Charco de ranas. Por Amelia Pérez de Villar

Charco de ranas

Hace unos años, con mis dos novelas en el cajón y muy poca –o ninguna– suerte para publicarlas, eclosionó Internet primero y luego la crisis. La gente se quedó sin trabajo y se puso a verter sus penas en papel o en soportes digitales, todos eran escritores o aprendices de escritor, los escritores que sí habían publicado se tuvieron que dedicar a dar talleres para enseñar a los que querían escribir pero no sabían, los que trabajaban en editoriales se quedaron sin trabajo y se dedicaron a labores de asesoría para que publicaran los que todavía no habían publicado porque no escribían bien, pero creían que sí porque habían ido a un taller donde les enseñaba a escribir un escritor que había publicado previamente pero ya no publicaba más porque nadie quería sus obras, porque ahora todo el mundo se bajaba gratis los libros de Internet. En este escenario (palabra horrible y muy mal empleada que queda muy bien aquí por lo gráfico y expresivo) un amigo me preguntó qué iba a hacer ahora. «Ahora» significaba, además de todo lo anterior, que no es poco (si se fijan, es un compendio antropológico, socioeconómico y cultural muy de andar por casa pero no por ello menos cierto y ajustado), «en un momento en que la gente, además de autopublicarse y lanzarse al Amazonas ese, escribe novelas a pachas en los 140 caracteres de Twitter; la autoficción tampoco es ya lo que era: ahora interesa denostarla (los más snob) y convertirla en un ejercicio de autocompasión que consiste en encuadernar los 500 estados de Facebook publicados en las últimas dos semanas con una cubierta (a la que, encima, llaman portada) diseñada por su primo que aún no ha salido de la Escuela de Diseño pero sí del frenopático, varias veces, y que lleva a las librerías en pequeñas tiradas una nueva raza de editores que en realidad abrieron la editorial para publicar lo que a ellos les gusta». Me preguntó, en otras palabras, si me iba a avenir a todo esto. Si quería pasarme dos, tres o cinco años escribiendo una novela según el canon occidental para no llegar a contar con el respaldo de una editorial solvente e iba a aceptar colgar mi engendro en Internet para que se sirvieran los buscadores de barra libre. Sabiendo además que, díscola como soy, nadie diría de mi criatura que era «la última, la definitiva y la absoluta» porque soy una borde estirada que se ha empeñado en no ir con los tiempos. Y respondí que yo escribía como se ha escrito siempre, que no cuento mi vida, que corrijo mis escritos, que cribo mis novelas y que, naturalmente, esperaba que alguna editorial digna de ese nombre la publicara, la distribuyera y la promocionara. Y si no, pues nada.

Como soy terca, sucedió eso. Igual podía no haber sucedido, pero para mí liarme a poner tuits graciosetes con el beneplácito y la colaboración de un grupo de amigos y seguidores es pasar el rato, no es escribir. Desde luego no es crear –por muy ingeniosos que sean– ni le convierte a uno en escritor. No es técnica ni es arte. Es uno de los males de la modernidad que nos ha caído, cada generación tiene los suyos. Como cuando se estilaba ir  a la playa con aquellos loros que hundían bajo su peso al escuálido portador…

Ahora la metástasis ha pasado, parece, a la traducción. Y eso es más grave. Igual de injusto, de feo y de adefésico, pero además grave. Porque un traductor, para serlo, se forma. Un escritor… no necesariamente. Un traductor, por serlo, paga impuestos. La traducción tiene un componente artístico y otro técnico, independientemente de que el texto sea de una índole o de otra. Para traducir hace falta instinto y oficio. El instinto se tiene, el oficio se aprende. Y estas dos cosas, imprescindibles las dos, tiene que tenerlas cualquiera que firme como trujamán responsable del texto que sea, del tipo que sea.

Como la crisis, lejos de resolverse, ha continuado extendiéndose y haciéndose más profunda, las librerías cierran y los dependientes se meten –un poner– a correctores, algunos de ellos siendo más papistas que el papa y desplazando al corrector profesional que corre una suerte parecida a la del traductor profesional, si no peor. Los escritores se meten a traductores. Los que pagan están encantados de que quien les hace el trabajo no ponga problemas existenciales (es decir, legales, tarifarios, y otras hierbas prosaicas de la vida diaria) y acepte un poco menos de calderilla porque así, a fin de cuentas, todos ganan. La ausencia de profesionalización redunda en peores productos, más baratos, más cutres. La cultura de la barra libre y del amiguetismo es una forma de endogamia en la que se refugia un montón de elementos que criticaba la endogamia del otro sistema, del «antiguo régimen». Queda únicamente la salida de seguir peleando desde las trincheras, esperar que el amiguete que no es traductor meta la pata y el editor –o el wannabe editor– vuelva al redil y reconozca que no fue buena opción, que el conocido que te corrige hoy esto y te quita de encima el marrón se replantee su futuro profesional en vez de jugar a los intrusos en un gremio bastante maltratado ya. Y que te vuelvan a llamar aunque cobres algo más, tardes algo más, y tu nombre resuene algo menos en las redes sociales y en el mundo mundial en general.

Pero nada, sigamos. Sigamos vociferando que la cultura tiene que ser gratis, que es una vergüenza que los traductores quieran figurar en la cubierta del libro cuando deberían ser invisibles, que uno pone una editorial (¿una editorial no era una empresa?) para publicar las cositas que no encuentra en las librerías… Que las librerías tengan que buscarse mil vueltas porque libros no venden, que los libros, total, se descargan gratis porque luego para qué lo quiero, que se organicen actos culturales (y luego no vaya ni el Tato), que si trabajas en algo del arte o la cultura para qué quieres cobrar, si haces lo que te gusta…

Al leer esto, si han logrado no perder el hilo o no ir a buscar un ibuprofeno, ¿no les parece estar asistiendo a la descripción de un sistema enfermo, lleno de malformaciones, deficitario, horrendo y caduco? Cuando me preguntan ahora, con todo esto, que si aún quiero ser traductora, poder traducir libros que llegan a muchos lectores (clásicos o best sellers), que mi firma aparezca en la cubierta (¡en la CUBIERTA, no en la portada!) de esos libros, que además se vendan y si es posible se reimpriman varias tiradas… Digo que sí. Claro que quiero. Lo que me pregunto, cada vez más veces diarias, es si sigue siendo posible.

Amelia Pérez de Villar 

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