ENTREVISTA AL PINTOR ALEJANDRO CABEZA CON OCASIÓN DE LA SELECCIÓN DE SU RETRATO DE JUVENTUD DE BUERO VALLEJO COMO PIEZA DEL TRIMESTRE EN EL MUSEO NACIONAL DEL TEATRO DE ALMAGRO. Por Salomé Guadalupe Ingelmo

 

Una descripción de Antonio Buero Vallejo le definía de la siguiente forma: «Rechaza el materialismo y toda ostentación, pero le atan los magistrales cuadros de su sala, porque al arte no es superfluo para él y vivir sin belleza sería un disparate. A pesar de despreciar el narcisismo, es sorprendentemente vanidoso y se deprime ante el espejo que le confirma los implacables estragos del tiempo»[1]. ¿Cree que su retrato satisfaría la humana vanidad del dramaturgo?

 

Modestia aparte, creo que sí.

Ciertamente todos tenemos en la cabeza al Buero de senectud, y también ese físico me resulta atractivo. Sin embargo me decidí a plasmar una franja de edad en la que sus rasgos faciales fuesen ya absolutamente reconocibles ‒cosa que quizá no suceda en las fotos que conservamos de su primera juventud, del periodo en que estalla la guerra‒ pero él se encontrase aún en plenitud física.

Sí, creo que el retrato satisfaría su humana vanidad. Sale físicamente muy favorecido, algo que siempre intento cuando me acerco a un personaje. Y es una composición bastante artística, en la que el modelo parece posar y se diría casi un galán de cine. Quizá, declarándose él un poco coqueto, le hubiese suscitado una pizca de melancolía. No sólo por la juventud perdida que es imposible recuperar, sino también por los recuerdos de una época ‒como su propia dramaturgia‒ por una parte aciaga y por otra brillante y luminosa.

Por otro lado creo que habiendo dedicado toda su vida a la escena, de forma además tan comprometida, le enorgullecería especialmente ver su retrato colgado en el Museo Nacional del Teatro. Estoy seguro de que habría sabido valorar la admiración y el amor con el que ha sido ejecutado; el intento de convertirlo en un merecido homenaje. Entre otras cosas porque, a pesar de que su carrera pictórica lamentablemente fue breve, sorprendentemente, alcanzó un nivel notable para haber ejecutado tan pocas obras. Eso es algo que me llama poderosamente la atención. No dejo de pensar en ello… Un pintor siempre crece a fuerza de mucho trabajo, de muchos cuadros… Entiendo que su capacidad ha de interpretarse como fruto de una gran sensibilidad artística que después, obligado en parte por las circunstancias que tanto tiempo lo mantuvieron alejado de los pinceles, decidió verter en la literatura. No puedo evitar preguntarme adónde hubiera podido llegar de no haberle alejado de la pintura la prisión.

Basta leer algunas de sus apreciaciones sobre Velázquez para darse cuenta de que era un entendido, un estudioso. Y basta leer sus obras teatrales para comprender que siguió amando con pasión la pintura toda la vida. Me parece advertir que Buero tiene la asombrosa capacidad de pensar como un pintor siendo un escritor. Pero también, curiosamente, lo contrario. Como todos los hombres de pensamiento, de seguro era una persona curiosa. De alguna forma también lo revela su obra. Por eso estoy seguro de que el retrato habría despertado su interés, y sobre él habría desarrollado un juicio crítico. Espero que favorable (risas).

 

 

Personalmente, en la obra de Buero Vallejo admiro de forma especial su capacidad de armonizar lo privado e íntimo con lo público, la vertiente metafísica con lo social, la visión del hombre como individuo que sufre su propia naturaleza y que ha de aprender a hacerla compatible con su faceta colectiva. Pero ese es mi punto de vista como escritora y amante de la literatura, claro. Ahora me interesaría conocer el suyo: ¿qué es lo que, como retratista, más le llama la atención de la fisonomía de Buero Vallejo? ¿Qué es lo que le impulsó a retratarle y lo que más le fascinó de sus facciones durante la ejecución de la obra o en el trabajo de investigación previo?

 

Buero tenía un físico con unos rasgos muy peculiares, muy definidos. Seria difícil encontrar a otra persona con una fisonomía igual. Cráneo rotundo y facciones angulosas, de esas que se excavan y perfilan aún más con el paso del tiempo: nariz aguileña, cuencas profundas, mirada penetrante y directa ‒a veces incluso taladrante‒… Buero sonríe poco, lo que como retratista me gusta. Es como si algo se lo impidiera. En efecto, como se refleja en su obra, Buero no debía de tomarse la vida ni la profesión a la ligera. Y en eso también coincidimos.

Me fascina e inquieta la escasa representación pictórica de calidad que nos queda de la mayoría de escritores que he retratado. Es como si, desde el punto de vista gráfico, a pesar de la riqueza de su aportación literaria, hubiesen caído en el olvido y el abandono. Yo, sencillamente, he intentado poner remedio ofreciendo una suerte de justicia.

 

 

Hay en Buero y en su obra un hondo afán de superación, tanto en lo humano como en lo profesional. Sostenía en un texto de juventud: «Sé de sobra que la afirmación que voy a hacer ahora se va a quedar en el aire… Y la afirmación es ésta: Hablo de un Velázquez insuperado, porque ni Goya, ni los impresionistas, ni Zorn, ni Sorolla, ni nadie, en fin, hasta ahora, ha marcado una superación verdadera del concepto óptico velazqueño. Y esto decepciona, porque plagiando a Nietzsche –y esta es una frase que habría que escribir en la pared de todos los estudios– tenemos que decir ahora que VELÁZQUEZ ES ALGO QUE TIENE QUE SER SUPERADO»[2]. ¿Está usted de acuerdo con esa afirmación?

 

Sí, absolutamente. El pintor ha de ponerse altas metas, analizar e intentar competir ‒sanamente‒ con los grandes maestros. Mirarse en espejos mediocres sólo satisface a los necios y mezquinos, que de esa forma logran por unos momentos la vana y breve ficción de creerse con talento. El verdadero artista no busca el reconocimiento ‒mera recompensa colateral‒, sino la satisfacción de superarse y de descubrirse capaz de generar una obra bien ejecutada y de verdadero valor artístico. En el fondo todos sabemos si somos buenos o no en nuestra disciplinas. Otra cosa es que todo creador tenga la honestidad intelectual necesaria para reconocerlo ante los demás o ante sí mismo.

En efecto uno ha de aspirar a pintar como Velázquez y poner todo su empeño en lograrlo. Si lo hace, consiga lo que consiga a lo largo de ese proceso, habrá alcanzado ya un triunfo: habrá ganado mucho más que justificando, como hacen muchos, su falta de estudio ‒porque la buena pintura exige, al margen de pintar mucho, estudiar en profundidad, tanto en el plano de la ejecución como en el conceptual, la obra de quienes nos han precedido‒, incapacidad o ausencia de compromiso con la tan socorrida y repetida frase «es que es mi estilo». Basta repasar la obra literaria de Buero e incluso lo poco que nos dejó de pintura para darnos cuenta de que no era un conformista sino un perfeccionista. Me identifico mucho con esa forma de acercarse a la propia obra; yo también sé destruir a tiempo un cuadro que no considero a la altura que estimo estoy capacitado para alcanzar. Para empezar de nuevo y abordarlo con una nueva óptica y redoblado ánimo, por supuesto: si uno desea de verdad mejorar no puede permitirse el lujo del desánimo, la desidia o el miedo. Cada obra difícil es una ocasión para aprender nuevas estrategias de superación, y de esa forma ha de ser enfrentada si se quiere aprovechar cuantas oportunidades ofrece.

Por otro lado he de alabarle el conocimiento de pintura y el gusto a Buero, pues los autores mencionados en la cita que usted me propone no son precisamente cualquiera. Y sin embargo él pone por encima de todos ellos a Velázquez… Sí, Buero debe de haber analizado mucho la historia de la pintura para llegar a determinadas conclusiones. Ciertamente Velázquez fue mucho Velázquez. Se le puede atribuir no sólo una incomparable ejecución sino también la mayor revolución que se haya realizado dentro del mundo de la pintura. Por eso Velázquez nunca pasa de moda y sigue siendo el maestro indiscutible, aún no superado hoy en día.

 

 

¿Se ha identificado usted con su modelo a pesar de no haber llegado a conocerle personalmente? ¿Ha encontrado puntos en común entre la vida de Buero y la suya propia?

 

Por supuesto. Creo que siempre sucede, en mayor o menor medida, cuando decido retratar a una personalidad. En el fondo es normal: si me mueve la admiración a la hora de decidir hacer este género de homenaje, algo intentaré encontrar de ese objeto de admiración dentro de mí mismo. No lo considere prueba de estúpida arrogancia, sino más bien señal de una búsqueda constante dentro de mí.

Encontrar a un igual en pensamiento y sensibilidad es deseo natural y lícito del ser humano. A veces, por falta de diálogo o incapacidad de escuchar realmente al otro, no nos damos cuenta de lo cerca que podemos estar realmente en algunos casos.

En el caso concreto de Buero, para empezar me identifico muy vivamente con su afán de superación y su nivel de exigencia en el trabajo. Quizá es la característica que más me distingue en lo profesional. Casi todas mis obras, incluso las más notables, me dejan al cabo de un tiempo una inquietante desazón: ¿y si, comenzando de nuevo, hubiese sido capaz de hacerlo todavía mejor? Mi mujer dice que es un pensamiento común a cualquier creador responsable y comprometido con su obra, independientemente de cuál sea su disciplina; que hay que aprender a convivir sanamente con él. Pero a mí siempre me cuesta.

En Buero descubro a un pintor verdadero, lleno de valores, con un sólido concepto del arte: una pintura personal, sincera y despierta, de gran sensibilidad, maestría y profesionalidad. Como si hubiera estado toda la vida pintando. Me llama la atención su autorretrato, tan rico en matices. Su forma de afrontar el retrato en general. De haberse dedicado por completo a la pintura, sin ninguna duda se hubiese convertido en uno de los grandes pintores españoles de su época.

En definitiva, he encontrado puntos en común en muchas de las manifestaciones de Buero. Creo haber llegado a entenderle bastante bien. No he vivido sus circunstancias ni época, pero como pintor experimento sus mismas inquietudes profesionales. Si hay algo grandioso en el arte es su atemporalidad y universalidad, que le permite superar las comunes limitaciones de la física.

 

 

Tengo entendido que estudió usted durante un breve periodo de tiempo en el conservatorio. Su pasión por la música es otra característica que le acerca a Buero Vallejo, cuya obra presta especial atención no sólo a la pintura sino también a la música. Él dijo en cierta ocasión que habría sido feliz como músico[3]. ¿Piensa usted lo mismo? ¿Alberga algún remordimiento por haber renunciado a esa carrera?

 

No, no albergo ningún remordimiento. Estoy convencido de que hice lo que debía. Son decisiones difíciles que uno ha de tomar en momentos concretos de su vida. En ese instante puede resultar doloroso, pero creo que es cuestión de responsabilidad y honestidad intelectual: con dos disciplinas tan complejas y exigentes como la música y la pintura, difícilmente se puede llegar a dar lo mejor de uno mismo al tiempo en ambas.

No obstante, como en el caso de Buero, también en mí habrá siempre un poso de especial afecto e interés hacia la música. Constantemente, para explicar el proceso pictórico, propongo metáforas relacionada con la música, prueba de que a menudo la tengo presente. La pintura, a su modo, es música también: está llena de tonos y matices que hay que hacer vibrar de la forma correcta para que suenen bien.

 

 

Buero Vallejo, en obras como El sueño de la razón, protagonizada por un anciano Goya renuente a someterse a los caprichos de Fernando VII, aborda el argumento del enfrentamiento entre el poder y el arte: el arte cautivo de los intereses políticos y al servicio de un mensaje propagandístico, la dependencia del artista de los mecenas y sus caprichos y, por el contrario, el arte como máxima expresión de la libertad e incluso como mecanismo para preservar la lucidez y los derechos en la sociedad, para evitar la arbitrariedad y el despotismo; el arte, en definitiva, como denuncia contra los excesos del poder. ¿Qué piensa usted sobre estos argumentos?

 

Por desgracia los tentáculos del poder siempre se ciernen de una forma u otra sobre el arte con la infame intención de usarlo en su propio beneficio. Sucedió con el arte propagandístico desde la propia Antigüedad. Y la situación, aunque pueda parecer lo contrario, en realidad no ha mejorado mucho.

Forzar al arte a politizarse me parece un error. Especialmente si esto implica que se desatiendan las formas, la verdadera capacidad de ejecución, y se acabe justificando cualquier cosa o ensalzando la mediocridad. La pintura no es sólo un mensaje, por muy honesto y lícito que éste pueda revelarse; está sujeta a exigencias artísticas. Si no, reduciríamos la pintura a mera publicidad.

Creo que para preservar los legítimos derechos de una sociedad han de utilizarse otras vías más apropiadas y efectivas. Especialmente ahora que los medios de comunicación alcanzan casi cualquier lugar en lo que se puede considerar tiempo real. Como fórmula de denuncia, estimo que la pintura ha dejado de tener el poder que tuvo antaño, por ejemplo en el periodo de Goya, que en efecto desarrolló una encomiable labor en favor de los derechos y libertades del pueblo incluso a costa de su propia seguridad. Entre otras cosas porque, aunque me duela tener que reconocerlo, me parece que el arte ahora mismo no cala especialmente en el grueso del potencial público espectador. Durante mucho tiempo ha interesado ofrecer espectáculo como si ése fuese el verdadero arte, y esto ha tenido una consecuencia nefasta sobre el juicio crítico de las personas. Pensemos por ejemplo en las ferias de arte… No creo que en este momento estén comprometidas con ninguna causa noble ‒incluido el propio arte en sentido estricto‒, con nada que no sea generar espectáculo para intentar obtener beneficios económicos. ¿Se pretende hacer de esto, acaso, nuestro Dos de mayo goyesco? No creo que debamos caer en esa trampa, nada más que una pueril justificación para los intereses personales. En el periodo goyesco el arte tenía un sentido testimonial y de denuncia muy respetable y necesario que yo ahora apenas encuentro por ninguna parte.

Caso distinto, estoy convencido, es el de la literatura. También porque constituye otra fórmula de expresión artística diversa y cala de otra forma en la sociedad. Igual que Buero escribió un tetro muy comprometido con las consecuencias de la Guerra Civil y posterior transición, con los malos hábitos adquiridos por la sociedad española, tengo la prueba de que sigue habiendo autores que escriben con el generoso afán de mejorar su sociedad mediante la sana crítica.

Yo creo que la pintura ha de ser lo más pura, personal e individual posible. Nuestro tiempo lo necesita más que nunca. En el momento en que se desvirtúa por efecto de otros intereses, se contamina y para mí pierde su esencia verdadera.

 

 

¿Algo más que desee añadir?

 

Desearía agradecer al Museo Nacional del Teatro, especialmente en las figuras de su director, D. Andrés Peláez Martín, y de doña Esmeralda Serrano Molero, técnico de Documentación del Museo, la cálida acogida que me han dispensado, así como su profesionalidad y diligencia. Al margen de la satisfacción que para mí supone pertenecer a una colección tan importante y verme al lado de autores tan admirados, ellos, con su apoyo, al alojar este cuadro precisamente en lo que se puede considerar un templo del teatro, han facilitado también mi objetivo de hacer justicia en lo pictórico a algunos autores que quizá habrían merecido más atención por parte del mundo de la pintura. Y esta solidaridad, esta empatía, el sentirme comprendido, me ofrece además nuevo impulso creativo, motivación y estimulo, todo ello esencial en una profesión tan complicado como ésta.

 

NOTAS

[1] Parte del elenco de virtudes y defectos del autor que realizase Patricia Waker O’Connor (O’Connor, Antonio Buero Vallejo en sus espejos, Madrid: Fundamentos, 1996, p. 33).

[2] En su artículo «Temas para un concurso», publicado en Gaceta de Bellas Artes (n.º 451), en noviembre de 1935, bajo el pseudónimo de Nicolás Pertusato. Esta idea la repite Nietzsche tanto en Humano, demasiado humano, como en Así habló Zaratustra, donde escribe: «Que vuestro amor a la vida sea un amor a vuestra más alta esperanza, y que vuestra más alta esperanza sea el pensamiento más alto de la vida. Pero debéis permitir que yo os ordene vuestro pensamiento más alto: EL HOMBRE ES ALGO QUE DEBE SER SUPERADO».

[3] En entrevista realizada por Andrés Amoros para Diario 16 del 15de agosto de1989, aseguró que «habría sido feliz siendo músico» (O’Connor, op. cit., p. 37).

 

Antonio Buero Vallejo por Alejandro Cabeza_Detalle

Antonio Buero Vallejo por Alejandro Cabeza_Detalle

 

 

 

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Alejandro Cabeza (Barcelona, Cataluña, España, 1971). A los doce años comenzó a recibir lecciones de dibujo y pintura de diversos docentes. Antes de iniciar sus estudios universitarios cursó un año en la Escuela de Artesanos Fundación de la Comunidad de Valencia, entonces dirigida por Luis Massoni, sobrino nieto del insigne pintor Manuel Benedito Vives. Contemporáneamente a su formación en la Facultad de Bellas Artes de San Carlos de la Universidad Politécnica de Valencia, donde se licenció en 1993, cursó estudios en el Conservatorio Superior de Música de dicha ciudad. Recibió sus primeros premios de pintura con apenas diecisiete años. Ha participado en diversos certámenes locales, nacionales e internacionales de pintura, y ha sido ganador y accésit, así como finalista, en varios de ellos. Entre sus más importantes galardones: los conseguidos en el Premio «Alex Alemany» del Ayuntamiento de Valencia (1994 y 1995), el del Centro Cultural de los Ejércitos de Valencia (1995) y el obtenido en el Primer Certamen Bienal de Pintura y Escultura «DIMENS ARTS» de Valencia (2003). Dignos también de mención son los reconocimientos alcanzados en el Certamen Autonómico de Pintura de La Vall D’Uixó (Castellón, 1988), en el Concurso de Pintura de la Unión Europea de Elda (Alicante, 1991), en el Certamen de Pintura «Pintor Sorolla» de Elda (Alicante, 1996), en el Premio Nacional Bienal «Ignacio Pinazo» (Godella, 1998), en el Premio «Vicente Hernández» de la Fundación Agricultura y Medio Ambiente (FUVAMA) de la Comunidad Valenciana (2003) o en varias ediciones del Premio de Pintura «Colegio Oficial de Agentes Comerciales» de Valencia, entre otros.

Su primera exposición individual tuvo lugar en el Círculo de Bellas Artes de Valencia (1993). Ha participado en una veintena de exposiciones colectivas e individuales desde 1988. Entre ellas cabe destacar las varias individuales realizadas en el Círculo de Bellas Artes de Valencia, su exposición individual en el Centro Cultural de los Ejércitos (Antiguo Gobierno Militar) de Valencia (1997) y en el Museo Vicente Blasco Ibáñez de Valencia (2004). O sus exposiciones colectivas en el Ateneo Marítimo de Valencia (1990), en el Museo de la Ciudad de Valencia (1994) y en el Palau de la Música de Valencia (2005).

Algunos de sus cuadros están expuestos permanentemente en edificios oficiales o forman parte de los fondos de diversas instituciones, organismos y centros públicos, como el Círculo de Bellas Artes de Valencia, el Gobierno Militar de Valencia, la Excelentísima Diputación Provincial de Valencia, el Excelentísimo Ayuntamiento de Barcelona, el Excelentísimo Ayuntamiento de Valencia o el Ilustre Colegio de Notarios de Valencia, entre otros. Sus obras forman parte de las colecciones del Museo de la Ciudad de Valencia, el Museo de Aeronáutica y Astronáutica de Madrid y el Museo Vicente Blasco Ibáñez. Dos retratos suyos de los escritores Alejo Carpentier y Nicolás Guillén son patrimonio del pueblo cubano y se exponen en la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba. Otras de sus obras han pasado a convertirse en patrimonio de instituciones finlandesas y descansan en Helsinki. Su retrato de la escritora doña Ana María Matute forma parte de los fondos de la Real Academia Española de la Lengua. Otros retratos suyos serán incorporados en breve a las colecciones permanentes de instituciones como el Museo Provincial de Bellas Artes de Badajoz, el Museo Casa Molino Ángel Ganivet de Granada, la Universidad Internacional de Andalucía, la Real Academia de San Quirce de Segovia o la Academia de las Buenas Letras de Granada.

Parte de su pintura ha sido adquirida en el extranjero y ha pasado a engrosar colecciones privadas de España, distintos países de Europa, Suramérica y Norteamérica. Otras obras han sido escogidas como portada para diversas publicaciones. Cabe destacar al respecto la antología de cuentos de Vicente Blasco Ibáñez publicada por la editorial Akal en 2009 y La pugna ortográfica: ¿Lengua valenciana, lengua catalana o lengua occitana? (Confluencia Valencia, 1999).

El crítico de arte Francisco Agramunt lo incluyó en su Diccionario de Artistas Valencianos del siglo XX (Albatros, 1999) y en su obra Artistas valencianos del siglo XX (Diputación de Valencia, 2000). Lorenzo Berenguer lo incluyó también en Artistas valencianos contemporáneos, tomo II (Archival, 1997) y en Artistas que dejan huella (Archival, 2000).

En 2001 la Diputación de Valencia publicó su libro Luz valenciana, en el que se recogían cien paisajes de los pintados hasta aquel momento. Ejemplos de su pintura pueden contemplarse en su web personal.

 

Salomé Guadalupe Ingelmo (Madrid, 1973). Formada en la Universidad Complutense de Madrid, Universidad Autónoma de Madrid, Università degli Studi di Pisa, Università della Sapienza di Roma y Pontificio Istituto Biblico de Roma, se doctora en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Madrid. Miembro del Instituto para el Estudio del Oriente Próximo de la UAM, desde 2006 imparte cursos sobre lenguas y culturas mesopotámicas en dicha universidad.

Ha recibido premios literarios nacionales e internacionales. Sus textos de narrativa y dramaturgia han aparecido en numerosas antologías. En la última década ha sido jurado permanente del Concurso Literario Internacional «Ángel Ganivet» (Asociación de Países Amigos, Helsinki, Finlandia) y jurado del VIII Concurso Literario Bonaventuriano (Universidad San Buenaventura de Cali, Colombia).

Publica asiduamente ensayos literarios, tanto académicos como de divulgación, en diversas revistas culturales y medios digitales nacionales e internacionales. De entre los últimos: El último vuelo de «Un señor muy viejo con unas alas enormes». La decadencia de América Latina según García Márquez, en Revista Destiempos (México) n.º 45, Estudios y Ensayos, junio-julio 2015, pp. 59-81. Sus críticas de cine aparecen en la revista digital Luz Cultural y en el diario Luz de Levante.

Más información sobre su producción literaria.

 

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ENTREVISTA AL PINTOR ALEJANDRO CABEZA CON OCASIÓN DE LA SELECCIÓN DE SU RETRATO DE JUVENTUD DE BUERO VALLEJO COMO PIEZA DEL TRIMESTRE EN EL MUSEO NACIONAL DEL TEATRO DE ALMAGRO. Por Salomé Guadalupe Ingelmo, 10.0 out of 10 based on 1 rating
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