El cine de las sábanas blanca. Por Jordi Rosiñol Lorenzo

El cine de las sábanas blanca

 

Un año más, y con aroma mediterráneo, la Costa Azul se tiñe de rojo carmesí. Aterciopelada, la alfombra cubre las calzadas y aceras de las calles adyacentes, con ímpetu fluvial serpentean los afluentes hasta desembocar en la escalinata. Majestuosa, peldaño tras peldaño, se aproximan sobre ella, con pausados y elegantes movimientos la constelación de invitadas al escaparate mundial del glamur se contonea deslumbrantes, pero, entre todas, la que más brilla es ella, es la Cardinale.

Tan solo unos cientos de kilómetros hacia el sur del festival, el ajetreo en la calle es constante. La ventana de mi habitación está situada dos pisos por encima del Bar Alegría, desde allí observo el habitual y ruidoso colorido de la calle Robadors, que es una de las principales arterias del barrio chino barcelonés. Aquí también se respira un cierto y grisáceo glamur, el glamur de la España de finales de los años cincuenta. Un encanto falto de tercio pelo rojo bajo los desgastados tacones femeninos, aunque sobrado de pringosos taburetes de escay donde calentar y cerrar el trato para los siguientes veinte minutos. Las mujeres extremadamente maquilladas se apostan sistemáticamente en cada esquina, en cada portal, un trasiego incesante va desde los bares hacia los innumerables mueblé. En mi rellano sé que hay uno de ellos, pero mi madre se empeñaba en decirme que no.

— ¡Anda que no!

Más de una vez, al ir, o al volver del colegio, algunas de aquellas mujeres al cruzarme en la escalera me saludaban sonriendo y agitando mi pelo entre sus dedos. Mujeres de disoluta moral las llamaban en aquel tiempo a las prostitutas, o las putas del barrio, de eso las trataban los engominados caballeretes, hijos de buena familia, hijos de la burguesía catalana que con la vista fija por encima del hombro, solo divisan la cumbre de la montaña de Collserola, globos oculares altivos, que solo bajan la mirada al chino cuando van bien vestidos de impunidad a la caída de Sol.

El cine de las sábanas blanca.

Lo cierto es, que, exceptuando mis obligadas idas y venidas escolares, la infancia transcurría casi por completo en mi habitación, distrayendo la espera viendo vivir el barrio desde la ventana, pero siempre con la esperanza de verla pasar. Ante tanta tardanza paso el resto del tiempo, tumbado boca arriba en la cama, con los ojos bien abiertos, la mirada perdida y clavada en el techo.

Sin pestañear la sesión se iniciaba puntual en el cine de las sábanas blancas, con la luz primaveral entrando por la ventana aún caldea medía cama. La proyección a concurso esa tarde en el Festival de Cannes está protagonizada por la mundialmente admirada Claudia, por mi Claudia Cardinale, por mi platónico y secreto amor de infancia, su compañía ausente me desborda el corazón cada tarde, su melena morena y ondulante bracea por su espalda descubierta, Claudia baila, baila sin cesar en la pantalla, y con la danza vuela alto el plisado de su falda, la sonrisa inunda la sala en sesión continua, y con sus ojos pinta de color rojo el lienzo del suburbio gris.

 

Jordi Rosiñol Lorenzo

VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 10.0/10 (3 votes cast)
El cine de las sábanas blanca. Por Jordi Rosiñol Lorenzo, 10.0 out of 10 based on 3 ratings
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •