Anecdotario. Por MainanD

Ratoneando archivos y hemerotecas encontré esta escena que deseo hacer llegar a los lectores, ante todo, como un homenaje a la mujer española que como anteriormente lo hicieron Agustina de Aragón, la Monja Alférez, la Malasaña y otras tantas con ocasión de la invasión Napoleónica de 1808, estuvo a la altura de las circunstancias, al lado de los suyos, compartiendo los peligros y sufrimientos que a todos impuso la campaña del Mundo contra el Estalinismo que terminó engulléndose media Europa.

Esta dice asi:

Voy a relatar una anécdota absolutamente histórica de la que puedo dar fe por haber sido testigo presencial del hecho, al igual que otros muchos heridos que, como yo, estaban en Königberg durante las Navidades del 42 al 43.

Pues, señor, cuando empezaron a alistarse voluntarios para marcharse a la División Azul, con el mismo entusiasmo de todos se apuntó un joven oficial provisional de Infantería, hijo único, por cierto, que removió Roma con Santiago para conseguir, al fin, ser destinado a un batallón en marcha hacia el frente ruso.

La despedida de su madre no fue tan afectiva como pudiera imaginarse, pues ésta, al abrazarle en la estación, dominando mucho su emoción, sin aspavientos de ninguna clase, se limitó a decirle: “Hasta la vista, hijo mío”.

Poco después de incorporado a su unidad en el frente, nuestro alférez recibió noticias de que su madre se había incorporado asimismo a un hospital de sangre voluntariamente, formando parte de un grupo de beneméritas damas enfermeras de Sanidad Militar, que tan valiosos servicios prestaron a nuestros heridos en aquella campaña.

Pasó el tiempo y llegó Navidad de 1942, y por orden del mando supremo del ejército alemán fueron autorizados todos los voluntarios extranjeros que tuvieran familiares en retaguardia a disfrutar a su lado de quince días de permiso , lo que la madre y el hijo de esta verdadera historia hicieron a conciencia, tratando de resarcirse de la separación anterior y de los temores e incertidumbres sufridos durante el desarrollo de recientes durísimos combates, en los que la madre, sabiendo que mandaba una sección de asalto, esperaba siempre verle aparecer en alguna de las camillas que llegaban al hospital llenas de heridos y que, en muchos casos, eran de la misma unidad de su hijo.

Koegnisberg en octubre de 1942

La satisfacción de ambos al verse juntos se manifestaba de mil formas, con esa natural alegría que las circunstancias del encuentro y el carácter, naturalmente expansivo que imprimía a los actores de este relato.

Cierto día saliendo de un teatro un grupo de oficiales y enfermeras, entre los que estaban la madre y el hijo de esta historia, que salieron del brazo riéndose y comentando las incidencias de la función, sin saber cómo, pues cuando los vimos ya estaba firme nuestro alférez, presenciamos como un imponente coronel alemán, hablando en francés, echaba un feroz rapapolvo al español, reprochándole con agrias frases su mal ejemplo por ir del brazo con las “enfermeras” cosa que prohibían terminantemente las Ordenanzas alemanas.

A continuación tomó la palabra el alférez, que continuaba en correcta postura militar y según lo hacía, con gran soltura, en la lengua de Moliere, observamos, no sin enorme sorpresa que el coronel perdía progresivamente la agresividad de su expresión, la arrogancia de su figura y hasta el color de sus congestionadas mejillas teutónicas.

Después, como quien ve visiones, asistimos a una escena original: el coronel en actitud suplicante, dijo unas palabras señalando a la dama, y por los gestos comprendimos que nuestro oficial se la presentaba. Besó su mano con el mayor respeto, permaneció unos momentos hablando con ambos y se despidió a continuación con grandes muestras de admiración y asombro, exteriorizados en numerosos taconazos y saludos.

Por lo que supimos después, la cortés acción de nuestro alférez, que motivó tal cambio de actitud fue la siguiente, poco más o menos:

-Mi coronel: soy oficial de la División Española, desconozco las ordenanzas alemanas que, además, no me obligan, pues no creo que haya reglamento alguno que impida a un hijo ir del brazo con su madre, especialmente cuando estoy aquí disfrutando unos días de permiso, voy a volver inmediatamente al frente para seguir mandando mi sección de asalto y no sé si la volveré a ver más. Ella y yo somos toda mi familia y ambos estamos luchando, cada uno a su modo, al lado de Alemania, lo que nos hace esperar más comprensión y más cortesía de nuestros amigos alemanes tradicionalmente tan comprensivos y corteses.

Lo demás ya lo saben ustedes, quedándome sólo añadir que el coronel alemán, uniendo la palabra a su cambio de actitud, manifestó su agradecimiento por la lección recibida y se excusó gentilmente por su increíble confusión.

Al llegar nuestros soldados a Alemania los juzgaron malos porque iban a menudo desabrochados, con un cigarro en la boca,  mal afeitados, o con la gorra torcida sobre la oreja, cosas inconcebibles para un soldado alemán.

A nuestros políticos los juzgaron débiles porque eran educados y, como todos sabemos, fueron inútiles los esfuerzos germanos para arrastrarlos a la guerra…

A la madre y el hijo de esta historia, dama enfermera y oficial de asalto, respectivamente, los juzgaron novios.

Con frecuencia, las cosas de España también han sido juzgadas en el extranjero con igual ligereza, fijándose tan solo de las más superficiales apariencias.

Un soldado raso

MainanD

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