Yo aprendí a leer. Por Ainize Salaberri

«Una amiga mía va de librería en librería, yo creo que finge, que se inventa su amor por los libros; no puede existir semejante pasión.»

Probablemente eso es lo que hubiese dicho yo, a mis nueve años, si hubiese tenido la capacidad de expresarme, en aquel entonces, con un lenguaje puro y directo. ¿Libros? Menuda cosa. La niña traviesa pero silenciosa que yo era no leía. En mi habitación había estanterías llenas de libros. Recuerdo el lomo de La isla del tesoro, que aún está (y creo que es de los pocos) en la estantería; recuerdo los lomos de los clásicos (tres estanterías en total, ordenadas por colores; rojo, azul y verde) con Tolstoi, Verne, Dostoievski. Pero, sobre todo, recuerdo cómo los miraba, con qué indiferencia y con qué sopor. Veía en mi casa a mi padre leyendo y suponía que era algo digno de hacer, algo que por algún motivo que no comprendía debía hacer. No lo hacía. Muchas veces, llevada por una culpa que no sabía muy bien de dónde venía, cogía los libros y los hojeaba. Pasaba las manos por ellos, por el lomo que, a veces, tenía relieve; abría el libro y pasaba los dedos por las letras. Quizás incluso en algún momento oliese las páginas, no lo sé. Y tal y como los abría los volvía a cerrar. No me convencían. No me gustaban. A lo mejor era porque los veía ahí, en la estantería frente a mi cama, y sentía que me estaban imponiendo algo. Además de traviesa era rebelde, a mí no me gusta que me manden, me oigo decir. Los veía ahí, esperando, y me daban rabia. Recuerdo lo que pensaba del tamaño de los cinco libros que formaban Guerra y paz. Lo único que me llamaba de la obra era la palabra guerra, pues definía perfectamente lo que sentía al mirarlos; era como si estuviese creando mi propia revolución negándome a leer. Y es que no entendía el placer que se me intentaba imponer. Lo mismo pasaba con los libros de lectura obligatoria en el colegio. Uno cada dos o tres meses, creo recordar, en castellano y en euskera. Y, cuando llegó el momento, también en inglés. Y los leía porque no me quedaba más remedio, pero aquello no ayudó a mi concepción principal de la lectura. En mi infancia nadie me enseñó a leer, nadie puso en mí la semilla de la curiosidad por ver qué demonios encerraban todos aquellos lomos de colores que, dicho sea por otra parte, alegraban mi habitación y hacían que me olvidase del horrible papel estampado de las paredes. Pero eso era todo; era bonito verlos desde fuera, única y exclusivamente, porque nadie intentaba que viese lo bonitos que podían ser desde dentro. De las explosiones en su interior nadie me habló, y yo me dediqué a perder el tiempo miserablemente. Y, pese a todo, me gustaba verlos, que se amontonasen, que mis padres me regalasen libros y los dejasen en las estanterías, que hiciesen sitio en ellas. Me gustaba tenerlos, tocarlos de vez en cuando, como si mi yo infante fuese capaz de advertir, de alguna forma, que en algún momento ellos se convertirían en parte esencial de mí misma y de mi vida, que realmente habría una revolución, una pasión, y que comenzaría gracias a ese amor por tenerlos ahí, cerca. Quién le iba a decir a aquella niña rubia y alejada de toda literatura que, en unos años, su vida no tendría sentido sin los libros.

Yo, como Agnès Desarthe, también tuve que aprender a leer.

¿Qué me interesaba de pequeña? La vida contemplativa, al parecer. No tengo un claro recuerdo de qué hacía para llenar las horas o, mejor dicho, qué hacía para perderlas. No leía, tampoco me esforzaba en el colegio. Hacía deporte, mucho, y me gustaba estar sola. Cuando terminé primaria y empecé secundaria me dio por leer los libros de Pesadillas, quién sabe por qué. Pero eran los únicos libros, junto con los del pequeño Nicolás, que me atraían, entretenían, divertían. Y los leía de una atacada, y pedía más, y leía más. Los lomos de colores seguían esperando su turno. Mientras leo Cómo aprendí a leer, de Agnès Desarthe, me siento muy identificada con la niña que ella era. Los libros no le interesaban: «Leer no sirve para nada. Yo lo que quiero es escribir. Aún ignoro que existe un vínculo necesario para ambas actividades». Escribir sí que me gustaba, como a ella. Recuerdo todos los cuadernos llenos de titulares y frases recogidas de los telediarios; llenaba páginas y páginas, con mi mala caligrafía, con todas las frases que escuchaba y que me daba tiempo a copiar. Saltos de historias que más tarde releería. También me gustaba ponerme delante de la tele, con cualquier cosa que mis padres estuvieran viendo, y con una frase cogida al azar escribir una historia. No sé qué fue de esos cuadernos ni qué objetivo pretendía con aquella actividad, pero recuerdo la sensación de estar haciendo algo importante. De pequeña, y es curioso, me llamaba más dejar por escrito —como si se tratase de una necesidad— que empezar por lo escrito. Era el camino incorrecto. Porque, como dice Desarthe, «La escritura es algo peligroso».

—Estoy tan hastiada —le confía a su hermana Julia, que se asombra:
—¿Cómo haces para conocer tantas palabras?
—Leo —responde Judith.
—¿Lees? Pero si no te he visto nunca con un libro en la mano.
—Leo a escondidas —murmura la pequeña.
—¿A escondidas de quién?
—De mí misma —responde aún más bajito.

Desarthe comienza a aprender a leer cuando su padre decide curarla (curarla de la no-lectura, claro). Le empieza a dar pequeños libros que sabe que harán que su hija cambie esa actitud un tanto despótica hacia la literatura. Le da a Camus, a Duras; descubre los asesinatos y los ambientes de Raymond Chandler, y da con El ruido y la furia, de Faulkner. Y sigue. Salinger. Woolf. Claro, pienso, así sí. También tiene una profesora sustituta que les hace leer a Prévert, que le lleva a Racine y su Fedra, y a sentir que la Bovary es una imbécil redomada. Aprende. Y un día llega a Isaac Bashevis Singer: «a partir del descubrimiento de Singer puedo leerlo todo. Ha saltado un cerrojo, ha cedido la última reticencia, ya no siento ni miedo ni aburrimiento (…) Me convierto en lectora compulsiva». Todos, creo, tenemos un escritor que nos cambia la vida, que nos hace lectores. Cuando una profesora, en cuarto de secundaria, me enseñó a leer, lo hizo a través de Gabriel García Márquez, de Darío Jaramillo Agudelo, de Benito Pérez Galdós, de Luis Sepúlveda. Luego llegaría otro profesor que me hizo amar, en la asignatura de Derecho, a George Orwell, a Franz Kafka, a Saramago. Devoré 1984 y creo que ese libro fue el que me convirtió en lectora. Más tarde vendrían los meses previos al gran salto académico y la búsqueda de lectura, casi todos los días, en las librerías, de aquellos títulos que habrían de iluminarme el camino. En aquel entonces eran los títulos los que me convencían, más que la contraportada. Con el tiempo aprendí a no fiarme de ninguna de las dos cosas; ambas eran bastante mentirosas. A leer también se aprende malgastando el dinero. Después llegaría la universidad y con ella todas mis obsesiones (Virginia Woolf, Frankenstein, Sylvia Plath, Anne Sexton), y más adelante llegaría la vida, y la revista, y…

Siento, de alguna forma, que la vida literaria, íntima y personal, exclusiva y privada, de Agnès Desarthe tiene mucho que ver con la mía. De pequeñas rechazábamos los libros, afirmábamos que no nos gustaba leer, pero sí escribir. Pese a todo, nuestros resultados académicos nos llevaban a tener que sobrevivir, o malvivir, de las letras. Ella creció en un entorno en el que todo lo que la rodeaba eran libros, intelectualidad. Yo crecí en una habitación en la que todo lo que me acompañaba eran libros y lomos de colores. Y la intención. Y el saber que allí había algo que podía cambiarme la vida. Tardé demasiado en descubrirlo. O quizás no. Ahora sé que todo lleva su tiempo, que todo tiene su momento. Por suerte, aquella profesora de literatura de secundaria y bachillerato me salvó la vida. Si no hubiese sentido ira y rabia después de leer Crónica de una muerte anunciada, probablemente no hubiese seguido leyendo. Si Orwell no hubiese llegado para darme una lección, seguramente no hubiese querido estudiar Filología. Si no hubiese estudiado Filología no hubiese descubierto a Virginia, y no imagino mi vida sin ella, pero tampoco sin Orwell, sin Kafka, sin García Márquez, sin Anne. Mi apellido se liga ahora a todos los apellidos que marcan mi historia literaria y que me dan sustento, seguridad, un mundo en el que apoyar los pies sin miedo a derrumbarme. Y todo debe ocurrir cuando debe ocurrir. Como encontrar al amor de tu vida. Ahora sé de lo que hablo. Desarthe también traduce, era el paso natural. Para ella la traducción admite ciertos cambios (el cambio en el nombre de un personaje, por ejemplo), lo que vienen a ser como saltos al vacío. De hecho, creo que lo entiende como algo así: dejarse la piel al borde del abismo y saltar, desnuda, en un mundo que no has creado pero al que debes amamantar; darle forma, cuidarlo, traducirlo. «Siempre tengo presente, al traducir, la imperfección, la merma, el fracaso. Volvemos a la decepción. En traducción se empieza sistemáticamente vencido. (…) Y sin embargo hay que hacerlo, traicionar con toda consciencia, franquear la frontera a riesgo de asesinar la tan frágil poética, hacer obra de contrabando, y para ello es necesario, antes, saber leer.» Y de nuevo me doy cuenta de que empecé a leer para poder traducir, que estudié Filología para leer y traducir, que deseo ganarme la vida leyendo y traduciendo.  La vida no da puntada sin hilo.

«Escribir, traducir (pero, finalmente, ¿no son una sola y única actividad?) me enseñaron a leer y siguen haciéndolo. Ahora que leer se ha convertido en mi ocupación principal, mi obsesión, mi mayor placer, mi recurso más fiable, sé que el oficio que he escogido, el oficio de escribir, ha servido y sirve sólo a una causa: acceder por fin a la lectura, que es al mismo tiempo el lugar de la alteridad calmada y el de la resolución, nunca concluida, del enigma que constituye para cada uno su propia historia.»

Ainize Salaberri
Traductora, profesora de inglés y creadora y directora de la revista literaria Granite & Rainbow.

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