Coronar La Serenidad En Tiempos del CoronaMiedo

 

Coronar La Serenidad En Tiempos del CoronaMiedo

   Consciente de que estamos saturados de lecturas, vídeos, memes; en suma, coroinformatoxificados, hoy os traigo mis palabras, que cuando te nacen de muy adentro, quizás llegan para tender puentes y compartir inquietudes y responsabilidades. Y una les hace caso porque el grano siempre hace playa.

   Estamos viviendo tiempos muy complicados, pero se imponen la cordura, la responsabilidad y el «buen hacer». En suma, la consciencia, el darse cuenta y hacerse cargo de esta compleja situación.

   Nuestros padres y abuelos vivieron una guerra. Una guerra donde las amenazas eran las creencias y su mayor defensa, callar o mentir. El arma dañina, las bombas, fusiles y trabucos, eran visibles y a veces las veían venir. Ahora nuestra mayor amenaza se traduce en pocas defensas aumentadas con vitamina C, y el arma, microscópica e invisible, ¡la está liando parda!

   Si nos paramos a pensar, no nos costará mucho llegar a la conclusión de que el escenario de nuestros padres y abuelos sí fue verdaderamente difícil. El pánico esperándolos a la vuelta de cualquier esquina, corriendo a los sótanos y refugios cuando escuchaban el rugido de los aviones. ¿Pueden imaginarlo? A su carestía real de alimentos se unía el verdadero peligro por sus vidas. A veces caían bombas sin avisar, o les «paseaban» con otros sólo con las heladas de la madrugada como testigo implacable de tantos finales injustos…

   Nosotros hemos hecho vida normal hasta hace unos días. Pero el pánico se ha ido apoderando de la población a medida que los medios nos tiraban sus bombas informativas. No te matan, no. Pero te dejan maltrecho el pobre sistema nervioso, ya de por sí muy estresado por la aceleración con la que vivimos.

   Y ahora ya no sirve eso de enfadarse con los «malos», con esos mamarrachos que te untan la tostada en un plis plas sin que te des cuenta, o peor, sin tú pedirlo o decidirlo. Especular con un simulacro de guerra biológica tampoco ayuda nada. Nada. Porque la rabia no soluciona lo que estamos viviendo. La impotencia es una emoción muy lícita, pero se hace parásita cuando se instala en nuestro ánimo y no nos permite avanzar, hacer lo que tenemos que hacer.

   Y ahora nos toca hacer, o quizás «no hacer», y mantenerlo con calma, cariño y cordura, kilos de cordura y cuarto y mitad de intención. Sólo eso, llevar la intención y ampliarla más allá de la frontera de nuestro YO. La intención de extender un cordel invisible, cálido y acogedor, al que poder agarrarnos, sin distinción… todos.

   Y uno encuentra sitio para agarrarse a ese cordel de humanidad compartida cuando compra víveres sólo y cuando lo necesita. Cuando coge exclusivamente aquello que va a consumir en breve, dando opción a que los productos de primera necesidad no se agoten y haya para todos.

   Quizás ahora empaticemos con aquellos que nos piden asilo porque su país es una guadaña y sus fronteras un territorio comanche de impotencia y desesperación. Nosotros tenemos una casa para poder seguir las recomendaciones de los profesionales que están intentando salvarnos el culo a riesgo de perder el suyo.

   Desde sus albores, la humanidad se ha enfrentado en más de una ocasión a contextos complicados que precisaban de hábiles “maniobras” para acoplar diferentes respuestas a nuevos requerimientos de supervivencia. Hace años vi una película, Interestellar. Traigo a mi memoria una de sus emblemáticas escenas cuando me encuentro envuelta en una situación difícil o de emergencia. Intento recrear la imponente música del órgano de fondo mientras visualizo la inmensa nave intentando acoplarse a la nave nodriza, en una maniobra desesperada y ultra precisa que les regalaría más vida en el espacio a los protagonistas de un mundo que agonizaba por el cambio climático. Cuando tengo delante un camino incierto y tupido por la maleza, imagino que soy esa nave tratando de acoplarme con sutileza a lo que ha vuelto del revés mi vida, cuidando de que todo encaje donde le corresponde para acallar las alarmas. Así me siento ahora. Y lo extiendo a todos los profesionales que están intentando pilotar esta delicada «Nave Humana», human ship, que un ser microscópico ha puesto patas arriba sin miramientos ni compasión alguna.

   Desde aquí y desde ya, va mi aplauso y profundo agradecimiento a todos los profesionales de la salud, médicos, sanitarios y farmacéuticos, y uno muy especial a mi colectivo, todos mis colegas y compañeros psicólogos que trabajan en un segundo plano infundiendo calma a los que más lo necesitan. A todos los que están aguantando el miedo y la marabunta en las grandes superficies, y a los pequeños comerciantes, que luchan con la incertidumbre de «seguir a pie de cañón» o de «pies para que os quiero». A todos los centros de enseñanza y colegios, que van a ponerse del revés para ayudarnos a los que seguimos estudiando y para ayudar a nuestros hijos, aunque sea a distancia. A todos aquellos que están trabajando contrarreloj para que otros puedan hacerlo desde casa.

A todos vosotros, madrileños queridos, españoles, que cuando nos ponemos juntos sabemos como acoplarnos sin dejar ningún cabo suelto en esta Nave Humana.

Os dejo con el poema protagonista de Interestellar, de Dylan Thomas. Os recomiendo leerlo mientras veis cómo se acopla la nave…

 

NO ENTRES DÓCILMENTE EN ESA BUENA NOCHE

No entres dócilmente en esa buena noche,
que al final del día debería la vejez arder y delirar;
enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz.

Aunque los sabios entienden al final que la oscuridad es lo correcto,
como a su verbo ningún rayo ha confiado vigor,
no entran dócilmente en esa buena noche.

Llorando los hombres buenos, al llegar la última ola,
por el brillo con que sus frágiles obras pudieron haber danzado en una verde bahía,
se enfurecen, se enfurecen ante la muerte de la luz.

Y los locos, que al sol cogieron al vuelo en sus cantares,
y advierten, demasiado tarde, la ofensa que le hacían.
No entran dócilmente en esa buena noche.

Y los hombres graves, que cerca de la muerte con la vista que se apaga
ven que esos ojos ciegos pudieron brillar como meteoros y ser alegres,
se enfurecen, se enfurecen ante la muerte de la luz.

Y tú, padre mío, allá en tu cima triste,
maldíceme o bendíceme con tus fieras lágrimas, lo ruego.
No entres dócilmente en esa buena noche.
Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz.

Dylan Thomas

 

Palabras desde mi luna
Mar SolanaMar Solana

Blog de la autora
Colaboradora de Canal Literatura en la sección «Palabras desde mi luna»

 

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