La historia de Lola B. Por Amelia Pérez de Villar

8 de marzo

Empecé a trabajar a los seis años. Trabajaba para sacar buenas notas, ser una mujer de provecho, labrarme un porvenir, no ser un parásito, no terminar fregando escaleras, no depender de nadie. La remuneración era la tranquilidad de que todas aquellas amenazas no serían, al fin, reales.

De verdad empecé con 17, y los objetivos no habían cambiado. Y seguí hasta que un día, bordeados los treinta, me vi cerrando con una mano el ataúd de mi madre y con la otra empujando el carrito de mi hijo. Y se acabó la peli. Con una buena base y una carrera prometedora por delante tuve que seguir haciendo malabares, colocando en segundo plano todo lo que no afectara directamente a las personas. Sobre todo a las personas indefensas.

Mi madre quería que sus hijas fueran «cultas y libres, no como ella». Se fue creyendo que era así. Yo paso el día, todos los días, traduciendo, poniendo lavadoras, haciendo la comida y la plancha, poniendo a prueba mis dotes de negociadora y psicóloga de andar por casa, para las que no me preparé porque a mí no me iba a hacer falta eso. Hoy, cuando he llegado a casa y me he puesto a recoger la ropa tendida, mi hijo ha dicho: «Pobre, acabas de llegar y ya estás haciendo cosas de la casa». Este es mi mejor sueldo, la nómina más alta que he cobrado en mi vida. Pero, por favor, a mí no me celebren mañana. Como a tantas otras. No tendría sentido.

Amelia Pérez de Villar

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