Las voces se apagaron de súbito, una tras el estertor de la muerte, las otras tras haberla infligido. Minutos antes el ruido era una especie inaudible de susurro entrecortado, como temeroso de ser escuchado.

El emperador se dirigía hacia su dormitorio, ya era hora de descansar un poco. Llevaba dos días sin dormir. La crueldad loca y desmesurada no se lo habían permitido. En una tregua de esta, mientras caminaba solo por el silencioso pasillo en esas horas de la madrugada, se preguntaba a sí mismo qué más podría hacer para satisfacerse. Ya había asesinado, martirizado, vejado, deflorado a jóvenes de los dos sexos….incluso su blanco corcel ‘’incitato’’ había sido nombrado con el puesto que se merecía, ¿pero qué más quedaba por hacer?. Podía hacer un viaje, uno de esos sin que el senado….<<ese grupo de ancianos mezquinos y falsos>>….lo supiese. Visitaría un país oriental, ordenaría un harén para él y lo traería a Roma, después de haberlo catado uno por uno de sus miembros. Lo peor sería que el pueblo se opusiese y como no podría aniquilar a toda Roma, haría saber que el harén no era más que un conjunto de mujeres huidizas de su tierra y que solo buscaba el magnánimo amparo de Roma y si el senado….<<ese grupo de brujas viejas e insoportables>>….alzara mucho la voz, ajusticiaría a todo el harén, también uno por uno. Todo ello lo pensaba en una tregua de su crueldad.

El emperador se sentía poderosísimo, respiraba poder, llenaba sus pulmones de poder y los vaciaba con maldad. Pensaba y por ello se alegraba de que no había nacido ningún Diós que lo derrocara y mucho menos un hombre.

Tras llegar al final del pasillo, había una enorme sala decorada con cortinas y visillos, la cual conectaba un pasillo con otro que desembocaba finalmente en los aposentos imperiales. En esta sala el emperador se sintió indispuesto, el ardor de estómago era considerable y tuvo que apoyar su mano en una de las columnas, se inclinó y vomitó.

Tras restablecerse y calmarse del sofoco, se dispuso de nuevo a caminar, en la cama se recuperaría del todo de tanta orgía.

En ese momento cuatro pretorianos lo rodearon, sin apenas decir nada, con sus rostros fríos y mirada asesina.

Tranquilos, me encuentro mejor. Es algo tarde para que sigáis haciendo de niñeras.

Afimó el ‘’imperator’’ con voz burlona y socarronería. Ninguno de los pretorianos contestó nada. Uno de ellos, el que parecía más veterano hizo una señal afirmativa con la cabeza a otro, éste se abalanzó hacia el emperador, al grito de:

¡Muere maldito Calígula!

Le asestó una puñalada mortal en el costado derecho, aquello era más doloroso que el ardor estomacal. Los otros tres le siguieron y los gritos precedieron al estertor de la muerte del emperador.

Cambio en todos los sentidos, ahora eran los pretorianos los que se satisfacían al ver al tirano muerto. Parecía un chiquillo, semidesnudo e indefenso y la duda era ahora el porqué no lo habían eliminado antes, era sencillamente por más de una conveniencia.

Mientras los cuatro verdugos imperiales observaban el ya cadáver imperial, algo o alguien gemía en la estancia y no muy lejos de allí. Las alarmas se encendieron, alguien los había visto y eso a más de uno no le agradaría saberlo.

Lo localizaron rápidamente y para sorpresa era el tío de Calígula, el pobre tío Claudio.

Como no podían reprocharle nada, el más veterano tuvo una idea brillante. Lo levantó de su escondite entre las cortinas, le secó las lágrimas, lo atusó un poco y exclamó:

¡Ave César!

Los otros tres se rieron a carcajadas, pero dejaron de hacerlo al ver que su guardia superior no lo hacía y seguía con su saludo ante el pobre tío Claudio. Los tres entendieron la escena, comprendiendo que aquello podía salvarles la vida y es que el muerto aún gozaba de adeptos, pocos, pero unos por intereses adquiridos y otros por falsa admiración, los había.

Claudio, sobrino y tío de emperadores de Roma los miró y automáticamente se sintió como tal.

Bueno, alguien tiene que serlo y quien mejor que yo.

Fueron sus primeras palabras en aquella larga noche y ante el cadáver de su sobrino, al cual quería dar una sorpresa escondido entre las cortinas y continuar así con su fama de tonto, defecto que Calígula perdonaría, excluyéndolo siempre de todas sus crueldades.

De estar escondido en unas cortinas, a gobernar al más poderoso imperio del mundo antiguo, el destino y la casualidad así lo decidieron, llegando a convertirlo en uno de los más inteligentes emperadores romanos.

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