Arraigo. Por Jordi Rosiñol Lorenzo

 

Arraigo

 

Su primer recuerdo le dibuja perpetua en la memoria una sonrisa; protegida del exterior en la bolsa traslúcida, ilumina el entorno interior de color carmesí; perfumado del aroma que emana a su alrededor, aún sigue sujeta y mecida en el estambre. El suave bamboleo que produce dócil el viento contonea insinuantes de un lado a otro a la infinidad de espigados tallos, que firmes y sutiles sujetan cada uno a su flor asilvestrada; una imprevista y perfecta obra de arte natural, de exquisita uniformidad, pinta escarlata el verdor del campo colmado de amapolas.

Las diferentes semillas susurran inquietas las unas a las otras, comienzan a impacientarse. Y las más inocentes del cáliz también están medio asustadas ante los comentarios de las más espabiladas, que no escatiman en dar un halo de misterio a las explicaciones sobre el futuro de todas ellas. A pesar del enfado del estilo con chisteo incluido, ni así consiguen que callen mientras se balancean en los estambres; cuentan que cualquier día, y sin tardar mucho ya, llegarán por el aire precedidas de un ruido atronador las abejas que, sin dejar de batir las alas, las succionarán y las llevarán aleatoriamente al destino vital y definitivo.

No quería pensar en ello. Todo el crisol de sensaciones que le rodea le hace feliz, aunque es consciente de que el tamaño de ella y de sus hermanas es cada vez mayor, y crecen al compás que crece la algarabía jovial reinante en el prado de no menos de doce tahúllas. El Sol de esa mañana rabiaba más que de costumbre sobre los pétalos, radiando con inquina en la humedad de la savia que nutre las delicadas paredes de la flor. El estigma preocupado otea el exterior, y de vez en cuando mira hacia adentro con un gesto serio que nada halagüeño transmite, no dice nada, pero su silencio ensordecedor los mantiene tensos. Sofocante, el Sol dio paso unas horas más tarde a un viento frío y creciente que empuja rápido sobre ellos las nubes de color gris oscuro cargadas de mayúscula humedad, ennegrece paulatinamente el cielo, la primera mirada de la semilla es directa a la cara del estigma, el vigía le esquiva la mirada con los ojos llenos de pánico. El movimiento armonioso de los primeros meses del estío se convirtió esa tarde en una oscilación violenta del tallo, del silencio pasaron a vociferar hasta desgañitarse; aferrada con todas las fuerzas que podía al estambre se mantuvo, hasta que llegó un momento en que le vencían las fuerzas y sabía que al próximo cimbreo ya no aguantaría, y así fue como se alejó por primera vez de la flor que le vio nacer y donde tan feliz había sido.

Arraigo

Catapultada la semilla, voló y rodó inconsciente por el suelo mojado, voló y rodó sin cesar, levantada, empujada y despedida por la rabia de la tormenta, sin cesar, sin tregua alguna, nunca supo cuánto tiempo pasó hasta que se detuvo. Pero cada vez que lo cuenta a sus vecinas de la nueva pradera donde creció y se estableció, y por muchos veranos que hayan pasado, no puede evitar llorar en silencio mirando el cielo traicionero. Hecha toda una adulta y bella amapola en nada se parece a la pequeña semilla negruzca que fue. Ahora vuelve a ser feliz en su nuevo hogar, en las también muchas tahúllas de terreno, esta vez bañadas del amarillo brillante de las margaritas, que conviven rodeando la única pincelada de color rojo de la amapola que ya para siempre las acompañará hasta el último de sus días.

Jordi Rosiñol Lorenzo

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