

La mía, la identidad de la dama del Retrato, sigue injuriada con el apodo de Joconde (convertido en Gioconda por la dolcezza del habla italiana), escupido despectivamente sobre el célebre sfumato por el arrogante rey Francisco I de Francia, que tenía sobradas razones para odiar mi apellido, pues era el de los gloriosos militares descendientes D. Ruy López Dávalos que, fieles a los reyes de la dinastía Trastamara, lucharon con lealtad y valor hasta alcanzar la gloria eterna en la flor de la edad, defendiendo el Reino del Nápoles Aragonés contra sucesivas invasiones francesas. Bravos en las batallas y eruditos diplomáticos en tiempos de paz, nacidos en el reino de Nápoles, descendientes de la sangre de los godos, muy dispuestos a derramalla por su Rey y por su Ley tal como dejó escrito D. Antonio de Guevara: Dávalos, Gente de ricombría, de sangre muy limpia y muy ilustre, procedente de linaje de grandes señores sin gota de raza judía ni mora ni converso ni villano en ningún grado. Estos ancestrales caballeros godos eran dotados –por cuna– de gracias y virtudes: prudencia para ser comedido en el hacer, justo en el mandar, esforzado en emprender, generosidad en el dar, crianza en el hablar, corazón para luchar, ánimo para no huir, honestidad en el vivir, clemencia para perdonar, sobriedad en comer y beber, ternura en el amar. Es tan alto el don de la prudencia que mediante ella se enmienda lo pasado, se ordena lo presente y se provee lo futuro.

           Desde la fortaleza del Castell Aragonés de la isla napolitana de Ischia, muerto en mis brazos, Íñigo, el último de mis hermanos varones, hube de empuñar las armas y alzar la bandera por España hasta la humillante derrota de Luis XII, antecesor de Francisco I, el soberbio Rey de Francia que, derribado sobre fango ensangrentado, acabaría rogando por su vida a un capitán sin par: mi pupilo Fernando Francisco Dávalos-Aquino y Cardona, marqués de Pescara «Alma del Ejército Imperial», vencedor de la batalla de Pavía. De ahí su rencor hacia mi imagen y mi apellido y el interés del ególatra Rey por ocultar el Retrato y mi identidad tras el injurioso apodo de Joconde (Gioconda).

 Catalina Ortega

(Fragmentos del libro “Leonardo  Vinci y Constanza” del que soy autora, editado por Diego Marín en “La Nube”)

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