Desechando el conocimiento y la intelectualidad. Por Luis Javier Fernández

Desechando el conocimiento y la intelectualidad

   La consolidación del movimiento ilustrado español es algo que todavía se desconoce para muchos, de la misma manera que no se tiene noción, en términos generales, respecto a tales procesos sociales, políticos y culturales sobre los cuales España, bajo el reinado de Carlos II (último rey de la dinastíaDesechando el conocimiento y la intelectualidad. de los Austrias), cede la monarquía a Felipe V de Borbón, quien, para historiadores como Pedro Voltes, Mestre y Pérez García, sostienen que el «reformismo borbónico» se instaura imbuyéndose en las ideas de la Ilustración: período de mayor esplendor y lucidez que han otorgado decenas de intelectuales para Europa y América Latina. Y digo que se desconoce en parte el movimiento ilustrado español –por el gran olvido, o en todo caso por la falta de rememoración histórica, así como personajes que destacaron en dichos procesos–; algo que rompió con los convencionalismos sociales y morales de la sociedad española tan cerril y fervorosa del siglo XVIII, inmersa hasta los tuétanos en la desigualdad, el analfabetismo y la pobreza. Todavía cuando la tradición judeocristiana imperaba fuertemente, España, con gran diferencia respecto a otros muchos países europeos, estaba sumida bajo el catolicismo imperante y en el más retrógrado modelo de vida. Eso mismamente provocaba, según el historiador Luis Suárez, un fuerte rechazo de Europa hacia España: mantenida siempre a un margen.
Pero no todo fueron desventajas para el país desde el punto de vista histórico. La mayor manifestación científica, artística, cultural, filosófica y literaria de Europa se pudo sembrar en Francia, gracias a la debilidad de los dogmatismos católicos, y gracias también a una minoría de hombres conspicuos y lúcidos, entre los ya destacados enciclopedistas, cuya renovación era, sobre todo, la defensa de la razón y de las ideas como conocimiento de la sociedad civil; esa manifestación pudo propagarse –en el buen sentido del término– a través de logias masónicas, academias, clubes literarios, sectores acomodados donde no sólo se encontraban intelectuales de gran vocación humanística, sino también la nobleza y un sector del clero, que, por desatinado que parezca, igualmente tenía un interés por mejorar la sociedad y la condición humana. La Europa del siglo XVIII tenía, al menos parcialmente, un profundo arraigo en los dogmas eclesiásticos: los deístas impregnaban el pensamiento colectivo; la unidad religiosa predenominaba bajo penas de muerte en muchos Estados europeos, provocando, como muchos testimonios han revelado, un grandísimo pavor social.
Resulta llamativo que en un país tan inclinado a los dogmas religiosos y que por tanto viviera un sólido canguelo –como el caso de España– destacara un benedictino llamado Benito Jerónimo Feijóo (1676-1764): figura esencial para el movimiento ilustrado del país. Así mismo, tal y como afirma el citado historiador, Luis Suárez, en su ínclito ensayo Lo que el mundo le debe a España, la intelectualidad española se clasificaba en tres bandos: una minoría radical, tradicionales moderados, y los cristianos ilustrados. A este grupo pertenecía el padre Feijóo. Y ¿por qué es relevante su figura? Sobre todo por sus aportaciones culturales y humanísticas no sólo a la sociedad española, sino también a toda Europa. Destacan sus obras Teatro crítico universal: una extensa composición de dieciocho ensayos circunscritos a distintas disciplinas: economía, política, derecho, ciencias naturales, física, matemáticas, astronomía, literatura, medicina y filología. Se han podido constatar más de seiscientos mil ejemplares vendidos con una traducción muy amplia: francés, alemán, portugués, inglés e italiano; una obra, sin duda, de gran divulgación –y, por tanto, también polémica– durante el siglo XVIII que fue una de las más influyentes. Al hacerme con un ejemplar, no puedo tener más apego hacia la sapiencia de Feijóo por ser un humanista católico que sólo defendía el conocimiento tácito y cultivado, sin que por ello la razón se contraponga a la fe y a las creencias religiosas. Una de sus obras igualmente destacada es Cartas eruditas y curiosas: composición de escritos de 163 cartas estructuradas en cinco compendios donde Feijóo medita sobre temas, ya por entonces en España, vetados: método experimental, religiones precolombinas, lenguas clásicas, concepcioncartas eruditases heliocéntricas, ciencias naturales y antropología moral. El padre Feijóo –padre por su pertenencia al clero– declaró en el prólogo de Teatro crítico universal definirse como un «ciudadano libre de la república de las letras». Su pensamiento alcanza, aun a pesar de los embates polémicos, una gran notoriedad entre los intelectuales españoles, inclusive entre la propia Iglesia; recibió halagos por parte de literatos, personajes de la Corte de Carlos II, Fernando VI, y del Papa Benedicto XIV. ¿Qué trascendencia supone su legado? Fue el principal precursor de la primera ilustración española (1720-1780), junto con el polígrafo Gregorio Mayans; ambos abrieron un duelo de humanisimo, germen de librepensadores, de estimulación letrada –duelo desde el punto de vista más ortodoxo, teniendo en cuenta que Feijóo pertenecía a la orden religiosa de San Benito, más bien conservadora–, donde las aportaciones de Locke, Jacques Turgot, Montesquieu, Rousseau, Diderot, Quesnay, Fragonard, contribuyeron a un cambio en la vida política, económica, social, cultural y científica de la España más sumisa al cristianismo. Parte de ello es gracias a la figura de Feijóo. De modo que la repercusión para el país fue muy favorecida, con el impacto de la economía, la creación de las cuatro Academias: la de Bellas Artes, la Real Academia Española, la de Historia y la de Marina. Las influencias de Feijóo supusieron un retorno o, al menos, una predilección por el saber clásico. Fue por ello un gran defensor de la enseñanza en la amplitud del conocimiento, compatible con la escolástica aristotélica y el tradicionalismo social. Conviene destacar que fue también un hombre preocupado por la figura y los derechos de la mujer, como así constata en su ensayo Teatro crítico universal, tomo I, Discurso XVI, al afirmar: «En grave empeño me pongo. No es ya sólo un vulgo ignorante con quien entro en la contienda: defender a todas las mujeres viene a ser lo mismo que ofender a casi todos los hombres: pues raro hay que no se interese en la precedencia de su sexo con desestimación del otro. A tanto se ha extendido la opinión común en vilipendio de las mujeres, que apenas admite en ellas cosa buena». Su legado, pensamiento y transcendencia influyó significativamente en Campomanes y, quizás el más destacado de los ilustrados españoles, Gaspar Melchor de Jovellanos.
Lo que en su día significó, o pudo significar, una oportunidad de progreso y cambio zaragatero, la oportunidad más fidedigna de reinventarnos como sociedad y como país, quedó posiblemente en un intento de construir los pilares de un país empapado en un amalgama de saberes, por así decir, de una potencia europea que había gozado durante muchos siglos atrás revueltas y convulsas anegaciones por encabezar no sólo Europa, sino el mundo entero. En ello es sabido que la hegemonía española, y esto es importante tenerlo en cuenta, se establecía por medio de guerras, colonizando tierras y sobreexplotando sus recursos, más aparte la evangelización a los nativos, destinando innumerables cuantías de dinero público a base de esquilmar al vulgo con impuestos sin ningún fin, sino para pagar a las tropas españolas que pretendían expandir la grandeza de la monarquía, vociferando el dilema «En Flandes se ha puesto el sol», ondeando la bandera de la Cruz de Borgoña y acatando por encima de todo los dogmas y la sumisión al púlpito. Por eso nunca seré partidario del patriotismo español. Lo que tampoco me define como apátrida. Ver la bandera española y saber que fuimos nuestros propios enemigos.

 Para concluir, figuras como el padre Feijóo, Jovellanos o Mayans, a decir verdad, han quedado en el olvido en los anales de nuestra Historia. De modo que, con el tiempo, los libros de Historia, especialmente los que integran el currículo en las enseñanzas del sistema educativo, abarcarán extensas páginas a los verdugos y tiranos, y no a quienes, hombres y mujeres, intentaron aportar la razón y las luces. Entonces, ¿para qué sirvió todo el elenco por consolidar las ideas de la Ilustración, en un país donde los libros paganos se quemaban en las hogueras y la fe predominaba por encima de todo? Sólo para quedar en vano una oportunidad de progreso. Porque siempre, en nuestro país, y esa es nuestra gran asignatura pendiente, se ha desechado el conocimiento y la intelectualidad.

 

Luis Javier Fernández

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