Aquí estoy yo. Por  Pedro Silva

Aquí estoy yo

 

Si me hubieran preguntado, hace media docena de meses atrás, si estaría en esta situación, me hubiera reído y burlado en la cara de otro, que era un chiste de muy mal gusto.

Es increíble cómo era tan joven hasta hace poco tiempo. Tenía vida, fuerza, me sentía superior. Superior, ¿lo creen?

¡Increíble… imbatible… inmortal!

Qué voluntad de reír en medio de las lágrimas. Inmortal. Cuán necio era… Nadie es inmortal. Hasta hay quien dice que Dios está muerto.

Dios…

Dios…

¿Dónde estás?

¿Por qué huiste de mí?

Volví a pensar en Dios, después de tantos años pensando que nadie necesita a Dios. Que me sentía ateo. Una invención de media docena de fanáticos, pensaba desde la altura.

Dios no existe gritaba con fuerza en reuniones de café, junto al olor bien perfumado del tabaco mezclado con la cafeína.

Y gritaba bien alto para que todo mundo escuchara: ¡Dios es una invención!

Y ahora, Dios mío, qué falta me haces.

¿Por qué me abandonaste?

¿Por aquello que decía?

¿No es voluntad de Dios perdonar? ¿No es un mandamiento divino?

¿Por qué no fui perdonado?

Aquí estoy yo.

Sentado. La mirada hacia el cielo. Allá abajo los coches pasan, las personas deambulan, quizá de forma errante. Parecen hormigas.

(Nunca entendí por qué se habla de hormigas para referir pequeños seres. ¿Y las moscas? ¿Los mosquitos? ¿Seres repugnantes? Tal vez. Sin embargo, ¿no es el ser humano igualmente repugnante?)

Parecen hormigas, insectos vulgares, desconociendo que, como yo, no son inmortales. Y que, tal como yo, pueden decir lo que quisieran, pero van a darse cuenta que Dios existe. Es real y no perdona, al contrario de los mandamientos sagrados.

¿Por qué tanto bullicio? ¿Hacia dónde van las personas? ¿Qué quieren? ¿O qué hacen? ¿Por qué no se detienen? ¿Por qué no se detienen? Grito: ¿por qué no se detienen?

Nadie me oye. Estoy demasiado lejos, demasiado lejos de todo y de todos.

Esperen: ¿estaré vivo? Me interrogo. Recurro al tradicional pellizco en una parte de mi cuerpo. Me duele. No es un sueño, ni estoy muerto, estoy vivo.

Aquí estoy yo.

¿Pero estaré vivo? ¿Esto es vivir?

Aquí estoy yo.

Vislumbro, en pocos instantes, toda mi vida, todo mi pasado. Al final de cuentas, ¿qué hice? Nací, crecí, estudié casi dos decenas de años.  Obtuve un título superior. (Felicidades, me dijeron todos los familiares más próximos. Es un Señor Doctor). Me enamoré de tres personas diferentes. No me gustó ninguna. Me gustó otra persona, pero a ésa nunca le gusté. Sí, nunca quiso, fue falta de voluntad tan sólo. Porque pudo muy bien haber sentido amor por mí. Si yo lo sentía por esa persona, ¿por qué no era correspondido?

La verdad, el fruto prohibido es precisamente el más apetecido. Siempre me gustaba alguien a quien no le gustaba. Siempre quise tener aquello, que no podía. Siempre quise hacer cosas para las cuales no estaba capacitado.

Y ahora también percibo que no soy inmortal, lo que creía piamente hace tan poco tiempo.

Nunca estaba resfriado. Fui al médico media docena de veces a lo largo de mi vida. Muy pocas veces me vacuné. ¿Para qué? Era fuerte que ni un toro. Vigoroso, atlético y saludable. Inmortal, tal vez… En aquel día se me ocurrió hacer un análisis sanguíneo. Curiosidad.

Podía tener diabetes, colesterol, algo por el estilo. No me importaba, son dolencias comunes que, bien cuidadas, no hacen mucho mal, pensaba en mi ingenuidad.

Hasta lo encontraba divertido poder decírselo a mis amigos: ¿sabían que tengo el colesterol alto? Luego allí arrancaríamos un tema de conversación y  tendríamos oportunidad de bromear un poco sobre la vida. Para nosotros, que somos inmortales, bromear sobre las enfermedades es normal y aceptable. Son apenas un mero accidente en el recorrido de un viaje interminable e imperturbable.

Pero  en aquel día el viento no sopló a mi favor.

¿SIDA? Pregunté al sujeto de bata blanca que estaba frente a mí. ¿Cómo? No tengo síntomas, me siento listo para correr tres veces la maratón y aún jugar un partido de fútbol con mis amigos. ¿SIDA? Está bromeando conmigo, ¿no? No, respondió secamente.

En ese día deje de tener ganas de bromear. Me di cuenta que no era inmortal. Me di cuenta que Dios existía –en caso contrario yo tendría la oportunidad de decidir mi propio destino. También me di cuenta que mi vida, al contrario de lo que siempre pensaba, no estaba en mis manos.

Una vez únicamente… Sólo una sin condón. ¿Cuántas probabilidades de que eso suceda? ¿Una en un billón? Pues, sucede.

Aquí estoy yo.

Aquí estoy yo

Allá abajo el mundo continúa en su ritmo perfectamente natural. Nadie se detuvo para escucharme. Nadie está preocupado si tengo un minuto, un año o una  década más de vida.

Soy perfectamente insignificante. No existo para nadie. Por eso, precisamente aquí, a treinta y tantos pisos del suelo, en la cumbre de un vulgar edificio,  de una vulgar calle,  de cualquier ciudad, sólo estoy yo y Dios, que escucha, que me condena, que me hace pensar en todo lo que no hice y debí haber hecho.

No merecía esto… Aún soy joven. Treinta años. Tres décadas apenas. Todavía no comenzaba a vivir realmente.

Y ahora, ¿cuánto tiempo me restará? ¿Un día, un mes, un año? El médico no quiso dar fechas. Apenas dijo que, con la medicación correcta, cumplida de forma rigurosa, puedo estar muy bien durante mucho tiempo y que puedo llevar una vida casi normal.

Ah, y refirió, que lo peor no es el virus que tanto se teme, sino las complicaciones por él causadas, como la entrada de otros virus en el sistema debilitado. ¡Mentira! Morimos de SIDA y nada más.

Simplemente se muere.

Y yo quería ser inmortal. Juro que quería… y mucho.

Paso los días pensando, desde aquella fatídica consulta médica, que no iré a morir de SIDA: juro que no lo haré.

No conté esto a nadie, sólo en conversaciones con Dios. Y Él se ríe en mi cara. Dice que nadie es inmortal y que esa enfermedad no tiene una fuga posible. ¿Será? Respondo.

Aquí estoy yo.

Finalmente todos van a darse cuenta que soy inmortal. Y no lo seré si esa fuera mi voluntad. Voy a contrariar al destino.

Y voy a demostrarle a Dios que quien manda en mí soy yo.

Los meses pasaron y nunca tuve coraje de demostrarle que soy inmortal.

Por eso estoy aquí, sentado a muchos metros del suelo, para mirar allá abajo.

Leí alguna vez que un suicidio era una actitud cobarde. Desde la altura, yo defendía la misma teoría. Es más fácil matarse que enfrentar los problemas.

Ahora, aquí, mirando  allá abajo, me doy cuenta que la teoría estaba totalmente errada. Crean que cuesta mucho más suicidarnos. Más fácil es dejar que las cosas sucedan, sin participar activamente en nada, ser un peón del destino.

Por lo tanto, llego a la altura para demostrar quién manda en mí: ¡yo!

Me levanto. Veo a la cima y digo: Ves, Dios, ves que soy yo quien manda en mí. Y soy inmortal. Inmortal, ¿escuchaste?

Miro hacia abajo.

El momento llegó. El mundo no paró de girar. Las personas continúan con sus tristes vidas a un ritmo normal, de siempre, como si no supieran que yo soy inmortal.

Estoy de pie. Siento el viento batir fuertemente contra mi cara. Dios parece querer empujarme hacia atrás. No, ni pensarlo.

Yo soy inmortal.

Di un paso al frente.

Aquí estaba yo.

 

©Pedro Silva
2011
Portugal

  Traducción: Jorge Mendoza Romero

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