Un Camino misterioso

Otra vez el camino. Pero ahora sólo pretendíamos descubrir, meses después y desde lejos, ese misterio que no hacía más que escaparse una y otra vez cuando, en abril, hicimos el camino hacia Santiago recorriendo esa Galicia escondida, fuera de circuito, tan desconocida. Esta vez se trataba de hacer la ruta que atraviesa las tierras leonesas, a ver si ahora, sin que nos sedujera la magia de Galicia, llegábamos a entenderlo del todo. Ahora era marchar junto a los peregrinos estivales (en pleno agosto, casi una turbamulta), hasta dejarlos a punto de subir el mítico Cebreiro, hacer el camino como entonces, sí, como un peregrino más (mochila y bordón, andadero y saco de dormir), pero esta vez esforzándonos en coger cierta distancia con esa aventura estética, como hubiera dicho Ortiz de Lanzagorta; observarlo todo desde fuera, como si marchásemos por un camino paralelo al de los demás, próximo pero distinto, algo así como si anduviéramos por uno de esos túneles solitarios por el que marchaba el atormentado personaje de la novela de Sábato. Pensábamos que así podríamos desentrañar de una vez ese misterio que tanto nos había llegado a desconcertar y que antes, en la caminata abrileña, sólo nos había dejado su aroma cautivador.

            Ahora, con este extraño Camino que nos habíamos propuesto —en cierto modo, un camino hacia ninguna parte—, se trataba de intentar atrapar a través de sus gestos algo de la vida de aquellos arrebatados caminantes, a ver si lográbamos sacar alguna conclusión razonable que nos diese la justa explicación para este inefable fenómeno que sigue convocando multitudes cuando el segundo milenio está a punto de clausurarse.

          Y creímos haber descerrajado el misterio cuando contemplamos a una miscelánea de peregrinos de todas las procedencias (los brasileños, seguramente arrastrados a la aventura al conjuro del libro de Paulo Coelho, otorgaban al conjunto un toque cálido y exótico), justo antes del descanso, rezando las Completas junto a las madres Carbajalas, en León, y luego recibir junto a ellos las dulces palabras que a modo de bendición nos dejó la madre abadesa como suele hacer cada noche del año con los peregrinos que allí se alojan (aún recuerdo cómo aquel joven francés que quería ser escritor se embelesaba con esas tiernas palabras). O también cuando aquella muchacha de etnia hebrea (se llamaba Yäel —un nombre bíblico, significaba gacela, según me dijo—), con la que me unía un inglés deficiente y algo chapucero pero que, sin embargo, fue más que suficiente para descubrirme el secreto de su peregrinaje. Yäel seguía los cantos y rezos con entusiasmo de novicia, todavía recuerdo su mirada verde, luminosa y enfervorizada.

            Una búsqueda estrictamente religiosa. Aquélla podría ser la explicación. Pero pronto comprendí que no era siempre eso ni sólo eso lo que lanzaba al camino misterioso a tantas y tantas personas. Por eso, en Villar de Mazarife volví mi atención a Jorge Mauro (un alambicado nombre propio que él gustaba que recitáramos al completo cuando había que nombrarle). Un gallego simpático y vanilocuente a punto de cumplir los sesenta y cinco años, fuerte como un chiquillo y tenaz andarín que regresaba a su tierra caminando desde Roncesvalles. Ni él mismo sabía explicar qué le había llevado a hacer esa fabulosa caminata. O aquel otro, un niño bien (ropa de marca y rolex de acero), Álvaro creo que se llamaba (el apellido que le seguía también era de marca), que vi caminando extravagante y descalzo por la tarde, del albergue al bar, para descansar los pies, según decía. Más tarde, en Astorga, desdiciendo su abolengo, declinó mi invitación a una cerveza para almorzar solitario, en el banco de una placita, una lata de lata de sardinas y un sencillo chusco, al más puro y sombrío estilo peregrino. Álvaro, o como se llamase, también andaba en busca de algo grande que no sé si llegó a encontrar.

            Así iba siendo todo: personajes siempre profundos, a veces oscuros y silenciosos, que iban poblando el camino llevando a cuestas una extraña inquietud. Un camino que también se me iba antojando lleno de contrastes: una mujer de mediana edad y su hijo, un joven dulce y cariñoso que evidenciaba su retraso mental (siempre colmando a su madre de sonrisas y preguntas deliciosas), caminan sin descanso, jornada tras jornada, no se separan en ningún momento, casi siempre algo solitarios, un poco ajenos al torrente de peregrinos que avanza hacia el Apóstol. Tras ellos, unos jóvenes desahogados y risueños que no paran de galantear con dos espléndidas muchachas alemanas; apenas se entienden los unos con los otros, pero el sutil cortejo sigue kilómetro tras kilómetro a pesar de la insobornable barrera del idioma. En la plaza de Astorga, sentado en el Café Pasaje mientras escribo algunas notas,  no dejo de ver pasar la hilera de caminantes en un desfile que parece interminable. A mediodía irrumpen caballos peregrinos guiados por jinetes y amazonas impecablemente ataviados. Vienen cubiertos con verdes capas de caucho (la lluvia no faltó casi ningún día) y se condecoran con blancas conchas que cuelgan del cuello. Se detienen en el centro de la plaza mientras disfrutan de las miradas de asombro que despiertan, para luego alinearse a la espera de que un peregrino de infantería dispare esa fotografía que habrá de dejarles para siempre el recuerdo de aquel momento tan bellísimo. Luego, en Ponferrada, la casualidad me hizo saber que se trataba de maestrantes de Ronda en peregrinación.

            Ya en Villafranca del Bierzo, aún de madrugada, todavía de noche, vi marchar a muchos de ellos desde el Refugio de Jato pensando que nunca más volvería a verlos. Iban saliendo poco a poco rumbo al Cebreiro, ese día llegarían a peregrinos tras una durísima jornada. Arriba, las estrellas de la Vía Láctea, como ángeles revoltosos, parecían fulgir más que nunca como si quisieran llenar de un especial encanto ese momento que a mí se me antojaba, aunque triste, tan apacible. Mientras veía marchar a mis compañeros de camino cargados con sus mochilas y con sus sueños, llegué a pensar que, en realidad no había tal misterio en esta extraña locura o que, en todo caso, había muchos misterios, casi todos personales e inaccesibles, y que a toda esa gente tan diversa con la que me había venido tropezando días atrás sólo les unía la vehemencia del deseo de transformarse, en cierto modo el secreto afán de estrenar una nueva vida. Eso a lo que aspira la gente normal y corriente, ni más ni menos. Al fin y al cabo, el Camino de Santiago, como no se cansaba de repetir el personaje de la novela de Coelho, es para las personas comunes. Ésa y no otra tenía que ser la magia y el misterio escondido en ese camino legendario que sigue entusiasmando a tantos. Y es que, como ha escrito Claudia Castello, todos los caminos son mágicos si nos llevan a nuestros sueños.

 Escrito por “Azorin

Marzo 2005

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