sala de espera

SALA DE ESPERA

 

    La sala de espera de la UCI del hospital San Leandro no era muy grande, de hecho ni siquiera contaba con las suficientes butacas reclinables, a pesar de que cada familia, independientemente de sus miembros, tenía derecho a una sola y única butaca, por lo que muchos de los que allí aguardaban permanecían de pie formando corrillos en el interior de la sala o paseaban arriba y abajo por el pasillo que daba acceso a la misma. Por la noche era más complicado, los allegados que habían decidido quedarse tenían que establecer turnos para poder descansar al menos un par de horas en las butacas disponibles, que tampoco era tan reclinables, lo justo para que la espalda pudiera inclinarse unos cuarenta y cinco grados más allá del ángulo recto sobre el respaldo.

    La pared frente a la puerta de entrada estaba formada por una cristalera que daba a un patio interior adornado con plantas; las plantas parecían descuidadas, maltrechas, como si ellas mismas también necesitaran cuidados intensivos que al parecer nadie estaba dispuesto a prestarles. Al fondo de la sala había un teléfono color verde claro adosado a la pared. La reacción de la gente cuando sonaba el teléfono era muy diversa. Algunos salían corriendo tratando de descolgar el auricular antes que cualquier otro pudiera hacerlo (solían ser varones los que se ocupaban de contestar la llamada), otros permanecían quietos, mirando con ansiedad y miedo a la persona que en ese momento hablaba, las mujeres que permanecían sentadas se levantaban bruscamente y entrelazaban las manos o apretaban el bolso contra su cuerpo, o se tapaban el rostro como si de esa forma pudieran ahuyentar la trágica noticia de la muerte de un ser querido. La mayor parte de las veces la voz que sonaba al otro lado del teléfono se limitaba a preguntar por los familiares de tal o cual paciente para a continuación anunciarles sin más preámbulo su fallecimiento. Entonces se producían carreras, gritos histéricos, llantos y un revuelo general que acababa cuando los afectados directamente por la pérdida irreparable ya habían abandonado la sala de espera. Los que allí quedaban liberaban la insoportable tensión, por un momento respiraban tranquilos, volvían a sus butacas o a sus paseos por el pasillo hasta los próximos y devastadores timbrazos del maldito teléfono.

    Nunca yo hubiera sospechado lo que ocurría a diario en aquella sala en las ocasiones que pasé frente a ella al cruzar la planta baja del hospital para acceder a la zona de Administración, cuando a lo largo del último verano pude trabajar con un contrato temporal para una empresa de mensajería.

    Y allí estaba ahora, junto a mi madre, pendientes los dos del fatídico teléfono, tratando yo de distraerla con lo primero que se me venía a la cabeza, completamente enajenada ella, sin escucharme, cerrando los ojos mientras rogaba a Dios por enésima vez que salvara la vida de su marido.

    Tres días antes mi padre había ingresado en el San Leandro tras sufrir un infarto mientras veía un partido de tenis por televisión. Pasó veinticuatro horas en Cuidados Intensivos y luego le pasaron a la cuarta planta, a una sala que acogía a enfermos con cardiopatías graves. Nos dijeron que volviéramos a casa, que podíamos pasar a verle durante las horas de visita estipuladas, que no tenía ningún sentido que nos quedáramos allí, sobre todo ahora que había dado muestras evidentes de recuperación.

    A la mañana siguiente nos llamaron por teléfono, el infarto se había repetido y sería conveniente que volviéramos al hospital, el doctor jefe de Cardiología quería hablar con nosotros. Nos recibió en la misma puerta de la UCI, no nos permitió pasar, en aquellos momentos estaban haciendo todo lo posible por salvarle la vida. De alguna forma se las arregló para decirnos que había pocas esperanzas sin que sus palabras nos parecieran irrevocables. Mientras bajábamos en ascensor a la sala de espera me acordé que mi padre me había pedido la noche anterior, cuando ya nos despedíamos de él, que le trajera de casa sus gafas “de cerca” y le comprara algún periódico. La urgencia con la que nos avisaron me impidió hacer ninguna de las dos cosas.

sala de espera

    A mediodía mi madre no quiso comer nada. Yo tomé una cerveza y una tapa de ensaladilla en el bar junto a la puerta principal del hospital, también compré un periódico; por allí cerca, en alguna farmacia, podría comprar más tarde unas gafas de lectura. No fue necesario, sobre las cuatro de la tarde sonó el teléfono. Esta vez lo cogió una mujer joven que llevaba mucho tiempo apoyada en la pared, junto al aparato. Mi madre se levantó y corrió hacia la puerta antes de que nos nombraran. No tomó el ascensor, subió a toda prisa las escaleras, lloraba o se quejaba o imploraba a Dios, o hacía las tres cosas al mismo tiempo. El mismo doctor que nos recibió horas antes nos esperaba en la puerta de la UCI; trató de explicarle cómo se había producido la muerte, las causas objetivas del fatal desenlace, todo lo que habían hecho para tratar de mantenerle con vida, los recursos paliativos que finalmente habían usado para ahorrar sufrimientos al enfermo…Entre lágrimas ella le daba las gracias y a la vez se lamentaba por no haber podido ver por última vez a su marido, pero inesperadamente las piernas parecieron fallarle y el médico y yo tuvimos que sujetarla para evitar que cayera al suelo.

    El médico entreabrió la puerta y pidió a una de las enfermeras que trajera una silla y un vaso de agua. Mientras la enfermera se quedaba junto a mi madre, me tomó del brazo y me condujo hasta una ventana desde la que podía verse el helipuerto del hospital. “He comprobado que no tenéis domicilio aquí en la ciudad, de manera que no voy a certificar la defunción de tu padre, llevar el cuerpo hasta vuestro pueblo os costaría muchas molestias y una considerable suma de dinero. Avisaremos a una ambulancia y viajaréis los tres en ella, oficialmente tu padre abandona este hospital con vida”. Estreché su mano y le di las gracias. Antes de retirarse se acercó a mi madre y le entregó el reloj de pulsera que mi padre llevaba cuando ingresó en la UCI. Ella le abrazó y no puedo entender como en aquellos momentos tuvo la fuerza y el coraje suficientes para pedirle que por favor dejaran de avisar a los familiares que aguardaban en la sala de espera a través del teléfono, que seguro que habría una forma más humana de hacerlo, que no podía ser que toda esa lucha por mantener la vida que allí llevaban a cabo con encomiable empeño, se viera empañada por un sistema de comunicación que era una auténtica tortura, que convertía un teléfono en el objeto más odioso y temible que imaginarse pueda. “Veré lo que se puede hacer señora, se lo prometo”, dijo él, y acompañado de la enfermera volvió a su trabajo.

 

    Yo y mi madre acompañamos a mi padre muerto en la ambulancia, desde el hospital San Leandro hasta el pueblo del Aljarafe donde finalmente habíamos fijado nuestra residencia después de varios años de peregrinaje por diversas ciudades y poblaciones en las que habíamos tratado de encontrar una vida mejor, una forma más amable de afrontar el presente, porque nunca que yo recuerde tuvimos tiempo ni ocasión de pensar en el futuro. Mi madre no paraba de llorar y musitar frases inconexas, yo trataba de consolarla como podía, diciéndole “tranquila, tranquila” y todo eso que suele decirse, pero en realidad me parecía estar viviendo un sueño, miraba el rostro macilento y sin vida de mi padre y no podía comprender lo que estaba pasando, lo que se supone que estaba pasando, me veía a mi mismo y a mi padre y mi madre dentro de la ambulancia que se deslizaba veloz por la autovía, me veía y los veía desde fuera y desde arriba, como quien mira el tráfico desde uno de esos helicópteros que sobrevuelan las carreteras, sin escuchar el ruido que provoca ese mismo tráfico ni ningún otro ruido, absorto en el movimiento de coches y autobuses y camiones que parecían juguetes, convencido de que en cualquier momento podría alargar la mano y desplazar cualquiera de esos elementos que conforman la realidad empequeñecida y lejana: desplazar un solo elemento para alterarlo todo y quedarme tranquilo reposando la cabeza en el asiento y cerrando los ojos, esperando que toda esa realidad se altere y transforme después de mi pequeña broma, de esa inocente travesura con la que te sientes como un demiurgo indiferente a las consecuencias de sus caprichos. Yo acompañé a mi padre muerto y me veía y le veía con ojos y sentimientos que no me pertenecían, y era incapaz de entender lo que pasaba, y es ahora, en el verano posterior a su muerte, trabajando de nuevo para la empresa de mensajería que ya me había contratado el año anterior, cuando  al cruzar alguna vez frente a la sala de espera de la UCI , empiezo a comprender que mi padre se ha ido, que parece que se ha ido para siempre, que el periódico que le compré quedó abandonado en la misma silla en la que sentaron a mi madre cuando se desvaneció, y ya nunca tendré que buscar una farmacia en los alrededores del hospital para comprarle unas gafas de lectura.

 

Máximo González

 

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